“¡A la cola!”
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me han puesto, a mis 80 años y cuatro meses, la primera parte de la vacuna contra el Covid, en una caseta de feria de esta isla donde en tiempos sin pandemia la gente iba a emborracharse, a bailar y a lo que cayese. Éramos una lamentable cola que parecía salir de una guerra. Todos estropiados. Las señoras trataban de brillar aunque tuviesen un sillón de ruedas o una silla para aguantar la espera, bajo un sol mediterráneo. Pero eso no le importaba al capataz de bata blanca: “¡A la cola!”, gritaba, como en otros tiempos. Imagino que algunos de mis viejos extranjeros, que tal vez conocieron aunque fuese de oídas en su juventud los campos de Hitler, habrán tenido un pellizco de recuerdo. Al tiparraco matón le faltaba un latiguito de la casa Hermes. Estamos en 2021 y la desvergüenza no ha cambiado. La desvergüenza de los que se creen por un momento que pueden mandar a un montón de viejos cansados de vivir y hartos de los sinvergüenzas que rodean a esta isla por todas partes.

Me pusieron la inyección y lo agradezco porque este país no está para más ceremonia. No hay casi vacunas porque una parte las roban y otra está probablemente mal distribuida. Demos gracias a Dios aunque nos inmunicen en un antiguo local con relentes de puticlub. Mucho me ha hecho llorar esta vacuna. Me parece una injusticia que, por un capricho del amo que manda, nos las pongan a los que ya estamos despidiéndonos de la vida. Estoy seguro que cuando toque la segunda inyección, una parte de los que recibieron la primera ya no estarán. Se habrán ido para no hacer cola inhumana y cuan violenta. Y la primera inyección se habrá perdido. He llorado porque todas esas vacunas para los que ya estamos en la edad de irnos con el Señor o con el diablo es una pérdida. Sí, es posible que pese a mis 80 años yo escriba algo extraordinario antes del último acto. O que la viejecita que apenas tenía piernas para seguir la maldita cola que me recordaba a los miserables de Victor Hugo, invente una crema contra el acné virulento. Qué se yo.

Pero el hecho es que se gasta en los viejos lo que debería ayudar a los jóvenes, miles de miles de jóvenes a ponerse más estirados para seguir sus vidas, que son las que comienzan, no las nuestras. Ellos son los receptores naturales de esos medicamentos que pueden salvarnos del chino coronavirus. Ellos son el porvenir. El futuro. Son los que deberían haber sido vacunados, y no los viejos que apenas aguantamos una cola y la orden infame del enfermero jefe o lo que sea “¡A la cola!”. Es una injusticia la que se está cometiendo y de la que yo soy testigo y aprovechado. Pongan esos jeringazos de vida a mis hijos, a mis nietos, a los hijos y a los nietos de todos los que me acompañaron en aquella maldita cola. Denle razones para vivir, para esperar. Porque, naturalmente, en los círculos del poder los primeros servidos han sido los diputados, gente demasiado joven, los miembros de los 17 gobiernos que tiene España, esos reinos de Taifas donde las prebendas caen siempre entre los mismos. Y hoy, una vacuna contra la tempestad de odio que nos viene de China es un pasaporte para la vida.

Miren, señores, señoras, nosotros, los de la cola en la sala de fiestas, ya hemos vivido, hemos procreado, hemos hecho cosas, buenas o malas. Ahora es el turno de los jóvenes que tienen que vivir, criar hijos, y considerarse que pertenecen a esta sociedad maldita. Rebelémonos, abajo las vacunas para los viejos, todas las vacunas para los jóvenes que son el mañana, o el pasado mañana. Ya está bien querer ser eternos. Hemos vivido lo que los jóvenes quizá no vivan, hemos disfrutado lo que quizá ellos no puedan disfrutar. Y así podrán tener hijos, hacer proyectos, ayudar a los demás.

Porque los viejos, estos angelotes que nos creemos los descendientes de la ruta de la seda, estamos acabados. Quizá hagamos algo bueno que valga la pena antes del paseo final, pero prioridad a los que esperan y que no entienden por qué tienen que ser los viejos más reviejos los que se aprovechen de las vacunaciones. No todo el mundo es Clint Eastwood para rodar una película con 91 años. Y, además, él no necesita cola de vacuna porque es eterno. Al principio de la pandemia, casi 12.000 viejos murieron en las residencias donde sus familias los habían metido para no tener que ocuparse de ellos. Se produjeron brotes de coronavirus imposible de parar y se quedaron fritos en sus camas estrechas y sin un adiós de alguien a quien querían.

Este complejo lo arrastra España y por eso cuando faltan vacunas se han acordado de los ancianos. Acabemos con la comedia. Las vacunas para quienes las necesitan, para todos esos jóvenes que esperan y desesperan. Y nosotros, a los que una bestia parda con bata blanca se atreve a gritarnos “¡A la cola!” como si tiempos pasados fueran presentes o porque su fe es muy grande en aquellas soluciones y le dan ardor de estómago. Acabemos con la falsa de querer salvar a toda costa a los que van a morir y te saludan.