La bruja de Salem
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hay que morirse, irse de este desagradable mundo de chinos y verracos que quieren comerse la luna y la Casa Blanca con el amor puesto por montera, como si a tus miles de años fueses a torear en una corrida goyesca con El niño de la Capea y el Faraón Ramsés II. Para morirse hay que llevarse puesto el amor, como un sombrero estrecho que necesita ser forzado para que cuele bien. Et mourir de plaisir, decía Serge Gainsbourg. Y Brigitte Bardot le contestaba algo que provocaba erupciones corredizas en la humanidad masculina entera.

Morir es algo muy serio para dejar que ocurra de cualquier forma, dijo un día, que ya no me acuerdo, un filósofo de los que antes babeaban para que nosotros tuviésemos de qué hablar. Me preparo leyendo un libro magnífico, enigmático, La letra escarlata, de un norteamericano de la primera hora, Nathaniel Hawthorne, y dicen que fue la primera gran novela de la literatura norteamericana. Demis Moore la protagonizó un día que yo me fui de picnic y ella me esperaba en el cine de las sábanas blancas. Porque todas las mujeres que pudieron amarme para la eternidad se me han escapado por mi mala cabeza.

Ya no sé ni cuánto tiempo estuve enamorado de Milady de Winter, la mala que con muy mala uva Alejandro Dumas se inventó para la novela por entregas más grande de todas, Los tres mosqueteros. Milady era rubia, tenía la piel blanca salvo en dos partes de su anatomía, una en el hombro donde le habían clavado la infamante señal de una vida pasada en la que había sido una intrigante, una mujer que tenía amantes como si llovieran. Pero la gente de aquel siglo sin luces la quiso castigar y le plantaron el sello de la infamia. Como si ser puta fuese una infamia en una época, lean, lean la historia, pandillas de cabritos, en la que follar era el más noble arte que una mujer podía ejercer, sobre todo si como ella era una maestra, que al pobre D’Artagnan lo enredó en sus sábanas de seda y durante dos noches seguidas le sacó de sus adentros toda la energía que malgastaba en tabernas de Notre Dame donde muchachas bonitas pero sin experiencia le ofrecían rajarle las faldas.

Me perdi a Demi Moore, la esencia más pura de actriz en el papel de la mujer que por haber pecado con otro hombre que no era su esposo fue condenada a llevar hasta la eternidad una letra escarlata que ella bordó, pintó dirían algunos, sobre su vestido, mientras los amantes corrían a su alrededor.

Era en Salem donde se colgaba, linchaba y quemaba a las brujas como si fueran bichos chinos llamados coronavirus. Me hubiese gustado andar por Salem a las dos de la madrugada, cuando ella, Hester Prynne se llamaba, con su vistosa letra escarlata despreciaba hombres que le ofrecían el cielo y los más refinados el infierno. En la siniestra Salem, dicen las leyendas, lo digo yo que vivía escondido bajo las faldas de la dama a la que nadie se atrevía a abordar porque sabían que además tenía algo de bruja. Pero una bruja fogosa, llena de vida y de semen que dar. Ella me enseñó, me ordenó que no me fuese de la vida sin haber probado todos los anhelos de las mocitas vírgenes que se escondían en Salem y de las que ella era madrina. Pero me aparté de aquellas gentes, sabios, matemáticos, consoladores a domicilio que corrían tras la letra escarlata día y noche, como una danza ritual de Oriente Medio, cuando los danzarines caen muertos o desmayados hasta que una moza virgen y morena los vuelva a la vida.

La última vez que la dama de todos los sueños de la humanidad, en aquellos tiempos de brujas que se quemaban en inmensas hogueras por la gracias del cura de la parroquia vecina que nunca las había podido convencer de darles sus virgos–el pobrecito mío tenía esa pasión, ese entretenimiento. Repito, la última vez que la dama de la letra escarlata me amó fue cuando preparaban mi ejecución por haber tenido “relaciones repetidas y pecaminosas con una dama condenada al oprobio”. Pero la próxima vez no quiero irme solo. Moriré haciendo el amor como aquel conocido piloto de Aerolíneas Iberia que llegó una noche a su casa en Málaga después de un viaje trasatlántico penoso y su mujer lo recibió con las galas que todas las mujeres conocen que predica la mujer de la letra escarlata. Se acostaron, tenía esposa, y cuando ella estaba en el cuarto cielo él expiro. La dama de la letra escarlata lo bendijo antes de volverse a Salem.