Padura y Varguitas: tócala otra vez, Sam
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En París, desde finales de 1957 palante, aprendí que no sabía nada, que podía ser un periodista con cierto talento, que también se aprende, listillos, y los principios elementales del Kama Sutra. Mi extremada juventud y mi cara dura me llevaron a que me invitaran a tomar el primer whisky, cuando lo escribíamos con w, en uno de los más elegantes y libidinosos bares de los alrededores de los Campos Elíseos donde el aperitivo tenía ese color mujer en un vaso alto, con el apoyo de unas almendritas sabrosas que nunca más volví a tomar. Entonces no habíamos llegado al güisqui con g que se inventó una cubana, que un día me amó antes de repudiarme hace apenas doce días. Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y otros cuantos latinoamericanos (¿por qué no habría ningún español en aquella explosión de talentos literarios? Quizá la influencia de la dictadura franquista).

Los que no íbamos para Premio Nobel ni buscábamos porque no sabíamos la eternidad de las letras éramos periodistas con un alto grado de capacitación si habías tenido la suerte de hincar la cabeza en la Agencia France Presse que entonces preparaba un servicio en español para América Latina. Pero oí hablar del cubano Leonardo Padura cuando ya estaba jubilado y cayeron en mis manos las aventuras del teniente de policía y amante de los libros viejos para venderlos Mario Conde. Hoy es un martes más de la pandemia china. Todos estamos refugiados en nuestras casas y aterrados. Los que podemos leemos. Y así me ha llegado el último libro de Padura, “Como polvo en el viento”, enorme tocho que da miedo porque desde que Hemingway escribió “El viejo y el mar” y contó la historia jamás contada en solo 217 páginas, me huele a feria de pueblo. Pero es lo que hay.

Cuando he terminado hace un rato su nuevo libro, “Como polvo en el viento”, más de 600 páginas he entendido que Padura ha querido poner una lápida a las esperanzas de los cubanos que desde que murió Fidel Castro van de mal en peor, descubriendo colas kilométricas para cualquier cosa y quizá hasta carencia de cosas esenciales. Pero mis amigos son demasiado educados en el marxismo castrista como para rebelarse contra los pamplinas que les hacen recorrer La Habana en busca de unos litros de gasolina o pasar horas muertas delante de una de esas tiendas siniestras que los nuevos gobernantes han inventado.

Mientras, unos cuantos, jóvenes y creídos, se cabrean y embisten contra el gobierno que según ellos son una pandilla de sinvergüenzas sin que tengan la menor intención de arreglar las cosas. Ellos se dicen intelectuales aunque yo calculo que muchos de ellos apenas conocen el alfabeto, pero son buenos los cabreos juveniles para despertar a los gansos que se han instalado en las cenizas de Fidel dispuestos a quedarse ahí durante una eternidad, por lo menos mientras puedan.

Cunando empecé a leer la novela de Padura me pareció un timo de la estampita, no hacía más que repetir y repetir lo que todos sabemos, hemos escrito o leído por lo menos. Que mucha gente está harta del régimen y solo sueña con largarse más allá del malecón.

Hasta que me metí en el fondo y después de haber releído lo que otros han contado sobre los cubanos emigrantes por vocación. Pero Padura sabe contar y a veces emocionar. Y me cogió por las partes más nobles y me revolcó con conversaciones mil veces dichas pero maravillosas de los que sienten que Cuba se les queda chica. Que hay que largarse. Pero nunca. En ningún momento el autor ataca a los dirigentes inútiles que no saben que un país es un ser vivo.

“Como polvo en el viento», excelente foto en blanco y negro de portada que puede llevarte a comprar el tocho de consideraciones ya conocidas, es esa lápida que el autor pone sobre las ilusiones de los cubanos que piensan. Cuba seguirá siendo lo que es desde hace 60 años y no hay escapatoria. Si te gusta otra cosa, hay tienes Miami. Es un libro desalentador, lapidario, repito, que invita a cualquier cubano con dos dedos de frente a llevarse flores funerarias a su propia cama.

Mi conclusión después de haber leído todo lo que cuenta Padura, en una serie de repetitivos diálogos, de repetitivas intenciones de libertad que él no lleva a ninguna parte, es que los cubanos están total y definitivamente jodidos. En esta registro de pandemia en la que leer ya es no morir, el peruano Mario Vargas Llosa saca a la luz “Tiempos recios”, título un poco empujado por la vida y quizá por los bichos chinos puesto que continúa contándonos cosas de la República Dominicana. Amor, traición y folleteo. Los dos autores me crispan, me patean. Padura porque ya está bien de rellenar páginas, de repetir lo mil veces dicho en espera de que le den un premio Nobel porque después de todo el último fue para un peruano. ¿Y qué tiene más un peruano que un cubano? ¿Talento quizá? Ni eso.

Me aburren los dos. El primero repite lo que yo he leído, visto, oído y discutido mil veces. Cuba no tiene solución. Lo mejor es largarse con un buen premio, que te den una cátedra en alguna universidad de prestigio e ir a La Habana solo de vacaciones.En cuanto al amigo Vargas, nunca será Hemingway. Cuenta cuentos, una vez más el de la República Dominicana, que finalmente no es más que un apeadero para turistas europeos. Pero no emociona. Porque ya es célebre y gana mucho dinero. Suficiente para no preocuparse de escribir mejor, como cuando contaba su propio matrimonio, o sobre las putas en la selva o simplemente sobre catedrales vistas desde lejos.

A mí no me han dado ningún premio, aunque llevo cincuenta años contando verdades como puños de forma correcta y aseada. Y aquí estoy, como tantos otros. Haciendo publicidad a los más guapos.

Al carajo, escritores de éxito. Si consiguen engañar al público mejor que mejor. Pero yo ya estoy harto de héroes de papel.