Por 20 euros más
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Fue una mañana de primavera. Lucía el sol. China todavía no se había cabreado diplomática y suficientemente para mandarnos el coronavirus, y yo era relativamente feliz. Llamaron a la puerta. Me apareció una espléndida mujer de unos 35 años, piernas largas como mi pena, un vestido de estilo amarillo y una gabardina de “Cantando bajo la lluvia”. Como si hubiésemos estado bailando, y sin soltar la sonrisa que había abierto en sus labios esplendorosos me llevó hasta el salón. -Soy una amiga de la vecina del quinto. No nos conocemos. Verá, tengo que tomar un taxi y no tengo cambio, dijo en francés mientras me sacaba varios billetes de 200 euros, un especie a la que yo no estaba nada acostumbrado.

 

 

 

 

 

No dejaba de sonreír mientras mantenía los billetes cogidos por dos dedos de su guante amarillo.

-¿Me podría prestar algo más cómodo para pagar al taxista?

-Todo lo que tengo encima son 20 euros.

Los cogió sin asco pero quitándose un guante y palpando el producto.

-Se los devolveré en cuanto cambie. Mientras tanto, aquí tiene.

Y me dejó la impronta roja y olorosa de sus labios sobre una mejilla.

-Si quiere esperar, tal vez tenga algo más…

Ya había corrido hacia la puerta y el olor de su beso me escocía cuando la ví desde la terraza tomar un taxi. Pasaron los días y los billetes de veinte euros. En el Hospital Carlos Haya me esperaba un oftalmólogo para decirme cuando tendría que operarme de cataratas. Las consultas de los oftalmólogos siempre me han parecido capillas perdidas. Hasta oía un cachito de Mozart. Me senté. Me llenaron los ojos de líquido y me quedé ciego. Al rato una mano cuyo perfume conocía me dijo que ya empezaría a volver a ver. Tenía olor a un pinta labios que yo conocía y un acento francés. Entre las nubes la volví a ver. No llevaba su vistoso abrigo amarillo sino una sobria bata blanca y tenía el pelo recogido.

-Me debe 20 euros y ni siquiera se su nombre, le dije con todo el cabreo que me provocaba el lagrimeo.

-Sentí otro beso en la otra mejilla.

– ¿Se le pasa?

No entendí si hablaba de las gotas o de mi cabreo.

-Perdone, soy la doctora Mouffetard, Claire para los amigos. Estoy haciendo un stage en Carlos Haya y qué curiosa coincidencia…

– ¿Y se topa con el único hombre al que debe 20 euros?

Se sonrió y me encantó. Tenía los ojos verdosos de agua más lindos de todas las secciones oftalmológicas del mundo. Una hora después cogí mis arreos y me despedí de mi oftalmólogo. Tenía ganas de tomar algo que me llegase al alma. A la bonita camarera donde siempre hacía escala después de mis expediciones subterráneas por Carlos Haya, le pregunté con cara de apurado.

-Dame urgente un desangustiante, con hielo y Perrier. La niña, blanquita y adorable se echó a reír como siempre.

Era un viejo truco.

Cuando estaba degustando mi copa volví a oler el olor de los veinte euros nunca devueltos.

-Puede sentarse.

-No, prefiero que me acompañe y así le pago, porque todavía no tengo cambio.

La doctora se había agenciado una especie de piso volante sobre el mar, a dos segundos del puerto. Nada más llegar se cambió mientras yo me tomaba un güisqui, aunque no encontré Perrier por ningún sitio. Me senté en un suntuoso sofá Roche Bobois desde el que como si estuviese en la torreta de mando de un portaaviones atómico contemplabas toda Málaga. De pronto, ella llegó y antes de que me diese cuenta estaba encima de mí. No sé dónde había pasado mi ropa, pero ella no llevaba encima más que la pintura que marcaba sus labios, que pronto se abrieron para no cerrarse hasta mucho más tarde. Fue como un viaje en un avión privado con Emmanuelle en plena demencia. Creo que conseguí resistir los dos primeros asaltos que fueron como los de los aviones suicida japoneses en Pearl Harbour. El tercer vuelo fue más tranquilo, pero Emmanuelle hubiese gritado de rabia.

Me dejó al borde del infarto y ella por fin cayó sobre mi pecho aullando pero agotada. Era la cosa más perfecta que se había inventado para aquellos menesteres. Mientras ella dormía, pasé una rápida llamada a mi periódico donde tardaron cinco minutos para enumerarme las numerosas propiedades que hacían de aquella mujer probablemente una de las herederas más apetitosas. Me levanté un poco tarumba lleno de su olor y de todo lo que me había dado. Pero sabía que aquello no era para mí. Lidiar con la heredera de uno de los más importantes laboratorios farmacéuticos europeos… No era lo mío. Me vestí mientras ella dormía boca abajo y hurgué en su bolso. Tenía un fajo impresionante de billetes de 200 euros. Saqué cuatro pero luego me dije que como puto merecía un poco más y en total me pagué con cinco billetes de 200. Ya me iba cuando me acordé del taxi. Cualquiera le daba a un taxista un billete de 200. Seguro que con mi pinta terminaríamos en una comisaría. Volví al bolso y di con mi billete de veinte euros con el que había comenzado todo. La besé y me marché pensando que en lugar de periodismo mi carrera sería mucho más agradable y productiva como acompañante de mujeres ricas. Me lo pensaría.