El pasaporte
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Lo examinó hoja por hoja, recordó una película en cada uno de los tampones que indicaban un destino y lo cerró para meterlo en un sobre marrón, donde quedó enterrado. Le dijo unas palabras de agradecimiento antes de deslizarlo como un fugitivo en un rincón de un cajón de su mesa, el único que tenía llave.

Le quedaba plenamente vigente su tarjeta de identidad; con eso tendría bastante para el tiempo que le quedaba en la isla africana.

El frio alternaba con días de auténtico calor. Pronto saldría la primavera y los coronavirus no se habrían ido. El gobierno decía que estaba vacunando a troche y moche, pero apenas si alcanzaban a troche porque las vacunas desaparecían en manos de los jefecillos locales que las repartían como peladillas de Nochebuena entre sus amistades. Y tú seguías en una interminable lista de espera. Luego interrumpían la ronda para anunciar que ahora iban a vacunar a los bomberos. Él creía que con las llamas de los incendios seguramente no necesitaban nada más para apartar al mal bicho chino que ya llevaba más de un año royendo vidas en el mundo entero. Los que escapaban iban volviéndose poco a poco majaretas, entrando pasito a pasito en un túnel de locura que psicólogos, psiquiatras y otros amantes del cerebro aprovechaban diciendo que ellos lo arreglarían por una módica suma, según constaba en anuncios de prensa. Mientras miraba por última vez el sobre del pasaporte en el que había enterrado todas las ilusiones de salir de aquella pandemia y volver a la vida, oyó en la radio que el dictador chino Xi Jinping, al que muchos países querían pedirle cuentas por el bicho coronavirus, cumplía 67 años declarando con sus ojos de mongólico arrepentido que China había quedado totalmente limpia de miseria. De un plumazo había liquidado el hambre y todas las necesidades heredadas de siglos que los chinos soportaban desde Mao Tse Tung. Qué tio más listo. Al día siguiente no vio ningún comentario en los periódicos. La decencia no estaba del todo perdida.

Llamó a Corinne, aunque ya era muy tarde en Rio de Janeiro. Pero ella descolgó al primer timbrazo. Primero oyó su respiración agitada. Luego sus lágrimas. Ella estaba segura de que no volvería a oír a su viejo amor. Mil veces antes de que cerraran las fronteras le había pedido que se fuera con ella. En Brasil el loco del presidente Jair Bolsonaro había decidido que la pandemia no era para tanto pero el país ya andaba rozando los 300.000 muertos.

Mientras, Corinne le repetía una y otra vez que no lo pensara más, que reservara en el primer avión aunque fuese dando un rodeo por dos o tres aeropuertos. Había preparado el piso de Ipanema y todo estaba listo para acogerlo.

El viejo, que en ese momento miraba a su mar Mediterráneo, donde el viento de Levante le hacía parecer un Cantábrico desbocado, suspiró.

Corinne interpretaba sus silencios como una aceptación y seguía detallando las mejoras que había introducido en el piso, una de cuyas terrazas se metía en la playa, contándole lo bien que vivirían los dos. Llevaba dos años esperándolo y estaba segura de que pronto estarían reunidos.

Cuando él abandonó definitivamente Brasil al cabo de cinco años de corresponsalía, Corinne estaba seguro de que pronto volverían a estar juntos, y esta vez para siempre. Se habían amado tanto, tanto que ella lamentó en ese momento no haberse quedado embarazada. Por lo menos ahora lo tendría allí a través de una personita.

Hablaban. Hablaron mucho. Los bichos todavía nos se habían comido las líneas telefónicas y mientras en Pekin las multitudes invadían los teatros para celebrar por la fuerza de las bayonetas el magno anuncio del Líder Supremo, ni Mao se hubiese atrevido a mentir con tanto aplomo, las colas de hambrientos acudían a los cientos de restaurante que organizaciones internacionales, desde Cáritas a Cruz Roja Internacional habían organizado por toda China para evitar que la gente siguiese muriendo de hambre galopante,

El viejo se imaginó en la terraza del pisito de Ipanema, con ella sentada en sus faldas como le gustaba hacer.

Entonces le llegó la promesa:

-Sabes que nunca quise pero ahora te prometo que tendremos nuestra hijita. Te juro que en cuanto llegues del aeropuerto no pararemos hasta que me la hayas hecho.

El viejo se dijo que nada más que por eso hubiese valido la pena plantarse en Río. Esa niña era lo que más deseaba en el mundo. Estuvo a punto de abrir el cajón donde había enterrado el pasaporte. Pero recordó que sería imposible.

-Mi niña, mi amor, mi Corinne, por el momento no puedo viajar. Estoy aislado. El maldito animal ha conseguido acorralarme…Pero en cuanto pase esta mala racha tomaré el primer avión.

Entonces fue cuando Corinne comprendió que todo había acabado. Trató de disimular su emoción y siguió hablándole de la niña que iba a tener. Pero en un momento de lucidez, mientras una lluvia tibia y bienhechora se deslizaba por la terraza de Ipanema, comprendió que todo había terminado.

Oyó como el viejo tosía sin poderse contener.

-Adiós mi amor, mañana seguiremos hablando, es que tengo visita.

Cuando se le paró la tos cogió una botella de tinto Pinot Noir que tenía bajo la mesa y se llenó un vaso en el que tanto había bebido con ella.

Se metió en el sofá que guardaba millones de suspiros, quejidos de placer, hasta explosiones inaguantables y soñó. Pero la tos no le dejaba. Sabía que pronto vendrían a buscarle. Se levantó y fue a la terraza donde una paloma blanca anidaba. La saludo cariñosamente y saltó.