Los maravillosos 90 años de Harry El Sucio
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Clint Eastwood tiene la edad del arrepentimiento, le ha llegado el momento de la añoranza sin marcha atrás. Sabe que va a dejar de existir pronto, que la existencia no le ha dado nada, que sus juergas son amargas. Y entonces va y se retrata en un fotomatón. Los fotogramas viciados por el hiposulfito y el calor del secador le muestran con los labios apretados de rabia y los ojillos entornados de agente especial. Se ha quedado sin amor ni empleo. No le queda más que un coche que él mismo montó cuando era trabajador en una fábrica. Si usted no tiene más que la posibilidad de ver una película en los doce próximos meses precipítese para que no se le escape “Gran Torino” y comprenderá por qué los barones de los Oscars, esos muñequillos asexuados emborrizados en color de oro que provocan la histeria de las actrices y el único orgasmo razonable de los actores, no han querido premiarle.

La película de Clint Eastwood tiene tufillo a políticamente incorrecto El Kowalski-Eastwood, obrero xenófobo y eternamente malhumorado, te deja atado a la butaca con síntomas de epilepsia enajenante. No quiere a nadie, se odia a sí mismo y para más rabia vive en un pueblo sin niños y sin coches, un colmo bien repleto para el país del automóvil Te lo tropiezas como perdedor nato, al que no quieren ni sus dos espantosos hijos que sólo pretenden encerrarle en un geriátrico para quitarle la casona donde vive y muere, porque de vez en cuando escupe sangre y aunque no lo veas sabes que el médico le ha condenado al más allá en cómodos plazos Una familia vecina asiática y eternamente risueña le permite ejercer la maldad que ellos no entienden, porque en su idioma sólo hay bondad. Odia a la humanidad pero a la humanidad amarilla más y con más fuerza. Por un momento, instante de estupidez dictado por las convenciones, pensé que el maldito Kowalski iba a ser una reedición de Harry el sucio con su eficacia a prueba deescupitajo camionero. Pero para Kowalski no hay ningún tren que pase y después de cortarse el pelo y de afeitarse cuidadosamente quedará solo ante el peligro.

A Clint Eastwood le ha importado un bledo romper con su vida de ganador de todas las cosas y de todos los cielos del cine. Su Kowalski es un puñetero polaco emigrado que conserva un montón de valores de otros tiempos, de otras vidas. Es un antiguo combatiente de Corea, una guerra de la que ya nadie se acuerda y en las postrimerías de su vida, le queda apenas media hora de respiración, sigue mascando la amargura de haber tenido que matar en el frente: “Sé más de la muerte que de la vida”. Sus sarcasmos arrancan risas que pronto se rompen. En la familia asiática ha encontrado amigos que nunca tuvo, un muchacho que podría ser el hijo que nadie le dio y una muchacha nada agraciada que, quien sabe, podría ser su razón de esperar una última chance, un amor de invierno. Un día la muchacha es atacada, violada, pateada y mancillada por una banda de mamelucos que andan sueltos por esas calles sin niños. Kowalski medita su venganza. Y se va solo a ajustar cuentas, como cuando Sergio Leone le enseñaba a entornar los ojos allá en Almería para rodarlos en planos tan cortos que parecían una prueba para el oftalmólogo. Como el Inspector Harry les planta cara, les dice alguna chulería. Saca un pitillo y va a encenderlo. Clint Eastwood, el hombre de las mil caras, sabe que para ser un auténtico ganador a veces hay que morder el polvo de la muerte. Y que no basta, como dice Jacques Séguela, un publicitario célebre francés, tener un Rolex antes de cumplir cincuenta años.