Cuba y la reconciliación nacional
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Manuel Juan Somoza La Habana | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Leo de oficio cuanto puedo, venga de donde venga, y siempre regreso a aquella “pecera” triste del aeropuerto de Rancho Boyero entonces, a dónde llevé a mis padres y a mi hermana en el inicio de un viaje sin regreso, cuando corría el turbulento decenio de los 60 y yo emparentaba mi alma con un sueño. “¿Será posible la reconciliación entre cubanos?”, me he preguntado con reiteración desde aquel día y en la rocambolesca búsqueda de respuesta siempre suelo llegar a una conclusión optimista a partir de mis vivencias, la forma en la cada quien se construye sus verdades. Debieron transcurrir más de 30 para que los cuatro volviéramos a encontrarnos en Miami, la llamada “capital del exilio cubano”, y cuando nos despedimos una vez más, en otro aeropuerto indiferente a nuestro drama, supuse que de alguna forma lograríamos seguir juntos, pero nunca más los volví a ver. Ellos estaban muy envejecidos para venir y Washington negó la visa que me hubiera permitido acompañarlos en la partida. Mis padres y mi hermana descasan allá. Sin embrago, antes pudimos abrazarnos, reírnos sin renunciar a la visión del mundo que cada uno sostenía, y recordar los buenos ratos pese a las muchísimas heridas abiertas que cargábamos desde tiempo antes. Ella con la vida en ascuas por mi participación en los cambios que no admitía, él enviado a cortar caña por querer ir en busca de su sueño, y yo visitándolo en Camaguey a fin de levantarle el ánimo y discutiendo en La Habana que el procedimiento era indigno, porque a reventarnos las manos en cañaverales o trincheras íbamos sin vacilar y con orgullo quienes empujábamos la gestación de una nueva vida para todos, con decoro.

Ha pasado medio siglo y entre los de allá y los de aquí se abren y se cierran puentes; o quizá sería mejor decir que abrimos y cerramos vías a igual velocidad. De todos lados cargamos golpes de todos los tamaños –¿acaso no es la vida así en cualquier parte y en cualquier época? –, y creemos en las verdades que nos inventamos para sentirnos buenos. El 4 de febrero de 1960 explotó en el puerto de La Habana un buque cargado de armas y explosivos; un montón de familias, extranjeras incluidas, nunca olvidaron las heridas de los suyos esa jornada, al aprender en carne propia que el cambio de sociedad en Cuba costaría vidas e iría tan en serio como la tendencia a evitarlo. Hasta hoy, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos no ha mostrado evidencias que la exoneren de la presunta autoría. Allí se registraron 70 muertos, incluidos seis tripulantes, 27 desaparecidos y más de un centenar de heridos. En tales circunstancias surgió una promesa, ¡PATRIA O MUERTE!, y cerraron filas junto Fidel y al Che, brazo con brazo, combatientes de todos los calibres, Eloy Gutiérrez Menoyo entre ellos. El fantasma del comunismo no se había desplegado en su dimensión definitoria y, no obstante, los golpes comenzaban a pesar.

Pero la Nación no se quedó maniatada por la confrontación inevitable, supo mantener puertas cerradas a lo irreconciliable y buscó sumar lo demás. Menoyo, como otros, terminó por huir a Miami, fue capturado al infiltrarse en la isla desde allá con un grupo armado tras fundar la organización anticastrista Alfa 66.  Condenado a muerte, Fidel le conmutó esa pena; regresó a EU con un grupo de presos liberados antes de cumplir sus penas en medio de una de las diversas negociaciones habidas en estos tiempos; y pasado los años participó en los primeros diálogos entre cubanos de opiniones contrarias, hasta que volvió definitivamente a Cuba a terminar sus días sin renunciar a sus verdades. “Ando con un número de teléfono en el bolsillo y si tengo algún problema llamo. No me han dado carnet de identidad”, me dijo la última vez que lo entrevisté en La Habana.

Los extremos siempre nos acompañarán, pero cuando miro atrás veo que desde las luchas por la independencia la Nación ha encontrado la forma de sumar, restando a lo irreconciliable. Por eso hoy, cuando el país vuelve a estar a la vista del huracán, recuerdo a mis viejos, la “pecera” sombría, y al mismo tiempo soy optimista, confío en la suma, aunque para disfrutar el saldo se tengan que aceptar esas verdades que duelen, de aquí y de allá.