El cuadro
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No es ni siquiera un cuadro, solo una hoja arrancada a la revista francesa Le Point, puñetera publicidad de la joyería Boucheron, que desde 1858, yo apenas había tenido intención de nacer, está entre esos lugares que usted y yo no podemos visitar en París a menos que llamen a la policía. No se trata de ir bien vestido, ser culto, tener gusto por lo bello. Además se necesita ser rico, muy rico para meterse en esa tienda, me gusta más el eufemismo boutique, donde el más pequeñito anillito que lleva la modelo de la hoja arrancada por mi candidez, te cuesta lo que no tienes ni tendrás nunca para gastarte así como así. La muchacha de Boucheron es una preciosidad. Aparece como la Gioconda más o menos, un busto que yo llamaría apetecible. Es morena tirando a mechas cobre, tiene un rostro de madona, unos ojos que abiertos son una aparición y cuando los cierra para irse a dormir se asemeja seguramente al suspiro que uno daría al ver que no la acompaña en su cama. En la única mano que se le ve, la izquierda, luce varios anillitos de su patrón y con los dedos de rechupete se tapa el ojo izquierdo- Con el ojo izquierdo, verde como la esperanza, lanza una sonrisa luminosa que recogen sus labios y sus dientes como invitándote. Pero lo que más sorprende es la expresión. La de un cachondeo tremendo, pura socarronería, y como te mira a los ojos directamente sabes que te está diciendo cosas que en francés o español pueden ser “Que te pasas, tio”, “Tú no sabes lo que yo te quiero”, “Te daría un beso si me dejaran salir de la foto”. Cuando todas las mañanas me siento delante del ordenador, es ella la que primero me saluda con esa sonrisa enamoradiza, que dan ganas de ser mejor, de amar más. Por supuesto que no dice nada, pero es como una especie de Principito que te estuviese dando razones o simplemente dictando frases de conducta. Ya sé que es una tontería pero me he enamorado de la muchacha de la publicidad, como otros se enamoraron de la Gioconda. Pero para los enamorados de la Gioconda es fácil encontrarla y saber que perteneció a Leonardo da Vinci, ya retirado de sus pinturas. Esta mañana, en una clínica adonde acudí ya no sé por qué, la enfermera que me salió al paso con una sonrisa recién puesta para mí me pareció que tenía mucho de ella, aunque no llevase más joyas que una cadenita con una virgen en el cuello. De pronto me he acordado del Festival de Cannes, donde con el equipo de France Presse anduve algunos años merodeando la actualidad y el enamoramiento que en esa plaza se han dado siempre mejor que en La Habana. Curiosas cosas de la vida porque los cubanos tienen una ciudad que huele a sexo y en Cannes apenas hueles a algas cuando tienen tiempo de llegar a la minúscula playa. La jefa de nuestras expediciones para el Festival era Françoise, una morenaza metida en las carnes de las mujeres del Renacimiento y, ahora que lo pienso, poseía los mismos ojos verdes, y esos guiños que cincuenta años después me dejan sin voz ni respiración. Françoise era una gran burguesa, mujer de dinero que fungía en el periodismo porque lo adoraba y era la única entre nosotros que podía permitirse mandar a hacer puñetas a una estrella de cine con carteles a la vista. No se casaba con nadie y hablaba, me hablaba mucho de una casa que tenía en una perdida isla griega, aunque nunca se me ocurrió preguntarle si aquel lugar se llamaba Ítaca, el reino de Ulises. Pero con ella nunca se sabía. Muchas veces me invitó a ir con ella pero nunca me atreví. El miedo al ridículo es siempre más fuerte que algunos sentimientos. Françoise era una estupenda periodista cinematográfica pese a sus cigarrillos que olían a diablos cojuelos. Y cuando se ponía a preparar el artículo final del día, el resumen, que esperaba toda la prensa de Francia, era frecuente que tuviésemos que auxiliarla con alguna botella de champán que ya se tomaba un baño de hielo en espera del momento en que perdería su virginidad. Françoise tenía muchos de los gestos que imagino a la mujer de mi cuadro, incluso esa sonrisa melosa y perdida en el humo de un cigarrillo. Como las ilusiones. Como los secretos de mi cuadro. Adiós.