La copa
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Extraña vida la que llevamos desde que estalló la pandemia, quiero decir desde que los chinos, cuyo presidente afirma que ya liquidó la pobreza, como para descoyuntarse a carcajada limpia, nos mandó los coronavirus por via aérea o lo que sea. Pero hay otra corriente de pensamiento que dice que en realidad los bichos se escaparon porque estaban muy mal educados. Ni Mao Tse Tung, cuyos feroces métodos nazis antes y después de la hora hizo de mil millones de chinos mil millones de esclavos, menos él claro, que se dedicaba a decir que cruzaba a nado el terrible e inexpugnable rio Yantseng y lanzarnos a la cabeza su Libro rojo, que todos los periodistas de mi generación parisiense compramos con fervor. Luego sabríamos de sus crímenes y de lo que aquel monstruo entendía por Revolución cultural. Pero voy a lo mío. De vez en cuando trato de tomarme un güisqui, solo, sin hielo y en la soledad más absoluta. Me escondo incluso, como los grandes alcohólicos de las películas norteamericanas que fueron nuestra Biblia. ¿Acaso Jesús no transformaba el agua en vino porque sabía que un poco de alcohol hace que las bestias que llevamos dentro se aplaquen? Ahora es el coronavirus el bicho chino, que todos queremos olvidar. Honor al Presidente chino, Xi Jimping, al que nunca se le ve con mujeres y Satanás sabrá por qué. Siempre ha sido la tradición de los mandamases chinos que las mujeres fueran esclavas sexuales.

Me meto en un rincón y me sirvo cuatro gotas de güisqui, más de cuatro en realidad, con Perrier, el agua bendita de todos los alcohólicos educados en la Francia de los años sesenta. Y entonces veo una foto tomada en la más feroz época staliniana pero que parece muy lejos de los horrores. Un piso estrecho, como eran entonces los pisos en Moscú. Y una mesa larga y ancha servida de todo, con más vodka que otra cosa. Un amigo querido de París, ruso de los primeros que pisaron Francia cuando se jodió la Revolución, él era zarista, me enseñó las virtudes de un vodka en caso de emergencia.

Lamento mucho no haber atendido más a sus recomendaciones, que pasaban por una sopa rusa de coliflores maravillosa, a la que siempre me invitaba porque yo no tenía más que para pagarme dos huevos duros y la sal correspondiente para el almuerzo. Estoy escondido con mi güisqui, y no whisky, que una amiga cubana que hoy me detesta me enseñó como las cuatro reglas. Luego se negó a seguir su pedagogía en otros campos. Pero ahora tengo a la misteriosa muchacha de Boucheron, una joyería francesa, que todas las mañanas y a todas horas me saluda y se cachondea de mí mientras escribo. No se imaginen lo que no es. Ella está en un anuncio que adoro y yo en la espantosa realidad.

Es la locura de la soledad. Probablemente los supervivientes de esta guerra nunca declarada entre China y Estados Unidos tendremos de qué reflexionar. Porque hablar no hablaremos. Para cuando acabe, los sobrevivientes habremos perdido la voz y la inteligencia de vivir. Me he tomado mi güisqui en dos fases. La del recordatorio ya que un problema de salud me había alejado del Johnny Walker, y la copa con la que brindaría por Corinne, que es una mujer de la que estuve enamorado desde su nacimiento. Y de la que sigo enamorado.

Como ella se fue con otro y se mató en un accidente mientras el cretino de su novio salía vivo, qué injusto eres, Señor, la recuerdo todos los días, le he escrito diez libritos y sus fotos son el decorado de mi mesa en la que cuento hasta lo que no siento, pero mucha gente se divierte con mis fantasías. Me he convertido en un payaso, y eso que odio los payasos del circo, y escribo y escribo, en el fondo para no pensar más de la cuenta. ¿Tienen ustedes una pequeñísima idea, gente feliz, que hace el amor con la tranquilidad del tsunami que nunca llega, lo que es estar solo, absolutamente solo, definitivamente solo? Únicamente me queda el teclado del ordenador y de vez en cuando, una vez por semana según el acuerdo que tengo con mi médico, el güisqui.

Cuando estaba en Cuba bebía ese delicioso brebaje bautizado ron Havana Club, extraño nombre. Bebía hasta que se me caían todos los recuerdos al suelo. Una noche en que Fidel Castro ofrecía una recepción a su amigo de toda la vida, el cineasta Alfredo Guevara, me quedé transpuesto de tanto darle al ron con hielo. Hasta que un amigo inefable, Chango, el último que me quedaba pese a ser argentino-cubano, me preguntó si sabía dónde estaba. El recuerdo de aquella magnífica velada, en que Fidel abrazó a Guevara llamándole hermano con toda la solicitud de la verdad, me ha quedado grabado.

Otro día, Fidel me concedió la alegría y el privilegio de charlar conmigo a solas, en medio de guardaespaldas y de miles de plantas tropicales en el Palacio de la Revolución. Fidel murió y Cuba se acabó. Por eso quiero terminar mi güisqui a su salud, aunque todos los bandidos que se han puesto al lado de su sucesor sigan odiándome. Me lo he tomado como una promesa, como un sepelio mal organizado.

I love you, comandante. Que Jesús te bendiga.