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Morir por un puñado de monedas

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No me gusta que cuatro mequetrefes me escupan con el odio de los mediocres, porque solo Jesús podía soportar tamaña bellaquería. Mientras nos resguardamos del maligno coronavirus, los fariseos, hipócritas y mediocres te clavan lanzas de envidias como si tú merecieras la pena. Con el despelote de las transmisiones que dan la posibilidad de recorrer al planeta al más analfabeto de nosotros, montado en la gloria de no saber, de no haber aprendido, para el que una hache o una uve de más o de menos no tienen mayor importancia, todos los días hay un Golgota, mil Golgotas en esas publicaciones que el más poderoso de los países ha lanzado para que los más bestias satisfagan su vanidad. La vanidad del que nunca quiso saber pero al que se le da la ilusión de conocerlo todo porque los tarados de nacimiento son útiles.

Me veo en esta mañana del año y pico de la dictadura china y de su ya célebre bicho que mata calladamente, paseando por los campos Elíseos, bajo un sol veraniego, cosa que nunca hice. Pero las fotos permiten creer que fuiste bueno, misericordioso. Me hubiese gustado poder seguir al inocente Jesús el Nazareno cuando su degenerado padre decidió dejarlo morir con el pretexto de que salvaría al mundo. Pobre profeta maravilloso, el único de quien nadie discutía la valentía, el único que creyó en un mundo mejor. El mundo de este terrible año 2021 empieza en medio de mercaderes sin escrúpulos que hacen sus negocios millonarios alrededor de una vacuna que es la salvación para todos o al menos para muchos. Hasta ha habido un cardenal que la ha robado para vivir un poquito más. Un general, muchos poderosos. Pobrecitos míos, esperamos que lleguen al cielo para bajar rápidamente al infierno. Los pobres, aquellos que ayudaban a Jesús a llevar la Cruz son dejados de lado. Pero Jesús ya no está para echar a los mercaderes del templo que hoy son los bancos, y sus papás, esos organismos odiosos como el FMI. Quizá les cueste mucho pasar por el ojo de una aguja pero disfrutan de todos los bienes de un mundo apócrifo, que revienta de envidia, donde solo el dinero cuenta.

Con la llegada del coronavirus, mandado desde China sin amor, porque James Bond no era más que un mercenario sin escrúpulos, el mundo se desmorona en la batidora de la envidia, y los más ricos, los más fuertes organizan sus orgías encima de cientos, miles de tumbas. Lo terrible es que no hay armas para luchar, como se hizo en tantas guerras. Una ampolla de un líquido desconocido para los que no sabemos nada de medicina y una aguja dan la eterna juventud por un rato. Y sin el menor rubor, quienes nos gobiernan, en esos grandes organismos internacionales que son cuarteles generales de Satanás y sus bellacos, nos quitan el derecho a vivir un poco más.

Las empresas farmacéuticas se han convertido en los cuarteles generales de cuatreros sin que en el guión de esta terrible matanza Cary Cooper pueda salir con su revólver y su rostro descompuesto de ira, rabia o simplemente miedo para combatirlos. Porque hasta ese cine que conocimos y que era el templo de nuestras inquietudes, de nuestros miedos, donde acudíamos para buscar las fuerzas de seguir imitando a los héroes que hoy son villanos, ha muerto. Cuatro bellacos de las altas finanzas se han apoderado de aquellas historias maravillosas para meterlas en la estrechez y carestía de un televisor donde solo los poderosos pueden tener paso libre.

Y cuando lo dices, cuando lo escribes, te llegan los escupitajos de los analfabetos que están de guardia día y noche desde un periódico inventado exclusivamente para que la justicia de la palabra esté en manos de unos cuantos pederastas de las haches atravesadas. Creo que nadie se ha dado todavía cuenta de lo que ha supuesto la aparición en el mundo de ese bicho mandado por los terroristas que gobiernan el país de las mil y un suplicio, China, donde la sabia mezcla de comunismo infame con capitalismo maloliente nos condena a muerte, aplaudidos por los presidentes y secretarios generales de esos organismos internacionales, pagados con nuestros cuartos, que reparten un rato de vida más encerrado en ampollas.

Jesús murió al parecer para salvar la humanidad. Ahora miles, cientos de miles, quizá un millón o decenas de millones morirán para que los poderosos terminen de convertir el mundo en su reino, en su burdel personal. Sería preferible que el mundo entonces se convirtiese en un infierno con llamas inapagable y que todos esos malos fueran cocidos o asados según el gusto del consumidor. Satanás, escucha este ruego. Hay mucha carne que asar.