Paloma blanca, sino negro
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cómo han pasado los años…En mi terraza de esta isla africana, junto al mar revuelto por los bichos, malos bichos chinos, y por la inmensa pena que cae sobre el mundo, una pareja de palomas ha decidido empezar a vivir, es decir fabricar un hijo. Sin permiso de nadie, con la pechuga del macho en adelante, auténtico chulo arrabalero que parece que te va a sacar los ojos si te pones tonto, se han instalado en una bella vasija que durante años fue la sede de los más bellos jazmines de toda la isla africana.

Luego, los pobres se fueron aburrieron y desaparecieron. Ahora su lugar la han tomado las palomas. Han hecho un nido con la tierra que había y han puesto un huevo o no sé si más. Una de las dos no se levanta nunca. Me dicen que da calor al hijo que tiene debajo para permitirle hacerse mayor. La madre es de película, blanca y estilada, como una Tippi Hedren más elegante que nunca cuando la dirigía Alfred Hitchcock. El novio, no sé si están casados, tiene pinta de chulo de los que a navajazos de imponían en el París de otros tiempos. Vivo descarriado en el calendario. Creo que estamos en 2005 porque debió ser un bonito añp, pero las bestias que a veces me leen no lo entienden. Ni falta que les hace.

Siempre me han dado asco las palomas, sobre todo desde que destruyeron las maravillosas fachadas de París que solo un hombre amante de lo más bello como André Malraux fue capaz de restaurar por completo. Mi París, que yo creía mío, de mi propiedad, ya no sé si siquiera me dejarán entrar aún poniéndome en el aeropuerto en la cola de los parias.

De estas cosas no se enteran las palomas, por las que ahora tengo otros sentimientos, pero la actriz Salma Hayek, bonita para una película del desierto, con sus 54 años a cuestas ha salido en defensa de su hombre, como los chulos del París de los facinerosos, François Henri Pinault, que ya ronda los 60 años de edad pero sigue siendo un hombre riquísimo. Y la muy tal abre su boquita linda que tantas lenguas vieron para decir que se discrimina a los hombres ricos. El es millonario de los de muchos ceros.

Mi revólver no estaba cargado cuando he leído eso, de lo contrario hubiese hecho un agujero del 45 en el puñetero periódico que no sabe que estamos muriendo, que el mundo entero está muriendo estúpidamente por culpa de la Bolsa y de un venenoso Presidente de un país de los mil horrores.

Yo ya no discrimino a nadie. Trato de ser bueno porque me dicen que las plazas están casi todas ocupadas en el paraíso.

Me pregunto por dónde andará Ernest Hemingway, aquel maravilloso cuentista que me hizo amar la escritura y el periodismo. De no haber sido por él, quizá mi poderoso papá, el coronel, me hubiese metido en una academia militar para que aprendiese el arte de matar a los enemigos y cortarles los testículos para acto seguido metérselos en la boca y coserles los labios con una buena aguja y un hilo fuerte. Me contaron que eso lo hacían cuando él andaba por los montes y le llamaban Capitán Veneno en la guerra del Rif, (Marruecos) de 1920 a 1927. La gente de la montaña quería deshacerse de los cabrones de blancos que querían las tierras para ellos. No hubieran sabido qué hacer con tantos peñascales, pero la guerra es así de absurda. Se mata la gente para nada. Porque una semana después llegan los diplomáticos y lo que fueron tierras chorreantes de sangre se convierten en un lugar Internacional, como Tánger.

Ay, Tánger de mis amores y de los de mucha gente. Donde pude embarcar en el yate del borrachín de Errol Flynn en lugar de meterme en un carguero mixto que llevaba más trastos que criaturas humanas. Que nos obligaban a fregar los platos, metálicos, después de las comidas. El ama del yate, la guapa Patricia Wymore, nunca lo hubiese consentido.

Mis palomas no saben nada de eso. Ellas están cuidando a su pequeño, o pequeña, o yo que sé, porque nacer es un misterio, y la guapetona de la madre trayéndole comida al vago del chulo que la ha preñado.

Hubiera querido ser chulo como Hemingway para que en París, bajo la lluvia, un enorme escribidor como Gabriel García Márquez me hubiese saludado desde lejos con un estentóreo “¡Adiós, maestro!”, o mi amigo César, que en muchos años de servicio con uniforme de almirante conocía en sus paseos por los aeropuertos de París, eran los años sesenta y setenta, todos los secretos del mundo. El Príncipe reinante que se iba a echar un polvo a Zurich via la discreción, el terrateniente de drogas que había hecho alto en el aeropuerto de Le Bourget para comprar un recuerdo para la querida que le esperaba en Bogota, la mitad de mi sueldo de periodista de la Agencia France Presse.

Pero, oye paloma que tranquilita estás sentada en tu nido esperando un dulce nacimiento, oye chulo de plumas negras, te voy a decir una cosa: Éramos felices, amábamos, nos amaban.

Hoy, en este viernes de cenizas, estamos todos cagados de miedo por el coronavirus que nos acecha sin piedad, como le han enseñado los cafiches de Pekín.

Paloma blanca de pico precioso, no dejes que nadie le haga daño a tu niño o a tus niños, que yo no sé. Llámame si te hago falta, pero sé que no lo harás porque eres más inteligente que nosotros, los que presumimos de ser humanos.