De cómo “remataron” a Trujillo (Café Bagdad en N. York)
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal  | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Al chófer, le llamamos Roberto, Anna (mi Anna Karenine, la cellista de la Opera de Manaus) le ordenó que abriésemos un Café Bagdad en Manhattan. Después de todo, él tenía nacionalidad yanqui desde Abrahan Lincoln y estaba muy bien considerado por la CIA por algunos servicios que les había prestado. Le pregunté asustado si había tenido que ver algo con Marilyn (la Monroe) y me juró que no aunque le vi cruzar los dedos. A mi paso por Europa yo había cobrado una herencia de mi padre el coronel, que provenía según me contaron del oro que durante la II Guerra Mundial él y sus tropas habían robado a los nazis en un desierto africano. Liquidó a toda la escolta y se quedó con el botín. Eso es un padre. Teníamos tanto dinero que le hicimos poner una dentadura de rubíes engarzados a Roberto, nuestro chófer, y el pobre se pasaba la vida enseñando el tesoro aunque de noche no aceptaba en su habitación ni a la Venus de Milo, por miedo a que le quitaran la detandura millonaria. Nuestro Café Bagdad tuvo un éxito inmediato. Teníamos a todas las estrellas de todas las estrellas y Roberto se encargaba de todo. Ana y yo nos pasábamos el día en comunión y nos aireábamos en el zoológico. Lo malo fue que un dia jugando con una foca varón, nos enamoramos de aquel animalito. Como yo entonces no tenía problemas de tesorería lo compré y nos lo llevamos al inmenso piso del parque, que les voy a contar, lo más elegante de Nueva York, en Madison Avenue. En lugar de un portero teníamos una cuadriga de porteros.

Yo notaba que la foca masculina, y Ana pasaban cada día más tiempo juntos. Pero bueno… Uno andaba haciendo planes para invadir Chicago y convertirlo en colonia Bagdad, donde no habría más que una recreación de las Mil y una noches. Roberto, mi fiel taxista amarillo, me decía cosas y yo no quería creerlo. Pero un día Ana dijo que tenía que ir al ginecólogo y yo la acompañé. El venerado doctor salió a la sala donde yo me encontraba degustando una copa de mirra (acuérdense que éramos millonarioooooos) y se sentó a mi lado: -Su señora está embarazada –me dijo el hombre que parecía haber vivido en la Casita de la pradera, aquel telefilm angustiosamente perverso–. Pero no de usted sino de la foca que en realidad es un foco.

Le dije que lo entendía, que un mal paso lo da cualquiera y que adorábamos a Heriberto, la foca-foco. El resultado de aquel emparejamiento despareció detrás del cheque que para sus obras benéficas entregué al buen doctor. Y ya no se habló más. Y devolvimos al bicho a los corrales, al zoológico con una nota para la directora, el que advierte no es traidor, que decía escuetamente “Demasiado cariñosa”. Pusimos rumbo a La Habana con el taxi amarillo, que ya conocía el camino aunque a Roberto aquello le iba de calle. Pero de pronto se le antojó que diésemos una vuelta por Santo Domingo. Como le teníamos a régimen sexual, porque todas sus trece mujeres que le habían abandonado decían que era una bestia sexual, nos marchamos a la República Dominicana donde nuestro taxi amarillo fue acogido en el puerto por un regimiento del ejército y millones y millones de personas, aunque no había tantas en el país las habían importado para el acontecimiento. Nunca habían visto un tazi amarillo de Nueva York entrar en el puerto como un yate. Nos instalamos en el mejor hotel, todas las plantas para nosotros, y nos compusimos para descansar en un lugar tan simpático pero sin saber que Roberto había querido venir aquí porque pretendía vengarse de los Trujillo, ya que le habían quitado unos terrenos a su familia hacía más de cincuenta años.

Y una noche en que Anna se había olvidado de su foco y me amaba como nunca lo había hecho escuchamos una tremebunda explosión. Nuestro amigo Aldo, un periodista cuya amistad se perdía en las brumas de Brasilia, vino horrorizado para decirnos que nuestro chófer había sido detenido por haber destruido un monumento nacional. Nos vestimos y salimos corriendo al puerto. Días antes habíamos visitado los dos el yate que con una banderola advertía “Aquí pasó la noche Kim Novack”. Había sido una chulería de uno de los hijos del Dictador Máximo Trujillo que había tenido un idilio con la actriz y se vengó de ella de este modo tan sucio.Era esta reliquia del pasado que el loco del chófer había destruido. Delante de la prensa nacional se justificó: “Ya era hora de derrocar a Rafael Leónidas Trujillo, que tan mal se portó con mi familia”. Una periodista muy pizpireta le espetó: “Oiga, Trujillo ya murió hace mucho tiempo, lo mató el escritor peruano Mario Vargas LLosa”.

Otra periodista más fea pero menos tonta la cortó:

-Qué dices loca. Rafael Trujillo, el dictador de este país, lo mataron unos desconocidos el 30 de mayo de 1981. So bestia, Vargas Llosa no hizo más que contar la historia. El pobre chófer quedó pasmado por la emoción. Pero finalmente las autoridades fueron comprensivas y concluyeron que la bestialidad del autor excusaba su gesto. Fue cuando la vida me asestó un golpe casi de muerte. Anna, que llevaba unos días muy triste, me confesó: “Regreso a Moscú. Mi único amor es Leon Tolstoi y voy a irme con él”. No quise decirle que el escritor había muerto hacía cierto tiempo, ¿para qué?. Una mujer, cellista o ama de casa, está convencida que tiene la verdad en absoluta en todas las cosas. La embarcamos en un vuelo especial de Aeroflot, que hizo una parada especial en Santo domingo, y segui,os nuestra vida. El Bagdad Café funcionaba cada día mejor. Lo habíamos reconstituido en un valle hasta donde trajimos miles de toneladas de arena para construir un desierto de Mojave. El éxito fue impresionante. _Teníamos miles de guardas para que no hubiese follones y el tazi amarillo presidía la entrada. Yo estaba pasando una racha agónica cuando un compañero de la prensa televisiva vino a rodar un reportaje acompañado de todo un quipo. Y en el equipo estaba Elenita, una graciosa cubana que presentaba uno de los principales telediarios del canal.

Tomamos un café especial en el Bagdad, en un reservado construido con una parte de un avión norteamericano, y allí charlamos largamente. Cuando terminamos de contarnos nuestras querencias de La Habana me había dejado que me montara tres veces, ·como amigos·, precisaba ella a cada orgasmo, y al tercer café que trajo personalmente Roberto, ya habíamos previsto dónde nos casaríamos al día siguiente. Era una escenificación de la locura más extravagante nunca conseguida por los más grandes arquitectos. Representaba otro Bagdad Café, pero la diferencia con los que estaban en tierra y nos procuraban ganancias millonarias, es que este nuevo bar estaba entre cielo y tierra, encima de unos artefactos de aire que nos permitían tomar café desde 200 metros a 1.634 metros. Otra locura que hubo que comercializar para ganar todavía más dinero y nos fuimos a vivir al hotel que un español acababa de abrir en el mejor lugar de Santo Domingo. Le compramos hasta el personan y él mismo. Todos ellos estaban obligados, contra un sueldo que les hacía llorar de placer, a llevar una argolla de oro mi nuevo amor en el cuello a través la cual mi novia y yo los traíamos y llevábamos a nuestro gusto. Cosas de la muvhachita, lo que se podría llamar una revancha social.

De Moscú nos llegaron noticias. Mi chellista adoraba, con la que estaba todavía casado, había desenterrado a Leon Tolstoi y estuvo a punto de conseguir que los casaran oficialmente, pero nuestros agentes en Moscú lo impidieron. Mi novia dominicana sabía por qué. Tuve que confesarle que pese a la foca era la única mujer que había amado sin reparo. La muchacha se mostró muy comprensiva y decidimos seguit en este triángulo amoroso. Roberto ya estaba con el taxi amarillo en Moscú donde habían inaugurado un Café Bagdad teniendo como estrellas al Bolshoi de Moscú. Pero yo ya me iba cansando. Una tarde que me fui a dar un paseo –pero yo no salía nunca a la calle sin mis joyas paternas que valían miles de millones—estava jugueteando con el taxi amarillo que yo me había reservado para mi uso exclusivo. Al rato apareció una muchacha de 26 o 27 años. Sabía quien era yo y sin pedir permiso subio y me ordenó: “chófer, lleveme a Santa Lucia”.

Desembarcamos en una casa de ensueñp que ni la loca de Alicia hubiese imaginado. En el comedor del primer piso nos esperaba un sacerdote anglicano y algunas personas relevantes de la alta sociedad local. Nos pusimos delante del cura y entonces ella me dijo: -Estoy enamorada de ti desde los catorce añps. Ahora he cumplico 17, la edad legal. ¿Quieres casarte conmigo?¿Le hubiese usted dicho no a un ángel que ya me había anunciado mi amigo Jesús y que me la mandaba, presicó, para redimirme de todos, pero de todos, mis pecados. La noche de bodas la pasamos en un pesquero que pescaba enormes langopstinos en el ,ar de Barent. Fue impresionante.