Locura y desamor

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

A medida que avanzan los días de este maldito 2005, la locura en la calle se hace más palpable. Se enloquece mucho de miedo al bicho chino pero también, y de forma continua, sin necesidad de crisis, de desamor. Vivimos en un mundo dedicado por completo al provecho. Hacer dinero, ganar más, vivir mejor según los cánones del capitalismo, son obsesiones de cualquiera. Se intenta trabajar cuando ya no hay trabajo por la crisis del coronavirus y los que tienen algo que rentabilizar tratan de no perderlo. Para que un hogar funcione, por mucho amor que pueda haber entre sus paredes, se necesita un mínimo de ingresos, más aún cuando hay por medio niños y enfermos, sin contar los mayores más bien viejos que ya no sirven para nada según la Directora del Banco Central Europeo, la francesa Christine Lagarde, quien lanzó esas bellas palabras cuando era directora del Fondo Monetario Internacional. Tanto más aventurado cuando ella ya tiene ya 65 o 66 años, la edad que en la mayoría de los países es la de la jubilación forzosa. Pero ella seguirá chupando dólares donde la pongan. Y eso que tiene una causa judicial pendiente en Francia. Antes de que apareciese la sombra del bicho chino, la gente vivía más o menos bien pero sin esta horrenda crisis que está destruyendo sus trabajos y, por lo tanto, su forma de vivir. El amor con pan y cebolla es un romántico dicho que no se aplica a momentos tan difíciles como los que estamos viviendo. Las parejas de desagregan o siente tentaciones de hacerlo, los hijos sufren porque, de pronto, donde había una vida confortable sostenida sobre la base de dos sueldos o uno importante, reina la inquietud y el no saber que será de nosotros mañana. Si los comedores caritativos vuelven a abrir sus puertas no es por puro adorno. Millones de personas en todos los países capitalistas sienten la embestida del paro y, por lo tanto, del desamparo y de la falta de dinero. Sin duda que los psiquiatras son los primeros que se preocupan por esta situación ya que a los políticos puede incluso servirles para sus sucios manejos. No es casualidad si se publican ahora cifras terroríficas de fuentes perfectamente serias. En España, dice la Organización Mundial de Sanidad, se suicidan diez personas todos los días.

Las mismas estadísticas afirman que cerca de un millón de personas se quitan la vida en todo el mundo en el espacio de un año. Entre enero y mayo de 2020, en España se produjeron 1343 suicidios, según el Instituto Nacional de Estadísticas. Son unas cifras muy incompletas. La Iglesia católica y las iglesias en general no parecen hacer nada para atajar esta carrera a la muerte. Sí, algunas procesiones, unos cuantos rezos y a pasar el cepillo, lo mismo los católicos que el resto de las iglesias que van detrás.

Es indiscutible que si la crisis no hubiese llegado en un momento de desconcierto mundial, falta de empleo y, por lo tanto, falta de dinero, lo cual entraña malestar en las familias, separaciones, divorcios, ningún deseo de aumentar los índices demográficos, quizá hubiésemos enfrentado al coronavirus de otra forma. Con más cordura y algo más de esperanza. Pero cuando desaparece el elemento esencial de la vida, lo que hace funcionar y permite cierta estabilidad en las parejas, en las familias, los medios económicos, el desamor está en la esquina, esperando agazapado. Nadie puede pretender nadar en la felicidad si de pronto una familia, compuesta de los padres y tres niños, tienen que hacer frente a grave falta de dinero para mantener al hogar. Con que caiga un sueldo en la familia, que a veces está mantenida por dos, si la pareja trabaja, el desequilibrio es total. Ya no se puede tener el mismo tren de vida y los niños tampoco pueden seguir asistiendo a colegios de cierto nivel.

Pero queda la peor parte a la que sin duda los especialistas tendrán que hacer frente antes o después. En varios grandes países del mundo, los recurrentes manicomios fueron borrados del mapa sanitario con el pretexto de que ya no se necesitaban, pero nadie había previsto entonces que un bicho llegado del otro lado del mundo pondría en jaque esta concepciones de la medicina que en España, sin ir más lejos, están caducas. Los médicos españoles han decidido que solo existen “brotes psicóticos” y no “locos”, seguramente por lo infamante que puede tener esta palabra. Pero ya hay más que indicios de que se van a necesitar pronto esos centros tan rápidamente cerrados, aunque solo sea para guardar las apariencias.

Los mismos médicos están convencidos de que los sufrimientos provocados por el coronavirus, las inquietudes sobre una enfermedad de muerte aunque ahora haya vacunas cuya eficacia no se ha probado suficientemente hasta ahora por falta de tiempo y espacio, engendran problemas mentales. Estamos a punto de entrar en un mundo de locos, que necesitará más psiquiatras y psicólogos de los que ejercen actualmente. Algunos listos ya lo han olido y en revistas en España aparecen consultas de psicólogos con una foto con todos los elementos disponibles que la firma tiene en la actualidad, treinta o treinta y cinco especialistas para un solo gabinete.

Se dice que 45 por ciento de los sanitarios, médicos, enfermeras, etc, que en España luchan contra el coronavirus han evidenciado ya trastornos mentales. Locos, todos locos, estarán los que escapen a la maldición del coronavirus maldito. Algunos ya se han adelantado y se encierran en sus casas y tratan de no pisar la calle para evitar riesgos. Yo soy uno de ello. Llevo más de trece meses encerrado en mi despacho.