Cuba y “la concreta”
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Manuel Juan Somoza | La Habana

Ansioso, devoraba lo que podía encontrar en los periódicos, telediarios, en las redes; razonaba con amigos y entendidos; examinaba cada pronunciamiento del gobierno, de los opositores, de economistas y sociólogos, y cuando salía a las calles a desafiar la realidad –“la concreta”, como la caracterizaba sabiamente Vivian, su mujer-, casi nada se correspondía con la perspectiva sugerida por el enorme caudal de información que consumía. Era como si los discursos fueran por un lado y la vida por el otro. Su país, al que había fundido su destino sacrificando a veces la familia -“lo más sagrado”, en el decir de los católicos- , llevaba un mes experimentando la mayor reforma económica en 60 años, pero el día a día continuaba tan tenso como aquel final de 2019 en el que Donald Trump persiguió hasta a los barcos que llevaban petróleo a la isla y muchos se preguntaron si volverían los apagones de 16 horas diarias que distinguieron la crisis de los años 90; todo era ahora más complicado incluso que en 2020, punto de partida de la pandemia de covid que seguía cobrando vidas a su antojo; y hundido en sus elucubraciones llegó a una conclusión que supuso acertada , cuando estaba en esa edad en la que es poco lo que falta por hacer  y menos lo que se puede aportar para modificar a “la concreta”: “Dosificaré lo que leo, eludiré las noticas de tragedias y trataré de no pensar más allá de la jornada que vivo”.

Corría febrero y los cambios en Cuba seguían su curso, en un desesperado intento de al menos despertar a las fuerzas productivas -maniatadas y durmientes desde hacía demasiado tiempo por una centralización sin límites-, manteniendo en el centro al empresariado estatal, que pese a su improductividad estaba presente en el 85 por ciento de la economía. El gobierno, según decía, buscaba “igualdad de oportunidades para los sectores público, privado y cooperativo”, estos dos últimos todavía satanizados por funcionarios temerosos de ver disminuido su poder, y aspiraba además a devolver al dinero su valor. Todo ello aunque muy tardío, coherente y necesario desde el punto de vista conceptual, pero condicionado por una realidad -“la concreta”-, que su amigo Lozano definía así:  “La aplicación de la reforma es muy complicada, entre otras razones porque los ejecutores -empresarios estatales, administradores, burócratas todos los grados y los gobiernos locales- llevan medio siglo recibiendo órdenes desde la jefatura del país, se han acostumbrado a la rutina de aplicar lo que le ordenan de acuerdo con sus intereses, no a generar iniciativas, y a partir de ahora o generan riquezas y ponen a la comunidad por delante, o quiebran y se hunde esto”.

Se percató entonces de que acaba de abrir la última cajetilla de cigarrillos negros –también desaparecidos de los mercados sin que nadie explicara por qué- y se propuso disfrutar aquel martes de buen tiempo con la esperanza, siempre la esperanza,  de que el tercer rebrote de covid en su isla sería controlado “a finales de este mes o principios de marzo”, como vaticinaban los expertos-,  mientras “la concreta” continuaba en el empeño de producir malas noticias y los cambios económicos se esparcían con lentitud pasmosa.