En un rincón del alma
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

De pronto, pero tan tarde ya, comprendió por qué estaba solo, casi enfrente de la vida, porque lo único que le unía todavía al mundo eran sus artículos, sus libros. Había sido demasiado feliz, demasiado completo como para no tener que pagarlo con la soledad, la indiferencia. Estaba solo, absolutamente, desesperadamente solo. Ya no sabía ni siquiera que olor tenía el abrigo de esa persona que abrazas un día de lluvia. Había descubierto que toda la felicidad pasada, aunque hubiese estado emborrachada por algún drama, alguna tragedia, había sido demasiado para los dioses. Ahora se lo hacían pagar con la soledad, el silencio embadurnado de pesar. Llegó un momento que pedía libros, vinos y cualquier otra cosa que necesitase que se lo trajesen a su casa para ver una cara, una sonrisa por debajo de la careta que imponía la pandemia china.

Se nutría de fotos, cantidad de fotos, recortes de otros tiempos. Era la única solución que había encontrado para que su locura no lo destruyera por completo. Los grandes amigos se habían ido hacía tiempo y los que quedaban estaban lejos o reunidos con sus propios problemas. Unos, que parecían los más tontos, habían buscado la serenidad de una mujer sencilla, a la que no podías pedirle la cuadratura del círculo, pero que sabía cuándo necesitaba un beso, un abrazo rompe huesos o simplemente una caricia. Se lo llevaba por la mano hasta el cuarto y a veces no salían hasta la hora del almuerzo. Era su geisha, una mujer muy especial que no le hablaba de grandes pasiones pero que sabía quererle y perdonarle tantas faltas, tantos errores.

Cuando el viejo profesor quiso darse cuenta comprobó que ya no podía agarrarse ni a aquella tan manida frase de “siempre nos quedará París”. Su París ya no existía, nada de lo que había sido su vida existía. Bueno en realidad estaba en el mismo sitio pero ya no había lugar para él ni en el Metro. Un viejo amigo turco, que nunca se quejada aunque le constaba que lo había perdido todo, mujer, hijos, cariño… No le quedaban ni los odios que pueden alimentarte a ratos. Encontró la manera de reparar su vida rota. Fue a su pueblo, cerca de Estambul, y habló con las casamenteras de toda la vida. Eligió una muchacha que no tenía más atractivo que su sonrisa perpetua. Sus padres decían que era un poco lenta. La otra noche me la presentó y quedé asombrado. Había encontrado la mujer de su vida, la que te acompaña sin pedirte demasiado ni darte tampoco nada excesivamente.

Misel, mi amigo turco, me ha explicado que el amor, la persona que lo encarna, tiene que ser renovada pasados años. No se puede pedir un amor eterno, ni siquiera la afanosa Penélope lo consiguió, estoy seguro. En todo caso, su matrimonio convenido me aparece como un gran éxito. La muchacha le adora porque ha descubierto un hombre que lo mismo le puede contar los pormenores de Las mil y una noches que darle una receta ancestral de los judíos turcos. En mi capilla Sixtina, por el silencio ensordecedor, no se oyen más que las teclas del ordenador. Trato de componer fórmulas mágicas que me permitan volver a sonreír. Pero no consigo más que plasmar recuerdos, rostros, sonrisas perdidas, que me hacen más amargo el trago.

Y entonces te tropiezas no sabes dónde con Alberto Cortez, el enorme cantante argentino, que te dice al oído, casi en un susurro, desde más allá del infinito: “En un rincón del alma, me falta tu presencia que el tiempo me robó”. Me parece mentira –apostilla. Después de haber querido como amé yo, encontrarme tan solo. Y termina con el rostro embotado de dolor: En un rincón del alma tengo la pena que su adiós me dejó.

Todos somos el Alberto Cortez de esta canción.