Cuando quise ser cubano
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(Las cosas que les cuento son viejas como yo, pero vividas cuando aún yo vivía)

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Había llegado a La Habana al amanecer, con una luz negra como la entrada de una mina polaca después de la perestroika y totalmente asustado. Me habían contado en París poco antes de salir que en ese país, Cuba, comunista por vocación, en el Caribe, al ladito de Estados Unidos podía ocurrirte cualquier cosa. Estábamos en 1985 años de los cuentos soporíferos que caían de las carteleras parisienses con películas de espías comunistas. Te vigilan en tu hotel, adonde te mandan una camarera muy bonita a la que, por supuesto no te puedes resistir, es una profesional, y mientras ella te vuelve loco hay una cámara que filma. Al día siguiente, o unos días más tarde algún policía llamará a tu puerta. O colaboras con el régimen o difunden la vergonzosa película. Intoxicado por tantos filmes del período de la guerra fría, donde las vampiresas del Este se dedicaban a combatir por la patria de una forma que a mí me parecía peculiar, meterse con el agente designado en la cama de un hotel siete u ocho estrellas. Y al día siguiente, el chantaje. Estabas perdido. Estos eran los cuentos de hadas que nos contaban a periodistas como yo, corte liberal conservador, que mandaban para una misión, no de espionaje, sino de reportaje, por favor, que van ustedes a creer, y volvía de Cuba a París, mi punto de partida, totalmente transformado, con el carné del partido comunista entre los dientes y misiones diabólicas que cumplir en Occidente. Tu vida estaba jodida, compañero periodista de tres al cuarto.

Cuando me desperté al día siguiente de mi llegada en la cama del hotel Capri tuve que pasar horas bajo la ducha para reponerme y el agua, además, seguramente era una táctica de los servicios secretos, cambiaba constantemente, sí, como un castigo, agua fría, agua caliente, hirviendo, helada. Ya había entrado en el sistema.

Llegué a recepción con unas ojeras de haber pasado la noche con medio batallón de jineteras. El recepcionista me sonreía. “¿Ha dormido usted bien? ¿Anoche le dijo mi compañero que le habíamos dado el cuarto que ocupaba cuando venía a La Habana Frank Sinatra? Ha tenido usted suerte”.

Me arrastré hasta la cafetería preguntándome por qué aquel tipo insistía con Sinatra. ¿Cómo iba a saber que era mi cantante favorito? No había más que una explicación, los espías. La luz del día, los niños que iban a la escuela en una formación impecable, con preciosos uniforme que parecían recién planchaditos, el vientecillo caliente que ya hacía a las nueve de la mañana, la gente que se acercaba a mi, cariñosa, preguntándome de dónde venía. Y de vez en cuando un vendedor de puros y de PPG, un medicamento milagroso, lo sabría más tarde, para la erección deficiente.

Recapitulé y tuve que reconocer que ninguna vampiresa me había asaltado durante la noche y –que más hubiese querido yo, me lamentaba–que no oí para nada el ronroneo de una cámara filmándome. Después de aquella serie de auto sustos empecé a ver La Habana como una ciudad maravillosa, con gente maravillosa que, aunque pasaban necesidades, de ello me enteraría cuando asistía a mi primera sesión del Festival de Cine al que me habían mandado, en la sala Yara, un lugar muy popular y acogedor. A voces unos y otros se quejaban de no haber podido desayunar, al menos algo decente, pero la película del día era más importante que las necesidades estomacales.

En París me habían descrito a los cubanos como esos personajes siniestros de Orson Welles en “El tercer hombre” o en algunas de esas peliculillas que la propaganda norteamericana paseaba por los cines del mundo para enseñarnos lo perversos que eran los agentes soviéticos, pero sobre todo las agentes, con sus muselinas de las mil y una noches que te envolvían antes de que te diese cuenta.

Liberado de mis pesadillas, en los jardines del Hotel Nacional me encontré con periodistas y cineastas de otros países que también estaban allí para acudir al Festival y ninguno de ellos parecía mostrar señales de haber sido maltratado o seducido durante la noche. Aunque no tenía mucha experiencia en esas líder subterráneas había visto suficientes películas para reconocer inmediatamente al enemigo.

Fue entonces cuando me enamoré de La Habana. Los místicos brasileños dicen que cuando visitas Brasil lloras dos veces. La primera al aterrizar y comprobar que es una ciudad, probablemente del futuro, pero donde no hay esquinas y donde tomar un café supone tener que ir a un centro comercial. Luego, agregan los agoreros, lloras cuando te marchas, porque te has enamorado.

Yo ya estaba enamorado de aquella capital con edificios medio derruidos, apagones casi en todas las proyecciones nocturnas y lo que todavía los dos primeros días me daba un poco de reparo es que para asistir a las proyecciones montábamos en autobuses pequeños exclusivos para nosotros. Y entonces recordé una película de nazis. La primera vez me dieron ganas de saltar en marcha. ¿Y si nos llevaban a un centro de interrogatorio? Me calmé cuando comprendí que yo no tenía nada que decir ni con Mata Hari sentada en mis rodillas.

Una tarde fui a la playa con la amiga de un compañero francés, una impresionante muchacha de poco más de veinte años, mezcla de francés y de cubana. El hombre había llegado a Cuba por la circunstancia que fuera y ya no volvió más a Europa. Y había nacido aquella niña de ojos verdes, como su madre, nativa de Matanzas.

Era modelo profesional y después de la playa me llevó a un desfile de modas en el que ella participaba. Yo estaba anonadado. ¿Cómo se podía presentar vestidos, aunque estuviesen lejos de los modelitos de París, en un país con tantas necesidades, recién salido del llamado Periodo Especial, cuando el hambre y otras doscientas mil necesidades eran cosa seria?.

Pero eso era Cuba y de pronto, ¿lo he dicho ya?, me paré en una esquina de la Calle 26 y le dije a mi deliciosa acompañante que daría la vida por vivir allí.

Entonces fue cuando me pregunté, y luego me lo he vuelto a preguntar, miles de veces, cuántos europeos de habrán metido a ser cubanos de verdad, por puro convencimiento, y cómo les habrá ido. Porque lo que yo tenía en la cabeza no era una simple chaladura. En ocho días había entendido que aquel era el país de mis sueños. Y cuando una noche estuve en la agencia Prensa Latina, donde había curiosidad por conocer a un periodista de France Presse, mi adrenalina ya no pudo más.

Uno de los jefes de la Redacción, que hablaba con un bello acento brasileño, me puso al tanto de lo que era el trabajo de una agencia como PL, en plena guerra con Estados Unidos. Y hablamos de la posibilidad de adaptar el estilo a la nueva prensa capitalista. No es que los periodistas saltaran de las trincheras a la máquina de escribir sino que las arremetidas diarias de los medios sociales de Norteamericana necesitaba confeccionar una información que diese confianza al cubano y expusiera también lo que realmente era Cuba. Yo podría ayudarles para equilibrar por lo menos la desinformación.

Mi vida hubiese podido dar una voltereta espantosa de no haber sido por un compañero de France Presse, director adjunto en La Habana, que me hizo bajar rápidamente de mis nubecitas de felicidad en las que ya me estaba acomodando, llevándome a los lugares, que de quedarme, serían mis objetivos de subsistencia. ¿Cómo conseguir tomates que no aparecían ni invocando en el altar mayor de la Virgen de la Caridad del Cobre?. Entonces existían las diplotiendas, montadas para cubrir las necesidades de los diplomáticos y periodistas extranjeros, donde había que pagar con dólares.

-Sergio, me dijo Chango, ¿estás seguro de quererte quedar? ¿Estás seguro de que France Presse va a meterte en su delegación, que entonces dispondrías de dólares, o no se te ocurre que tal vez no haya plaza y tengas que trabajar de periodista independiente con todo lo que eso supone en un país como este, donde la prensa está más que controlada, y donde hace falta dinero para vivir, sobre todo dólares?

Antes de tomar el avión de vuelta a París, Chango me había hecho ver la realidad de una Habana que nunca sería la mía, porque no tenía los medios de jugar al periodista romántico, al Rick de “Casablanca” convertido en habanero. No sabría por dónde empezar.

–Mira –me decía otra amiga de PL—nosotros sobrevivimos porque es nuestra tierra, nos han educado aquí, y sabemos que tenemos que luchar por ella, pase lo que pase. En cuanto durante tres días seguidos no encuentres papel de culo estarás tomando el primer avión de regreso. Me dí cuenta, y lo confieso con el dolor y la vergüenza de todos los fracasados, que yo era un puro producto del mundo capitalista, ya algo viciado. Mis amigos cubanos llevaban una eternidad de años, desde la proclamación de la Revolución, luchando contra todas las mareas que no siempre chocaban en el Malecón, ese delicioso lugar habanero donde daba gusto pasear.

“Tú no eres de aquí, chico. Hace falta tener el cuero muy duro para vivir todos los días que amanecen. Te aburrirías, te cansarías y procurarías marcharte lo antes posible. A menos que en el camino no te hubieses vuelto anticastrista”.

Esta frase me la había soltado veinticuatro horas antes de la salida prevista de mi vuelo de regreso de misión a París una chiquita que había conocido en un bar del Hotel Nacional. Me confesó que ella había obtenido una licencia de literatura pero que viendo que no podía defenderse con ella, se miró en un espejo y se hizo jinetera. Decía que se había licenciado en Economía y en todo caso estuvo dándome consejos de inversión en bolsa. Tal vez hoy sería rico de haberlos seguidos, pero ayer, como hoy, no tenía una rupia.

Volví al viejo aeropuerto –ahora existe uno maravilloso construido por los canadienses—pasé los controles y abandoné mi deseo de meterme a cubano. Porque no era ninguna broma. Ser cubano es un oficio rudo, que se aprende con muchas calamidades y necesita muchos años de carrera. Y poco son los que la terminan con la mención cum laude. NI en toda otra vida hubiese tenido yo tiempo para prepararme.

En 1985 lo que motivó aquel brote exótico fue una simple reacción contra lo que vivíamos en Europa, donde todo el bacalao político estaba vendido y las perspectivas de cambio eran mínimas. Aunque yo todavía no había tenido tiempo de entrar en el meollo de la Revolución cubana, meterse a cubano significaba una aventura en un país lejano y con el gusto de lo desconocido.

Años más tarde, a medidas que en otros viajes entraba en los meandros de Cuba y sobre todo de su Revolución a través de conservaciones con amigos bien informados, comprendí que allí había quizá un camino nuevo para un europeo. Luego se me cayó encima toda lo que de gesta heroica, humanitaria y social que tenía una revolución como esa, única en el mundo, con fichas que hasta entonces nadie había movido. Fidel Castro se me presentó como alguien con quien se podía caminar quizá hacia un mundo mejor.

Pero cuando llegaron aquellas reflexiones, era demasiado tarde. Compromisos de todo tipo me ataban a Europa. Y así terminó la aventura. Y así fue como nunca me convertí en cubano.