Los años 70 y la vida
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Eran los años sesenta y setenta. Creíamos en Jesús, en sus ángeles y en Frank Sinatra, que con Dean Martin hacían que nuestras vidas no fueran un pedazo de piltrafa arrojada por un carnicero judío al riachuelo que siempre acompaña a las acera en el barrio de Belleville de París. Era la época de “Matar a un ruiseñor” con Gregory Peck con gafas de abogado de pueblo profundo de la inmensidad de la América de los yanquis.La autora de aquel libro, Harpe Lee, nos dejaba una reflexión que a muchos nos acompañó durante años, hasta que creíamos que ya no necesitábamos más consejos, que con una canción de Sinatra salías del paso.Y cuando estabas con la angustia que te roía el alma, escuchabas las palabras de Harper Lee: “Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final, pase lo que pase. Uno gana raras veces, pero alguna vez gana”. Eran años que la música norteamericana, aunque no entendiésemos la mayoría de las letras de sus canciones, nos seguía como un duende que inspira la gracia de los valientes.

Ay, el cine norteamericano de entonces. Aquellos Richard Widmark y Kirk Douglas, cada uno a su manera y cada uno por su camino de dolor, nos llenaban la vida de orgullo de querer ser gente de bien, rectos, aunque a veces el drama estallaba en la pantalla y la ola chocaba en nuestras vidas. Ocurría que Richard Widmark tuviese que hacer frente a un dilema muy personal en una comisaría donde le esperaban para combatir el mal. Porque aunque Estados Unidos ha sido uno de los países más corruptos que se ofrecía a nuestros ojos, siempre había hombres buenos, que daban las seis balas de sus revólveres por hacer el bien, conseguir que las cosas fueran mejores. Era mucho antes de que los héroes norteamericanos se instalaran en la brutalidad aplaudida de Clint Eastwood, el más grande, convertido en el vengador que invita al gangster al que ha alcanzado con su Magnum 357, a que cuente el número de balas que ha disparado, porque él no se acuerda… Y así le da una salida honorable. Pero Harry el Sucio no hacía regalos a los malhechores y los que no estaban ya en el cementerio es porque él no los había visto.

Por supuesto que su concepto de la valentía nada tenía que ver con la filosófica fórmula de la autora de “Matar a un ruiseñor”. Frente a la enorme pantalla del cine Barbés, barrio mítico parisiense donde todos los perdidos del mundo se daban cita en aquellos años sesenta, entre improvisados tenderetes preparados para vender lo que fuera. Había hasta un prostíbulo especial para los emigrantes que aparecían por allí los sábados después de una dura semana de pelea con el cemento y los capataces. Formaban filas largas y sudorosas a la entrada de la casa de putas. Aunque siempre había algún que otro incidente porque aquel paritorio de deseos truncados tenía como una trampa. Los candidatos a acceder a sus placeres pagaban a la entrada y recogían una minúscula toallita que no tenía superficie ni para limpiar una mano. La ceremonia continuaba cuando la empleada de turno aparecía despampanante como una Silvana Mangana del pobre y abría el desfile hacia las habitaciones del primer piso. Más de una vez, cosas que me contaba un comisario jovencillo de la comisaría instalada al lado del putitorio, alguno de aquellos trabajadores no aguantaba el balanceo de las caderas de su prometida por quince minutos y echaba todo lo que llevaba en la bragueta antes de llegar a la habitación. Se armaba una trifulca porque el pobre quería que le devolviesen sus francos tan sudorosamente ganados y un policía tenía que intervenir. Nunca supe cómo podían devolverle al pobre enamorado la llantina amorosa que se había dejado en las escaleras que tenían un gustillo a “Lo que el viento se llevó”.

Más de una vez encontré a la víctima de su propio deseo sentado delante de una cola en uno de los restaurantes pobres que habían surgido como flores en primavera y donde por un minúsculo puñado de francos se podía degustar un cuscús que ni en Casablanca. Eran aquellos años en los que nos hacíamos adultos con derecho a soñar y empezábamos a creer que un día conoceríamos la gloria con la que todo periodista sueña, aunque solo sea un ratito, un cachito de momento. Todos han muerto o casi. Quedamos unos cuantos resistiendo en islas perdidas, sin haber tirado al mar todavía la esperanza de brillar en el firmamento de los escritores. Aunque confieso que algunos ya estamos cansados de luchar y miramos a la playa esperando un tsunami solo para nuestros ojos que podamos describir en exclusiva para un periódico de otro mundo que nos sacaría de la miseria del olvido.