Un libro para pensar II
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Por Marcelo Aparicio

Pocas veces, casi nunca, me ha tocado la difícil prueba o desafío, de comentar un libro escrito por un amigo o amiga. Esta vez se trata de “La muerte de una hija”, obra escrita por el periodista internacional y escritor prolífico, Sergio Berrocal, en colaboración con su hijo Tony Berrocal Jr.  Y digo “obra” para sintetizar la presentación. Porque a mi juicio es un “j’accuse” , simulado en una guerra sin fin de sentimientos, entre la pena y la culpa, entre el error y el acierto. El amigo y ex jefe mío durante mi larga militancia en la Agence France Presse (AFP), una de las dos grandes agencias de prensa del mundo, ha e más profunda la herida –ya relatada en su “Ojos verdes”, producida por la experiencia más dura a la que se somete un ser humano, la muerte de un vástago, en este caso su hija. En este caso de la hermosa adolescente Corinne, muerta al estrellarse contra un muro el coche conducido por su pareja.

Este drama, que aún anida en el corazón y organismo del amigo Berrocal, a pesar de los años, se ve contada entre unos relatos axertdos de su vida y su profesión periodística, donde el lector puede encontrarse aliviado por la ironía, el humor y lo interesante de las anécdotas. Es la parte más agradecida de la lectura. Se dice que el alimento principal de esa bestia que puede ser un periodista, es la curiosidad. Pero si le echa a ese alimento el condimento de la ironía inteligente, estamos ante un cocktail imposible de desperdiciar.

A lo largo de la novela se va informando el lector de la personalidad y juicio del autor. Y se disfruta, a pesar de que poco a poco se ve aproximándose al desenlace final que da título al libro. Los lectores que no conocen al autor, se aliarán con él en su sentimiento y dolor. Pero quienes conocemos al personaje, quienes sabemos que se trata de no una buena persona solamente sino de una persona buena, atravesado por mil dagas en el ejercicio de su profesión, puesto a prueba, primero por la muerte de su esposa y luego de su hija, podemos alejarnos del lector corriente. Y se hace una lectura diferente. En mi caso, que he comprobado todas esas facetas al ser humano que es Sergio Berrocal, me podría haber salteado el epílogo. Un castigo a mi juicio injustificado (¿por exagerado?) del autor, haciéndose casi cómplice de la muerte de su ser más querido. Un castigo tan innecesario como injusto. Característica quizás de la buena persona que es, muchas veces castigadas por serlo.

Un libro es un libro podrá pensar alguien que lee estas líneas. Pero un libro de estas características de agradecer –incluído el prólogo que personalmente censuro—es una prueba de todas las bondades que pueden leerse palabra por palabra cuando hay coherencia y amor de por medio.

Hay que leer, pero sobre todo agradecer, a Sergio Berrocal. Hay que aprender y aprehender de lo que transmite. Hay que felicitarlo por el esfuerzo de desnudar sus sentimientos y culpas y quizás asi logremos que se saque de encima esa mochila cargada de culpas, ajenas e injustificadas.

Y así, el libro, este libro, dejará de “ser un libro”.

 (Editorial Círculo rojo).