Cuba y el Armagedón que no ha llegado
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Manuel Juan Somoza | La Habana

Ocurrió lo que tenía que ocurrir cuando alcanzar en Cuba un trozo de carne de pollo cuesta muchas horas de cola o mucho dinero; cuando una legión de funcionarios torpes complejiza cada decisión para destrabar amarras; cuando la covid-19 disfruta en la punta del pico pandémico;  cuando han vuelto los apagones; cuando transcurren cuatro horas como promedio para adquirir una de las muchas medicinas en falta; y cuando ese Norte que nunca perdonará la osadía de David , sabedor de todo esto y mucho más porque es en buena parte artífice, impide hasta cualquier transacción de los bancos cubanos en este mundo global. “Aquí lo que teníamos eran alumbrones, no apagones, y un desabastecimiento de comida impresionante; yo tenía que llamar a mi amiga Josefina, que vive en la Habana, para conseguir algunas cosas por TU ENVIO (comercio digital) porque aquí no entra nada, y todo eso lo sabía todo el mundo y nada cambiaba”, comentó  una oriunda de San Antonio de los Baños, pueblito situado a unos 30 kilómetros de la Habana, por donde en la mañana del domingo 11 de julio comenzaron espontáneamente las manifestaciones antigubernamentales, extendidas después por casi todo el país; amplificadas y en algunos casos manipuladas en las redes; protestas callejeras cuyo antecedente más inmediato se remonta al “maleconazo” de 1994, cuando en medio de la crisis económica de aquel año miles de personas con intenciones migratorias desbordaron la céntrica avenida Galiano de la capital cubana. La oriunda de San Antonio es partidaria de la revolución que arrancó en la isla en enero del 59. “En el parque la mayoría eran gentes honradas pero cansadas”, concluyó ella, dejando en el aire muchas preguntas: ¿Qué hicieron los que mandan en ese municipio para atenuar al menos la crisis antes del estallido?; ¿Qué hicieron cuando cientos de moradores tomaron el parque principal del pueblo?; ¿ Qué han hecho luego de que el presidente Díaz-Canel se personara allí y se pusiera a la cabeza de una contramarcha de partidarios?, demostración de fuerza que también después, repito, después se multiplicó por cada lugar de conflicto en la isla.

Fue el domingo una jornada de gritos de “¡Libertad, libertad!” y “¡Abajo la dictadura!, porque a quienes clamaban por soluciones a sus carencias de más de año y medio, se sumaron los contrarios al rumbo socialista; hubo saqueo de comercios; golpizas de policías; detenciones y autos volcados, con sus neumáticos puestos a mirar al cielo en medio de la vía pública. Y todo ello transmitido por las redes.

Desde aquel domingo, Díaz-Canel ha ido dos veces a la televisión nacional a dar sus argumentos sobre las causas de todos esto a partir, ha reiterado, “del bloqueo reforzado de Estados Unidos” y la puesta en práctica del  “manual de guerra no convencional que Estados Unidos ya ha aplicado rigurosamente en otros países del Medio Oriente, Europa y América Latina con vista a lograr un cambio de régimen”. Y hasta Raúl Castro dejó su retiro formal de cargos y vida pública, y participó el lunes 12 de julio en una reunión del Buró Político del Partido Comunista consagrada a lo ocurrido.

Ese lunes había vuelto la calma al país, que sin embargo parecía a punto de reventar en las redes por mágica obra de servidores con base en Estados Unidos. Escribo esta nota en la mañana del martes 13 -maldito martes- sin haber visto en La Habana o recibido del interior del país informe alguno de revueltas. No obstante, la posibilidad de nuevas manifestaciones está latente porque las penurias se mantienen, el Norte aprieta la soga,  migrantes cubanos devenidos  “patriotas digitales” saturan las redes con la vieja fórmula de pedir “intervención militar”, y los contrarios que viven aquí, sabedores de que no serán asesinados ni desparecidos como ocurre en otras lares, han aprendido a sacar partido de la crisis. No, no ha llegado el Armagedón a Cuba. “La esperanza es el sueño de los despiertos”, en el decir de Aristóteles.