Bye bye
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Varias, en realidad infinidad de veces, he escrito alegremente la palabra que es tan definitiva en el discurrir de una persona. Nunca me he atrevido a cumplirla a rajatabla, por cobardía, desgana, pena, amor y yo qué sé. Decir adiós para siempre es de gente muy valiente y yo estoy aquejado de cobardía congénita transmisible. Cada vez me acuerdo más de las monjas, preciosidades, debía de ser pago y no de caridad, de las monjitas del colegio donde pasé mis primeros años de escolar, quizá porque yo tenía el pelo rubio y rizos preciosos, cara de ángel y falta de padre oficial. Estoy seguro de que me mandaron a ese lugar en las colonias africanas de España porque así me evitaba tener que lidiar con los niños mal educados de las escuelas del Estado, que seguramente se habrían metido conmigo porque no tenía más que un apellido, el de mi madre. Lo cual es revelar la tara de la falta del padre y vaya usted a saber por qué.

Todo el mundo, en aquella colonia africana, sabía que mi papá era el tipo con uniforme de coronel y que mandaba a todos los militares, y otros civiles, para evitar que el enemigo marroquí se metiera por allí. Mi papá, el muy cabrón, era el amo de toda aquella pandilla de matones que el general Francisco Franco, con su guerra civil recién ganada y recién espachurrados sus enemigos, quería mantenerse al margen de las influencias extranjeras aunque fueran de Extremadura. Han pasado un sinfín de años regados de lágrimas y de sufrimientos que yo, con mi melenita teñida, ni tenía idea.

En la España de los años de la postguerra, 1939, no tener padre no era ninguna broma, y creo incluso que a Franco le hacía poca gracia que aquellas situaciones pudiesen darse en sus tierras, conquistadas con el alma de tantos y tantos moros. Ir bajo palio y que el hijo de tu coronel no fuese debidamente reconocido era un pecado mortal. Pero su cinismo era igual que el de sus subordinados y de todos los gangsters que estaban dispuestos a preservar sus privilegios aunque hubiese que ahogar en el mar a todos los bebés de la colonia, por si acaso, claro.

Toda mi vida ha estado marcada, y todavía hoy, por aquel parto clandestino en el que yo vine al mundo en una clínica de Tetuán rodeada por un regimiento del ejército, entre silencios chillones y guardaespaldas nerviosos del gatillo. Hoy ya no es más que una anécdota, para los demás, claro, y he decidido despedirme de una vez. No sé qué haré con esta impulsiva y jodida despedida ni adónde me conducirá. Llevo anclado veinte años en lo que llamo mi isla africana, que no es más que el último eslabón de Europa antes del Mediterráneo y de África. Hubiese querido tener un fin más en consonancia con mi vida de creador de personajes y situaciones. Pero si la pandemia me deja seguramente me atrevería a dar el salto pese a mis ochenta años porque ha sido cuando he visto que no puedo ir contra la maldad que impera en el mundo, y más en el mío, y la verdad es que ni siquiera he conseguido que me quieran con una mijita del furor con que yo he amado toda mi vida.

Porque la falta de apellido me hizo triste, amargado, plañidero y llorón. Cuando me di cuenta que a las mujeres les encantaba que les llenases su Chanel con tus lágrimas ya no dejé de llorar más. Tenía un entrenamiento de la infancia que me hubiese sido convalidado en cualquier universidad norteamericana.

Adiós no es siempre la señal para desaparecer. Puede ser una forma de escapar a lo que fue, a lo que ha sido y dejarse llevar sin rumbo. Creo que en el fondo es el más bonito de los adioses, ya veremos. Quizá lo vea desde la playa donde mueren las pateras del otro lado del mar. O tal vez me esfuerce un poco y correr hasta mi playa de Rio de Janeiro o me coma un trozo de picarucú, el pescado más sabroso del Amazonas, en el Carpe Diem, un restaurante que quizá todavía exista en Brasilia y del que tan bellos recuerdos tengo.