Cuba y los comunistas
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Manuel Juan Somoza | La Habana Cuba

Sentado ante su laptop, entrelazó los dedos de sus dos manos con las palmas hacia afuera y sin soltarlas estiró los brazos frente al rosto enjuto, para elevarlos después bien rectos hasta encontrar en la altura el centro de su cabeza, en una rutina de estiramiento chino que practicaba por hábito cuando dejaba que sus razonamientos silenciosos se escaparan por caminos complicados. En lo familiar, no esperaba nada en lo inmediato del congreso que se avecinaba y al mismo tiempo consideraba que aunque solo fuera una formalidad determinada por los años transcurridos, la posibilidad de que Raúl Castro (cumplirá 90 años en junio) entregara al Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel (30 años menor), el liderazgo del gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC) implicaba trascendencia, tanto en la estructura de mando del país, como en la profundización o no de las reforma económicas que a aun con muchos campos vedados se desarrollaba en la isla, condicionada por una crisis de productividad y liquidez impresionante, que el cerco financiero de Estados Unidos acentuaba, y una epidemia empeñada en no dejarse controlar.

Tres años antes, Raúl Castro había expresado más que un deseo, el vaticinio de lo que se podría esperar en el congreso previsto para realizarse del 16 al 19 de abril, en relación con la consumación del cambio generacional que poco a poco se iba registrando en el liderazgo de la Nación. Dijo entonces Raúl que Díaz-Canel era “el único sobreviviente” de los jóvenes que se preparaban para asumir el mando en Cuba y agregó el deseo de que “cuando yo falte, (él) pueda asumir esa condición de presidente de los consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del PCC”, aspiración que hasta el momento no ha variado. A propuesta del más joven de los Castro, la permanencia en los principales cargos de dirección del país solo puede ser de hasta 10 años, en mandatos de cinco años cada uno. Datos oficiales indican que el 6,9 por ciento de los altos cargos en el PCC llevan “más de 10 años” en esas funciones y este mes les correspondería el relevo. Por lo cual, de cumplirse el pronóstico, Díaz-Canel se convertiría desde el punto de vista estructural en el hombre más poderoso de Cuba, un país habituado durante mucho tiempo a ser “dominado por hombres fuertes”, en el decir del académico Arturo López-Levy. Según la estructura de poder en la isla, sin comparación con los esquemas vigentes en otros países de Occidente por su sistema de partido único, al primer secretario del PCC, responsabilidades que asumieron primero el Comandante en Jefe, Fidel Castro (1926-2016), y después el General de Ejército, Raúl Castro, se han subordinado desde las presidencias del gobierno y del estado, hasta los altos responsables militares.

A partir de lo vivido, todavía meditabundo ante su laptop y por esas cosas raras que hace la memoria, recordó que él se encontraba entre quienes consideraban que los militares cubanos en activo o en retiro no estaban acostumbrados a que los dirigiera un civil. No obstante, supuso que el tiempo transcurrido desde que Raúl empezó a cederle mandos a Díaz-Canel –ingeniero de profesión- habría sido suficiente para aceitar los mecanismos político-militares en un país tan sui géneris como el suyo, donde un general de brigada en retiro dirigía él mayor consorcio comercial y financiero de Cuba, sin cargo alguno en el PCC o en el gobierno, y muchas veces presente como de incógnito en reuniones decisivas tanto en La Habana como en Moscú, Pekín o Hanoi. A esa altura de sus razonamientos, le llegaron vivencias de cuando esos empresarios singulares irrumpieron en la economía civil; los presagios de que tras la muerte de Fidel todo lo construido en medio siglo se vendría abajo; las apuestas en Estados Unidos a favor de tal caída; otros congresos del PCC sobre los cuales reportó entre los silencios y las sorpresas que siempre han rodeado esas reuniones, y entonces creyó tener perfilada la nota que buscaba, prendió un cigarro y comenzó a teclear.