El otro Graduado
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando todo tu enamoramiento es con una vieja goma de borrar Milan número 428 que tiene forma de corazón y huele como si hubieses retrocedido todos los años del mundo y estuvieses en el instituto… No había probado nunca su sabor pero el otro día se me ocurrió besarla y retrocedí en el tiempo hasta recordar labios muy juveniles de Tánger, en un lugar donde solo los judíos eran bienvenidos, y yo no lo era. Otro beso más prolongado y el olor de la Milan me llevó a mis primeras experiencias en París, en una casa regia que yo nunca tendría con una mujer de lujo y coche con chófer adonde me había conducido Carlos, un amigo aragonés que era cantante de tangos y director de una editora musical.

Cuando besas una Milan suena como de verdad, como aquella primera vez en ese piso de lujo donde aquella señora generosa con un joven de diecinueve años y mocasines con suelas de cartón me enseñó a bailar, o por lo menos a moverme con ella al unísono al ritmo de un bolero. Éramos cuatro con la pareja de mi amigo y un par de criados que se hacían invisible de forma mágica con una mirada de la señora de la casa, una mujer de unos 30 años, que seguramente había pasado parte de su tarde en Carita, la firma catalana que entonces atendía a las más bellas y a las más pudientes de la capital francesa. Era la primera vez que una mujer como ella me estrechaba en sus brazos, en su cuerpo, y pensé que hasta en su alma. para bailar no se crean, y era también la primera en que entreveía un sostén que seguramente costaba lo que yo ganaba en la Agencia Keystone Press de la rue Royale como reportero para todo, que nada más llegar a París luchaba por abrirse paso en la jungla de las mundanidades.

Era una época, comienzos de 1957, en que existía una gran actividad mundana lo que era una bendición para los que nos dedicábamos a buscar historias suculentas de amoríos o amores profundos. Teníamos hasta princesas árabes que de vez en cuando pasaban por París para dar una ojeada en los salones de los grandes modistas. Nosotros las seguíamos, tratábamos de charlar con ellas, de fotografiarlas, intentando desesperadamente sacarnos nuestro jornal, porque la vida en París para un hijo adoptivo de Tánger era cara. Aquella noche, en aquel salón todo cubierto de maderas preciosas, con cortinas que daban a la intimidad sus cartas de nobleza, tuve que pedirle perdón a Jesús, mi amigo, pero era demasiado para un chiquillo que al mismo tiempo que descubría el olor del Chanel 5 en el cuerpo de una mujer de las que salían en aquellas películas con Myléne Demongeot o Brigitte Bardot, era una experiencia extravagantemente turbadora.

No es que yo fuera un catetillo virgen. Pero nunca ninguna mujer como aquella que me taladraba con sus ojos verdes y cuyas manos parecían hechas para aquella función de amar se me había abierto en una cama para un regimiento, guiándome, aconsejándome con cuatro palabras en francés que ya entendía y sobre todo con unos dedos largos, uñas infinitas, pero que parecían desaparecer el largo tiempo de las caricias.

Ay, Milan amiga, no se si te acordará de toda aquella noche, la más larga y corta que había vivido. Ella parecía encantada de mi inexperiencia y me guiaba como si hubiese estado visitando por primera vez el Louvre. Pero aquello era mucho más. Nunca imaginé que unas manos de mujer consiguieran hacerte un macho (Tu seras un homme, mon fils). Mi embajadora en placeres se llamaba Céline y era una reina. Muchísimos años después, ya tan lejos de todo, en esta isla africana, la he recordado mucho. Y no he podido olvidar lo que decía Ulises cuando la bruja de aquella isla que encuentra en sus aventuras por el mar de sirenas ansiosas de cazarlo, quiso que la hiciera mamá.

En un momento en que Céline se durmió unos segundos, la examiné, era mi primera mujer de verdad, con una sabiduría exquisita y un cariño, así lo creía yo, pobre de mí, que no tenía más remedio que durar toda la vida.Era un rio de felicidad, en el que yo no trataba siquiera de respirar. Céline me sumergía en un mundo que yo no conocía. Cuando por la mañana nos despertamos, volvimos a unirnos como si estuviésemos destinado nada más que a eso. En un momento dado, entró un criado con bandejas de mil primores y varias botellas de champán. Después del desayuno, y de una forma muy infantil, hice jurar a Céline que sería mi amor para siempre. Ella sonreía y asentía. Cuando nos vestimos, después del almuerzo, me besó como nunca me había besado a nadie y se marchó. Unos segundos después entró un chófer uniformado hasta los guantes y me llevó a mi hotel en la Rue Houdon, a dos pasos de Pigalle. Esperé ansioso una llamada de Céline durante seis días y cuarenta noches. Mi amigo el tanguista tardó en decírmelo pero al final me convenció de que aquello había sido un aventura de las mil y una noches. Y me advirtió que no volviese a buscarla a su casa. Ella no vivía allí. Celine tenía otros nidos, otros amantes. Ay, mi querida Milan… Miles de años después, no he podido olvidar a Céline. Pobre muchacho… Aquella aventura ocurría nada más llegar yo a París, en 1957, año en que salía en las pantallas “El graduado”, con un jovencito Dustin Hoffman y una extraordinaria Anne Bancroft. Un Dustin Hoffman recién salido del cascarón que se enamora locamente, a esa edad los enamoramientos son de manicomio, de Anne Bancroft, exuberante y maravillosa actriz vestida de gran burguesa que acoge la sumisión amorosa del graduado como un don de los dioses.

Y yo que creía estar inventando el amor prohibido…