Cuba y la sublevación digital
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Manolo Somoza | La Habana Cuba 

Como cualquier otro en cualquier parte he vivido las buenas, las regulares y las malas, y hoy la cotidianidad me reafirma que querer cambiar el rumbo emprendido en Cuba hace 62 años parte de la misma fórmula que cuando el viraje se intentó a tiros y bombazos con la inspiración, la dirección y el aprovisionamiento permanente de los gobiernos que se sucedieron en Washington desde la época de Eisenhower.

Coincido con el célebre actor Jorge Perugorría en que “la gente tiene el compromiso de cuestionar el poder”, y sé además que hay quienes detestan ir atrás para interpretar lo que ocurre hoy, pero para mí, que por oficio escudriño, pienso, constato y escribo cada día, no hay mejor brújula que tener bien presente el ayer en tiempos de turbulencias. Aquella parte de la historia nacional, caracterizada por el enfrentamiento a bandas bien armadas por casi toda la isla duró, más o menos, hasta el nacimiento de mis primeras hijas en el comienzo de los años 70 y aunque vencidos, los contrarios nunca se resistieron a admitir la derrota, es su derecho, y los más se agruparon en Miami, la llamada entonces “capital del exilio cubano”, y desde allí continuaron las andanzas, siempre dirigidos o protegidos por la benevolencia puntual de las “estrictas” leyes estadounidenses.

Por eso cuando hoy leo en las redes que el país donde vivo está casi en sublevación popular, que el Washington Post intercede a favor de unos cubanos que dicen estar en “huelga de hambre contra la dictadura” ; cuando  veo la imagen de un joven con el torso desnudo levantando al aire en plena calle una mano en puño desafiante sin amarras policiales, y una amiga me muestra el video de un cura sermoneando en parábolas a sus fieles sobre el derecho o la obligación de salir a las calles a “enfrentar a los totalitarismos”, me pregunto en qué país vivo, si el que me cuentan de manera digital, o el que constato cada día, sufriendo las colas interminables para adquirir cualquier cosa necesaria, o en el que se reúnen voluntariamente y en orden más de 100 mil compatriotas a fin de participar en alguna de las variantes de los candidatos vacunales a prueba contra la covid-19, o aquel que me llega por la televisión estatal, siempre saturada en el balance informativo de noticias bondadosas. Y cuando comparo la “sublevación digital” con la áspera cotidianidad del país, en medio de una pavorosa crisis económica, llego a la conclusión -no por lo que cuentan- de que con otros actores la esencia de los contrarios es la misma de los tiempos finales de Eisenhower, cuando aquí sonaban los tiros y los bombazos, aunque ahora en la Casa Blanca mande otro demócrata.

Por supuesto que este país distinto a los demás de Occidente por su sistema de partido único está muy lejos de ser un dechado de virtudes; obviamente en tiempos de crisis económica y epidemia los cuestionamientos ciudadanos al poder se multiplican pese al disgusto de quienes mandan, y a lo mejor usted, radicado bien lejos de aquí, se estremece por lo que de Cuba le llega en avalancha mediante las redes o la prensa de su país. De ahí, que me permita comentarle lo que he vivido y vivo todavía, no lo que me cuenten, en la aspiración de que si se llegara al extremo de la sublevación –ojalá nunca  ocurra-  también intentaré informar lo que suceda. De momento, la crisis económica y la epidemia siguen,  y las intenciones políticas de los opuestos se centran en vender imágenes de manera digital con vista a calzar la política del Norte, pero la revolución, créame, no ha sido un performance digital, es consecuencia de un ajiaco cultural de muchas generaciones, cuajado desde las entrañas del domino colonial y se mantiene hoy en desafío, no al joven con el puño alzado para la foto de publicidad previamente concertada, sino a un imperio que desde hace 62 años quiere borrar otra manera de organizar la vida sin lograrlo al menos  hasta este lunes 5 de abril de 2021, después de más de una decena de presidentes en la Casa Blanca empeñados en los mismo.