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La rodilla de Ella

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Llegamos justo cuando el Hotel Ritz de París encendía sus luces. Iba acompañando a mi amigo Miguel Berrocal, escultor de un talento exquisito, al que se le homenajeaba aquella noche. Un camarero hecho para la vida de servir, que para todo hay que valer, nos lleva hasta una mesa baja que se abría sobre otras dos. Miguel era un gran conversador, que lo mismo hablaba con pasión de sus esculturas de toreros recortados como si el toro ya se los hubiese acaramelado, que de cualquier cosa. Un tiempo universal de un gusto exquisito para las mujeres, sobre todo cuando su esposa y princesa se había quedado en Portugal.

-Fíjate, Sergio, la muchacha que está sentada frente a ti con esa melena, de esas que tanto te gustan.

El corazón me dio un brinco. Recorrí la distancia periscópica y descubrí un rostro oculto por una melena esplendida y ondulada que parecía reír. Era una mujer de treinta y poco años. Había cruzado las rodillas y eso me enamoró. Eran las más bellas que había visto jamás, envueltas en unas medias casi transparentes negras. Me acordé instantáneamente de “Le genou de Claire”, aquella película de Erich Rohmer, de cuando el cine francés bordaba con puntadas de amor.

Miguel volvió a la carga:

-¿Quieres que te la presente? No la conozco pero como está en mi recepción y… Es que me parece que ya la he visto… Además, es una de mis invitadas. Se levantó y me arrastró hasta la mesa. Con su encanto andaluz, se presentó a ella, que le miró con una sonrisa que al momento pareció romperme el alma. Hablábamos en francés y Miguel le echaba piropos a sus pelos. Le di la mano y cuando la estreché también me fue conocida. Ella me miró de frente, con gracia gitana y unos dientes que yo… Al cabo de dos güisquis, la orquesta empezó a tocar unos tangos maravillosos, que mi amigo el escultor había encargado especialmente porque decía que le recordaban Buenos Aires, cuando él era muy joven y soñaba con ser escultor.

Yo estaba distraído mirando no sé qué filigrana del techo cuando ella se levantó y me agarró por las manos.

-Su amigo afirma que es usted un excelente bailarín.

Volví a mirarla. La había visto. Y muchas veces.

Me arrastró hasta la pista pequeña, donde ya había algunas parejas que sabían lo que era un tango.

-Me he dado cuenta de que me miraba usted mucho…

–Verá. Soy psiquiatra y pretendo que si un hombre se fija con atención en las rodillas de una mujer puede adivinar muchas cosas.

Bailaba admirablemente y sin dar ningún paso en falso rio discretamente y me dijo que era un embustero y que yo no era psiquiatra sino periodista.

-Le conozco, yo también le conozco a usted.

-Creí que era usted Al Pacino, pero veo que le falta mucho.

Me llamo Luis…

-Y yo no soy su hija Corinne que se mató hace cinco años en un estúpido accidente, me espetó con rudeza..

Quede helado pero el tango continuaba y ella parecía llevarlo, aunque no sabía adónde.

Cuando el bandoneón terminó, se despegó un poco:

-Tengo que ir un momento a mi habitación… ¿Me acompaña?

Luis quedó cortado pero asintió mientras ella esbozaba una graciosa sonrisa que no le salía de la boca.

El escultor andaba preguntando por Luis. La inauguración del busto había terminado. Ya estaba dando vueltas impaciente cuando, al cabo de un tiempo que siempre le parecía infinito, lo vio salir de un ascensor llevando, arrastrando casi a la muchacha de los pelos locos.

– Miguel, mira, te presentó a Julie. Y te pido que no elucubres más. No es Corrinne, no es mi hija.

Con una sonrisa burlona del escultor, al que se unió durante el trayecto una negrita cubana que presentó como una de sus ayudantes “exteriores”, fueron caminito del Rolls que esperaba al homenajeado. Muchos besos y abrazos, palmaditas en el hombro y el triunfo. Había sido una noche de puerta grande y casi a hombros. Luis y la bailarina de tangos de los pelos locos se separaron muy cariñosamente y muy largamente. Ninguno de los dos tenía ganas de dejar al otro.

-Esta noche salgo para Londres.

-Nos veremos a tu vuelta. Te buscaré.

-No sé si volveré. Adonde yo voy…

Se dieron un último abrazo y ella se rompió en llanto.

-Por favor, no te aflijas. Otro día volveremos a vernos como hoy, por casualidad. Cuando quieras pensar en mí acuérdate de aquella película que se tituló “Le genou de Claire”. Yo también estaré pensando en ella.