Chicles, sexo y rock’n roll
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En tiempos de las castañas pilongas muchos jóvenes mascaban chicle de mil colores, sin saber que su invención se remonta a los mayas, y sabiendo menos todavía, eran tan jovencitos y analfabetos, que jugó un papel preponderante en la II Guerra Mundial, cuando llegó el tiempo de ajustar cuentas en los años de 1945. Estoy por decir que sin chicle, la derrota de los nazis que habían querido apoderarse de Europa a partir de 1939 y que hubo que reunir a los ejércitos del mundo para derrotarlos, no hubiese sido lo mismo y la curva demográfica de los liberados tampoco. Aquellos chicles eran de mil colores aunque igual de pegajosos. Se estiraba entre los dedos, era una asquerosidad pero qué descubrimiento para los jóvenes de aquel fin de la guerra mundial cuando los soldados norteamericanos, que llegaron a Italia para liberar el mundo, una vez más, ellos no pueden estar sin liberar algo por lo menos una vez por semana, y qué descubrimiento para los marineritos y otras tropas venidas del otro lado del mundo cuando ellos descubrieron gracias a ese artilugio y a otras cosas que un polvo no era pecado.

Casi podría decirse que los yanquis uniformados como para un desfile descubrieron el sexo duro y casi libre cuando se aprovecharon del hambre y de todo lo que faltaba entonces en Europa para conquistar a muchachitas casi vírgenes, especialmente en Italia, quizá porque allí es donde más hambre había. En sus películas, Sofia Loren representó más de una vez a esas heroínas, de las que quizá ella misma formara parte.

Generosos yanquis, que pagaban el amor, las sonrisas y los coños blanditos con chicles, latas de deliciosa carne y otras cosas de comer. Bellos chicles que años después harían la fortuna de los dentistas, que cupieron solo en Italia a más de una carie por muñequita bonita. Un montón de años después, cuando el bicho chino destruye el mundo entero, los chinos más fuertes que los nazis, la historia de las muchachas que mascaban chicle mientras un soldados hurgaban debajo de sus faldas en busca de bragas tristes, ya se ha olvidado la historia aquella que vivió Europa a cañonazo limpio.

A aquellos valientes soldados, muchos de los cuales descubrieron el amor y hasta fueron desvirgados dentro de la castidad de sus tierras donde follar era pecado, venían al mando de un señor llamado Eisenhower, que luego sería Presidente de los Estados Unidos. Las malas lenguas dirían que cuando andaba con sus oficiales entre la población que había escapado a la muerte pero no a la miseria ni a la humillación, era muy evangélico y de vez en cuando decía aquella frase de Jesús: “Dejas que los niños se acerquen a mí”.

Cosas de la historia y de historiadores que veían un continente casi destruido, o al menos muy tocado. Pero fueron muchas las bombas de las superfortalezas aéreas yanquis las que habían sido causantes de aquel caos, y no tanto los alemanes, que ya tenían bastante con correr para que no los cogiera el enemigo hereditario, los feroces soviéticos.

Mientras en las calles de Nápoles y otros pueblos de la periferia de la miseria europea corrían regueros de semen, los que se escapaban de las bragas baratas, llegaban los soviéticos a Berlin, capital del que hubiera podido ser el Imperio de Hitler, donde los mandos enviados por Moscú para que los alemanes se acordaran de lo que habían hecho en Rusia, donde intentaron acabar con el régimen comunista, daban carta blanca a sus soldados para cometer atrocidades. Un millón, dos millones, hasta gretchen con ochenta años, fueron violadas por las hordas marxistas que seguramente creían estar cometiendo una cura democrática o llevando a cabo una radical depuración entre las piernas femeninas. Un horror que nadie condenó ni nadie castigó en serio.

Estados Unidos había mandado a Europa a lo mejorcito de su juventud, asqueada del aburrimiento de sus reglas morales tan estrictas pero aquí no se tienen estadísticas de atrocidades.

Cada cual cuenta como le han enseñado y no todos tenemos las mismas reglas de tres. Durante la ocupación de Francia por las tropas alemanas, muchas mujeres francesas, hartas de la soledad, se enamoraron de soldados u oficiales ocupantes con los que se emparejaron hasta que los combatientes alemanes tuvieron que correr hacia Alemania perseguida por la coalición formada por Rusia, Estados Unidos, Francia, e Inglaterra principalmente. Luego, cuando ya París estuvo liberado, los revanchistas pasearon a las mujeres culpables de amor con los alemanes con las cabezas rapadas. Justo castigo, creían aquella pandilla de cobardes, que se vengaban de unos nazis a los que no habían sabido combatir e invadir un país como Francia.

Y uno vuelve a Italia y se pregunta, porque todo es interrogable: “¿qué habría sido de todas aquellas bellezas jóvenes a lo Sofia Loren donde los soldaditos norteamericanos conocieron el sexo y hasta el amor?

Mientras Ernest Hemingway presumía de haber “liberado” París junto con algunos soldados desarrapados españoles escapados de la chacina de la guerra civil española, en las calles de la capital francesa seguían combates esporádicos y llanto, mucho llanto, el de los perdedores, a los que se unían las lágrimas victoriosas de los ganadores que no querían creer que Francia volvía a ser un país y no una provincia alemana.

La leyenda dice que Hemingway y sus secuaces vaciaron las bodegas suntuosas del Hotel Ritz de París, donde una vez, pero no sé cuándo porque la pólvora oscurece mi vista, algunos privilegiados vieron al enorme escritor norteamericano bailando en el gran salón del Ritz con la actriz Marlene Dietrich. Y los que más cerca estaban de ellos juraban que ella vestía un despampanante abrigo de pieles pero que debajo no llevaba más que su piel blanca.

Y París volvió a ser París, el del amor tan lejano del concepto que de ello tenían los salvajes rusos que habían destrozado allá en Berlin el alma y la pureza de miles y más miles de mujeres, que quizá en ese momento preparaban su noviazgo, su casamiento. Era la más feroz de las guerras. La Segunda Mundial, ni nada más ni nada menos.