Leña, más leña, que todavía quedan palestinos
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Me gustaría empezar diciendo que no pasa nada, que los periódicos, las radios y las televisiones exageran. En Jerusalén, en Israel, en la mal dicha Palestina no pasa nada, nada de nada que no haya pasado otras veces. Se matan a mansalva a los palestinos. Es decir, no pasa nada. Me imagino a los hermanos Marx en su tren del cachondeo gritando aquel estribillo de “´¡leña, más leña!”. Todavía hay cosas, algunos le llaman seres humanos, que hacer desaparecer. Se llaman palestinos pero a nadie le importa. Otra vez, Israel hace gala de su sin sentido de la historia, se olvidan de los nazis, a los que ahora imitan gracias a una formidable preparación militar. Ellos ponen la mano de obra y Estados Unidos le da las bombas, para aplastar a los palestinos. Porque los palestinos, dueños de las tierras en las que combaten, son unos indeseables para todos esos judíos que huyeron en los años cuarenta de Hitler y se refugiaron en lo que abusivamente bautizaron Israel y que se llamaba oficialmente Palestina. Pero eso no le importa a nadie. Hoy los palestinos pueden defenderse, pero poca cosa frente a las armas inacabables y muy bien entrenadas del todopoderoso Estado de Israel. En Occidente nadie protesta. Hay tanto en juego y los palestinos pueden servirles tan poco… En estos tiempos tan tremendos en que pese al coronavirus seguimos viviendo, resistiendo habría que decir, me pregunto inocentemente si los palestinos todavía existen.

Aunque pese a las muchas y nazis mamarrachadas de los israelíes, cuyo único deseo ha sido siempre quitarlos de en medio, da susto pensar cómo aguantan la pandemia da escalofríos. Pero me estoy volviendo loco, y me acuerdo de cuando la pandemia encendía los cotarros de las vacunas. Porque se dijo oficialmente que Israel solo cedería al Estado de Palestina suficientes vacunas para su personal médico. ¿Y la gente, los niños los viejos? Mejor morir, por el bicho o de un tiro, qué más da. Alrededor de no sé cuántos millones de palestinos viven como ciudadanos árabes en Israel, o como residentes en Cisjordania o en Gaza.

Los palestinos parecen más que resignados. Ya ni tienen al Arafat del terrorismo, se las arreglan como pueden, mientras hacen con ellos lo que quieren. No he encontrado cifras sobre los muertos por pandemia entre los palestinos. Las bombas judías los curan. Como no tengo nada nuevo, releo viejos titulares y una vieja historieta de la love story entre los dos pueblos, los judíos, y los palestinos, es decir los buenos y los malos. Digo porque no se puede considerar un hecho nuevo que unos soldados hayan matado estos días a un adolescente de 16 años de edad, llamado Said Oudeh, cerca de la localidad de Nablus. Lo cuenta Palestinalibre.org. Pero, vamos, tampoco no hay que rasgarse las vestiduras. Son cosas que pasan. Ya no tenemos la gracia de cuando Israel mata a cinco niños palestinos tras bombardear130 objetivos en Gaza. Lo leí hace un tiempo, pero el tiempo no cuenta en tierra santa, en la primera plana del diario español El Mundo, que acompaña el titular con una foto de tremebunda miseria donde un padre, o algo que se le parece, mira, Dios sabrá con qué ojos, los cadáveres que le han dejado los soldados israelíes. Los tres niños parecen dormir pero la foto de la AFP dice que están muertos.

Casi al mismo tiempo, en Estados Unidos, 50 diseñadores celebran el medio siglo de Barbie. Quién sabe si los ya no niños de la foto no jugaron un día con una Barbie. Hasta yo la he tenido y no soy palestino. Casi al mismo tiempo, en un pueblo de Andalucía, patria del sol, en el trasfondo del sur de España, no hay niños matados por el odio. En lugar de amortajarlos los sueltan por las calles para que arrastren latas e indiquen así el camino de sus casas a los Reyes Magos, que todos los años, el 6 de enero llegan con sus tradicionales regalos. Claro, les hablo de un tiempo feliz en que los palestinos no tenían que protegerse más que de los israelíes. Ahora tienen también que hacerlo del bicho chino.

Hace años, me encontraba en un hospital oncológico de París. Todavía siento escalofríos cuando pienso en aquellas

caritas de pánico que por debajo de cabezas peladas te miraban al pasar y te atravesaban el alma. El jefe de aquella unidad era un cancerólogo de fama mundial, el profesor Léon Schwatzenberg. Le dije que aquello era una infamia, que no podía consentirse tamaño dolor. El hombre, que normalmente reunía toda la exquisitez parisiense, no pudo aguantarse más, pegó un puñetazo en la mesa y me contestó que él no era Dios. Y de paso me dio a entender que mi esposa tampoco se podría salvar El profesor Léon Schwatzenberg era hijo de padres judíos y dedicó toda su vida a luchar contra la injusticia del dolor. Trataba de curar a los niños a los que la mala suerte había propinado un golpe a veces mortal. Pero, por supuesto, habría sido incapaz de resucitar a los que sus parientes lejanos matan en Gaza con la satisfacción del deber cumplido. Y seguro que en aquella sala de enfermitos había algún niño palestino.

Es que hay judíos y otros judíos. En esta mañana de primavera soleada de mi isla, mientras tomo un descafeinado con leche a orillas del mar, me pregunto, con la ociosidad del diletante al que no persigue como mucho más que el aburrimiento, qué habría dicho el profesor de haber podido ver las caritas de esos muñequillos rotos palestinos, que no han tenido tiempo de sonreírle a la cámara. Y que no tenían edad para morir. Estoy seguro de que en la Semana de la Moda de Nueva York, donde la muñeca millonaria será agasajada, todo será felicidad barata. Los canapés de caviar y de salmón noruego permitirán el tránsito agradable de algunas copitas de champán a la salud de la vida fácil. Y me temo que a nadie se le ocurra abandonar la recepción y llenar la calle más cercana con muñecas Barbie descabezadas y embadurnadas de kepchup. Se me ocurre, desde la ingravidez, desde mi levedad del ser, que sería un gesto bonito. No resucitaría a los muchos niños que los israelíes masacran en nombre de la paz y de la concordia. Pero quedaría glamoroso de la muerte. Y como entre los soldaditos de Herodes habrá más de uno que haya jugado con una Barbie, podría ser que ingenuamente le pidiese a su jefe una parada biológica infantil. Todo esto son cosas que escribí hace un tiempo. Pero sigue sirviendo. Los palestinos siguen muriendo asesinados por la imbecilidad mundial.