Rubempré y Ulises

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando se ha sido un Rupembré más adelantado que el de Balzac, hay pena, penita pena al final del sueño. Aquellos eran tiempos de los veinte años, cuando sin siquiera necesitabas echar mano a cualquier chulería daliniana, y ahora me espera el final en una isla triste, que ni siquiera es una isla, sino el fin de Europa que cae al Mar Mediterráneo aunque yo la haya vestido con maravillosos ropajes de un cuento de las mil y una noches extraviado en la orilla del mundo negro. Rodeados, atribulados por la maldita pandemia china, he tenido tiempo para volver a leer la historia maravillosamente inventada de Circé, una de las diosas del Olimpo, la que amó a Ulises, el navegante de los mil mares, el más valiente de todos nosotros que escribía con la punta de su monstruosa espada y conquistaba reinos y bellas reinas.

Circé, que se ha quedado con el hijo que le hizo Ulises, un medio dios, tan valiente y cabeza rota como el padre, luchará por él con todos los trucos de bruja que conoce, y son infinidad de argucias que convierten el relato de su vida en una extraña aventura que cualquiera querría vivir. Ella misma, Circé, nos dice la autora de esta bella historia, Madeline Miller, era el fruto de encuentros amorosos a repetición entre un dios del Olimpo y una mujer mitad diosa, mitad humana. Los poderes de la bruja Circe eran casi infinitos. Podía convertir las colinas en montañas y los mares en baños calientes y olorosos para bañar a su bebé.

Además, poseía una belleza tan particular a la que el irresistible Ulises, que había aguantado atado al palo mayor de su barco los gritos amorosos que durante muchas horas de navegación le llegaron de las sirenas encantadoras de los mares, tuvo que rendirse cuando la vio a ella. Y sobre todo cuando ella, dice la leyenda, le metió por primera vez en su enorme cama donde no había yacido ningún hombre. Estaba todo preparado para acoger al gran Ulises y ella se entregó como una principiante en las cosas del amor.

Lo que no consiguieron las sirenas con sus cantos, querían llevárselo para amarlo y venerarlo, lo logró la extraordinaria Circé. Cuando Ulises desembarcó en la playa de los dominios de la diosa volvió a descubrir el amor que había dejado con Penélope en su palacio real de Ítaca. Y Circé, tanto tiempo sola, se enamoró locamente de él. Y formaron una pareja, la más bella que conocen los hacedores de leyendas.

Me encanta la leyenda, me baño en ella y trato de olvidar el presente, tan feo, tan cruel frente al encanto de lo que no existe. Pero siento que toda ilusión se acaba y quiero aprovechar mis recuerdos como testigos de cargo de los muchos momentos maravillosos que compusieron mi vida en París con apenas lo puesto de Tánger y unos bellos zapatos mocasines con suelas de cartón, que el tiempo loco de lluvia, frio y nieve obligaba a cambiar a menudo. Pero yo pensaba que un día podría tener suelas de cuero. Y lo conseguí. Unos años después. Sé que yo solo echo de menos mis recuerdos porque para eso fueron momentos divinos, a veces entre resplandecientes sábanas del lino más fino, que un espasmo podía rasgar y liberar una tempestad de olor a jazmín fresco, mientras ella, bella como solo yo la había inventado en mis sueños, y amante como ella quería, porque le parecía que eran tiempos de amar y de gritar.

Uno no tiene más remedio que asumir sus recuerdos, y no esconderse detrás de las cajas de las mentiras de las que está lleno el mundo, sobre todo cuando han sido momentos tan bellos, de insolente felicidad, mezclados de tanta angustia vivida en un rincón del alma donde seguirá hasta el final. No es que yo haya sido siempre profundamente dichoso, ni mucho menos, porque hubo momentos en que las ilusiones se hundían en un laberinto de hierros retorcido de coche muerto en una pared de la carretera que entonces llevaba de París a la playa de Deauville, el escenario de “Un homme, une femme”, la más bella y realista historia de amor jamás contada por Claude Lelouch, otro soñador. Y esas ilusiones caían repentinamente en el fondo del mar, o por lo menos se hundían entre la arena de Deauville o Le Touquet, que en esos dos paraísos dejé huellas de todo un poco. Fueron momentos, meses, días, años, tan maravillosos que a veces hoy acepto el castigo como pago por tanta felicidad que se me dio sin pedirme recibo ni contrapartida. Eso vendría más tarde. Y yo no tenía a mi lado a Circé, la más bella bruja de los griegos que construyeron y destruyeron las más bellas ciudades del mundo al mismo tiempo que amaban y degollaban a las mujeres más bellas. Ay, Elena…

Me amaron como Circé amó a Ulises, amé como Ulises hizo un hijo a Circé, la más bella, a la que ningún hombre había logrado abrir las piernas y penetrarla ocho noches y nueve días seguidos. Tal vez tanta felicidad dejó ciego de celos a algunos dioses del Olimpo, que todavía hoy, en estos años de asesinato chino, siguen rondando por el mundo. Voy perdiendo los ojos que tantas maravillas vieron, quizá también porque les dejé ver más de la cuenta las desgracias que se cruzaron por mi vida. Y yo entonces no conocía todavía a Circé, hacedora de los milagros más bellos, siempre en pos del amor. En mi último librito, escrito con mi hijo Toni, no he conseguido llegar a las mágicas 127 páginas de “El viejo y el mar”, que hicieron de Ernest Hemingway el mejor escritor del mundo. Tal vez esa haya sido la gran tragedia de mi vida: no haber logrado nunca componer un libro con 127 páginas, las mágicas del Maestro. C’est la vie. Y no queda más remedio que conformarse y esperar que en otra vida…