Érase una vez un inocente
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Una mañana, cualquier mañana, con bicho o sin bicho, con nostalgia o sin ella, te das cuenta de que te equivocaste, corazón, y durante muchos años. Suficientes para saber que fuiste un engreído y un bellaco que no supo ver donde estaba la línea recta que lleva al paraíso. Me iré sin volver a verles. Cada cual está donde su destino quiso y yo en un rincón del mundo que odio de todo mi corazón. Pero cuando pecamos por bondadosos, porque creemos estar haciendo una buena obra, es cuando lo hacemos todo polvo. Yo estaba allá arriba en Brasil y más exactamente en Brasilia, que es, lo ha sido para mí, como un carpe diem para toda la vida. Pero debía de haber sabido cuando decidí instalarme en esta isla africana como yo llamo a este pueblo bastardo y pasado por la nada, que las cosas no son como yo las soñaba en mi cabecita embriagada por la locura mientras me dejaba morir una vez más con el recuerdo de las bellezas de Brasilia.

Recuerdo que un día, cuando empecé a darle vueltas en mis meninges a la catástrofe que ya estaba preparando, estuve sentado un buen rato delante de la Catedral de Brasilia, en medio de los apóstoles que han puesto allí para que vigile a un Cristo perdido en algún lugar del edificio. Ya para entonces mi vida había sido un poco catastrófica. Había perdido a mi primera mujer, había perdido a una hija a la que amé como solo puedo hacerlo un padre. Y pensé una vez más, con ese orgullo nacido de mi convicción de que yo podía con todo, porque después de una hija no hay nada más que perder, que volvería a ese pueblo de mierda de Andalucía para que ella también tuviera su recompensa. Era su patria y probablemente querría volver allí.

No pensé que no se puede ganar siempre. Que un día tienes malas cartas pero hay que jugar. Y jugué creyendo que al final me saldría con una escalera de color. Nunca pensé, desde luego, que iba a ser la catástrofe que resultó al final. Pero ya no hay vuelta de hoja. Hay que seguir hasta el final. Ni siquiera tengo la posibilidad de seguir huyendo porque en los aeropuertos mandan los coronavirus y los aviones apenas se atreven a despegar.

Las cosas hay que hacerlas a su tiempo. Pero yo era más chulo que el destino. Y ahora estoy aquí, encerrado, gimoteando como una niñata a la que el tonto del novio ha dejado encinta, con lo bonita que es mi niña. Y así seguirán las mañanas, las broncas mías de mis tardes y la desesperanza de las noches sin sueño empujadas por los dos cajones de pastillas que me quedan todavía. Adiós, cretino, Adiós imbécil, Adiós presumido. Ha llegado tu castigo. Estás por adelantado en el infierno que elegiste como un pendejo que eres y ahora toca tragar.