Cuba, con tristeza y rabia
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Manuel Juan Somoza La Habana

Reporto el día a día de Cuba para el Grupo MILENIO, de México,  desde hace casi 20 años, pero cuando del otro lado del Atlántico un colega tan avezado como Sergio Berrocal me sugiere echar mano a la crónica y adentrarme con ella en el acontecer nacional,  la tristeza y la rabia impiden ser todo lo prolífero que mi amigo espera allá, en su isla africana.

He vivido y reportado las buenas y las malas de este país y de otros muchos, y pretendo hacerlo hasta el punto final. Sin embargo, nunca me ha estremecido tanto relatar lo que ocurre ahora en la tierra a la que le dediqué, creo yo,  lo mejor de mi vida para quedar en deuda eterna con mis padres  y mis  hijos. Y todo ello, quizá por la locura de alistarme con los que buscan cambiar al mundo o por egoísmo congénito. Alguien habrá supongo que tenga la respuesta.

Nunca me desprenderé del bando de los locos;  irremediablemente hay que cambiar al mundo. No obstante, cuando intento penetrar un poco, solo un poquito, en el día a día de esta isla lo hago con una tristeza que se ahonda a cada paso. Reformas económicas necesarias, pero tardías, incompletas, timoratas por aquello de mantener la mayor cuota de poder, sin acabar de entender que quienes pagan y sostienen este proyecto social tan sui géneris en Occidente –paradigma para muchos lejos de las fronteras nacionales- no es la burocracia multiplicada por cien mil, surgida de la estatificación que ha imperado. No es el partido-gobierno-estado. ¡No!, quienes pagan con el desgaste de las colas para cualquier cosa y quienes sostienen esta utopía aun salvable,  ¡ES LA GENTE!. Y resulta desgarrador aproximarse en una crónica a este acontecer porque escribidor a fin de cuentas soy parte de la misma gente.

Agobia repetir los pa´trá y pa´lante apuntados un montón de veces antes, incluso por gente con más tamaño intelectual que el mío y el mismo propósito de cerrar la puerta a las recetas que nos traerán otros. (El más reciente análisis lo reprodujo PROGRESOSEMANAL.US, bajo el título “Camino a la sima”, a la firma de Mario Valdés Navia). Y junto al agobio va el deseo inmenso de estar equivocado y va también la rabia. Rabia al constatar que la vida sigue andando por un lado y la propaganda oficial por otro.  Rabia al entender que a los mortales simples solo nos queda pensar con cabeza propia –no vocear consignas-, proponer, cuestionar e insistir, aunque todo se diluya como en agua con azúcar. Rabia al comprobar que la unidad en la diversidad está muy lejos de anidar más allá de discursos y promesas. Y mucha rabia porque sé que cuando se abren las heridas desde Cuba llegan también las hienas a lamer las yagas sin darse cuenta, animales sin cerebro al fin, que aunque las venas estén abiertas nuca impedirán que los locos vuelvan a dar batalla.