Érase una vez Spielberg
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Despierto con el alma agarrada por la cuchilla de una guillotina a la que querría mandar a todos subproductos de todo, desde periodistas a futbolistas pasando por escritores, que no son capaces de nada bueno.

¡Que hagan churros si no saben escribir!, les hubiese gritado Robespierre. Huele a orina humana. El de los caballos sabe a perfume un poco fuerte de un Christian Dior perdido en la Avenue Montaigne en espera de que le llevasen al cementerio del Père Lachaise. Son pasillos tercermundistas cuya deprimente impresión no alivia a los mentecatos que se ponen corbata de seda con el pijama antes de cumplir sus obligaciones maritales. Hay como nichos grandes que parecen recuperados de una película de A. Romero rodada en la cruda miseria de África.

Detrás, una interminable fila de coches de policías para una de las grandes persecuciones del cine moderno. Steven Spielberg conduce un enorme camión que quiere atropellar los sentimientos ahogados en nombre de la ley.

Y eso que Steve MacQueen no está allí para dirigir

el tráfico con su Winchester de cañón recortado.

Dos jovenzuelos que apenas han salido de los

vapores bienhechores de la infancia se acurrucan en

la caravana que serpentea por una interminable

carretera de Estados Unidos. Quieren que les devuelvan a su hija, otra niña que la implacable, útil e indiscutible ley ha arrancado a la mala madre para meterla en un hogar de viejos.

El Sugarland Express se estira a 120 km/h hacia el abismo de la incomprensión legal, la que años atrás, 1789, impuso en Francia la guillotina como único modo de enderezar a un pueblo que pedía paz y unos intelectuales que reclamaban la libertad a los más fuertes.

A los que luego tendrían que vérselas brevemente con la afilada cuchilla de la guillotina en la Plaza de la Concorde en un bello París de postal.

En medio del Sugarland Express donde cada policía es la prolongación de su pene calibre.38, pongo Radiolé, alegría de las emisoras españolas, un Lourdes en el aire.

Sigue llamando gente que pide a los locutores que les hagan sonar los sonajeros para que les de suerte en todo tipo de conflictos propios de una Europa ahogada por la decadencia de la crisis mundial provocada por la codicia de los banqueros.

Y mis compañeros de aventuras me miran con sonrisas. Todos estamos muertos me dice uno de ellos en un inglés de Kansas.

Les contesto que, en realidad son girasoles ciegos, pero no entienden nada. Mientras sigo adelante y no encuentro a Steven Spilberg para decirle que cambie el guión, pienso que cada segundo que pasa hay menos posibilidades de que el Séptimo de Caballería llegue a tiempo. Por radio me notifican que John Huston se ha quedado dormido en el bar número veintitrés del recorrido.

¿Se acuerdan o no se acuerdan de esa maravilla spilbergiana?

Grahan Greene ese británico con pinta de americano impasible desde que en 1955 escribió el más bello libro sobre la inutilidad de la guerra y del amor, allá en la Indo- china que los franceses perderían tras un heroico fuerte Apache que defendían en Dien Bien Phu, de donde los malos del momento, los jodidos comunistas vietnamitas, los sacarían a bombazos.

Está sentado a mi lado en el coche número veintitrés de la persecución cinematográfica más siniestra jamás filmada. Como escribidor que es no sabe hablar más que de él. Nos metemos por una calle de Saigón donde actúa el vietminh, los mismos guerrilleros vietnamitas que conseguirían echar a los franceses y luego a los norteamericanos con el nombre de vietcong. Greene, muy aseado y repeinado, me habla de la fragilidad de la prensa que en 2021 sigue siendo el hazmerreír de los que fue y me asegura que siempre ha habido cosas que decir.

Me presenta a Bill, un corresponsal norteamericano que se ha sentado con nosotros en un café de una plaza de Sai- gón donde el vietminh ha dejado un decorado surrealista con trozos de piernas y cabezas desperdigadas tras la ex- plosión de una bicicleta bomba. “— ¿Quién crees que soy yo? – eructa Bill – Soy un corresponsal con una orden de “circulation” que dice cuándo estoy fuera del área permiti- da. Vuelo al aeropuerto de Hanoi. Nos dan un coche hasta el campamento de prensa. Nos preparan un vuelo por en- cima de las dos ciudades que han vuelto a tomar y nos enseñan la bandera desde esa altura. Luego tenemos una rueda de prensa y un coronel nos explica lo que hemos estado viendo. Después pasamos nuestros telegramas por el censor. Luego tomamos unas copas. El mejor barman de Indochina. Luego tomamos el avión de regreso”.

Auténtico como la vida misma, todo es una sinfonía de mentiras desde que el mundo comprobó que hay quienes mandan y los demás obedecen.

Orden rígida de protocolo imbécil. Me parece que el cuento del Sugarlande Express va a terminar pronto. Los rangers han tomado posiciones y están dispuestos a que se cumpla la ley que ellos entienden a tiros. Luego habrá conferencia de prensa para explicar lo sucedido según ellos lo vieron. Las eternas mentiras de la guerra de Indo- china de los años cincuenta, de todas las guerras pretéritas y futuras, siguen presentes.

Qué tiempos aquellos.