Cuba y el periodismo
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Manuel Juan Somoza | La Habana

Qué les puedo decir del periodismo, esa profesión tan cuestionada y necesaria en cualquier parte del mundo post moderno; ese oficio bello cuando parte desde adentro y uno se siente inconforme siempre con lo hecho. Hoy, aquí, es el “Día de la prensa cubana” y se festeja entre bombos y platillos en los medios oficiales, con medallas y reconocimientos, y cada quien, supongo,  lo hará bajo la interrogante permanente de cómo llevar a la práctica de la manera más conceptual posible un ejercicio que implica investigación, crítica y riesgo, en un escenario de partido único, asediado desde adentro por el nuevo coronavirus (en un año, 59 mil 157 contagiados y 361 fallecidos) , una crisis económica (la primera de este siglo tras cerrar el anterior con otra), que se agudiza generalizando el cansancio social, y todo ello mientras desde el Norte se multiplican las presiones que desde hace 60 años buscan asfixiar otra manera de vivir que no sea aquella generalizada en el planeta, donde manda Don dinero.

Qué les voy a contar desde el centro de esta vorágine a la que se ha sumado el desempeño digital, y con él los enjuiciamientos más diversos que buscan reanimar o taladrar los ánimos. Cómo encontrar rumbos éticos y certeros en medio de este fuego cruzado de intenciones políticas; unas espontáneas, motivadas quizá por muchas promesas sin cumplir; otras en clara línea con la pretensión del Norte o con la decisión de continuar a cualquier costo por el camino iniciado en 1959, cuando triunfó la revolución. Cómo honrar en tales circunstancias una práctica que demanda para que sea valedera la confirmación de lo que nos cuentan a diario, sea desde las alturas del poder o desde el rechazo a todo lo que se intenta en la isla para rectificar el rumbo. ¿Cómo hacerlo con pudor?.

En México, según me consta, cuesta la vida desentrañar a las mafias; en España o el Reino Unidos puede costar el puesto exponer públicamente las mil caras feas y ocultas de las corporaciones; en Estados Unidos la libertad de prensa tiene el cerrojo que impone el capital, dueño de los grandes medios además; y en Cuba todo se mide desde la óptica partidista de la seguridad nacional, cuando ya son muchas las décadas de guerra no declarada con el poderosísimo Norte, e igualmente hasta un error puede costar el puesto.

No escribo para resaltar una celebración que solo importa a los cubanos, lo hago porque confío en el valor del oficio que practico desde que llegué deslumbrado al Quito Piso del Retiro Médico, donde arrancó Prensa Latina y el sueño de competir con las agencias mundiales para llevar nuestra verdad. Sigo apostado por esta profesión, cuestionada y necesaria, que en Radio Habana Cuba me demostró el alcance indetenible del sonido y en la oficina de la AFP en La Habana me enseñó cómo se hacen las cosas desde una institución trasnacional que es paradigma en muchos sentidos. Y entonces, cuando hoy se hace un alto para aplaudir o denostar, cuando el planeta está al revés por un virus invisible y se disparan las miserias que sobran por cualquier lado, me resisto a admitir que soy tripulante de un barco que podría irse a pique; me guío por lo que me enseñaron, en lo que creo, y desde mi pequeñez siento como Gabo que este es “el mejor oficio del mundo”.