Eleanor Parker, el amor con menta

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Mi optimismo se ha avinagrado nada más echarle la vista a una encuesta publicada por una cosa británica que se dice semanario. Afirma que la mejor película de todos los tiempos es El padrino de Francis Ford Coppola, seguida de pasatiempos para menores de residuos mentales como En busca del arca perdida y el Imperio contraataca. Sé, me consta hasta las náuseas de Sastre, que el mundo occidental está pudriéndose en medio de una repelente crisis financiera que acaba con la poca estabilidad de la gente que tenía para comer y sonreír los domingos. Se me acaba la paciencia. Me sube la bilirrubina y entonces sé que me voy a poner desagradable. La revistilla, sin el menos socorrido asiento intelectual, se titula Empire. Pero ya lo decía el General Charles de Gaulle, los ingleses son gente de poco fiar, pérfidos con o sin Albión. Imagínense que en plena segunda guerra mundial, allá por 1944, quisieron fundar un solo país con Francia, seguramente por miedo a que los alemanes de Hitler tuviesen la idea de convertir Londres en un zoológico para encerrar a todos los londinenses en jaulas, para jolgorio y entretenimiento educativo de los niños nazis recién salidos de las incubadoras de Berlin y Dusseldorf e incluso de Baden Baden.

Gente rarilla esos ingleses que son los únicos que en el mundo comen menta verde con la carne mal guisada y peor hervida. Unos guarros gastronómicos de los que el pobrecito De Gaulle pudo desembarazarse para liberar a Francia de las hordas hitlerianas que ya se estaban tomando demasiadas confianzas con las gretchen locales y con los apetitosos cuadros de los museos de París y alrededores. Para que tengan una idea de lo que son esos primates, aquí en mi isla africana, fin de Europa, llegan por cientos a las playas donde no consumen más que sol, que el ayuntamiento, en un gesto de amor por los animales, les cede gratis. El vino o la cerveza se lo compran en un supermercado. Ratas del desierto a las que Rommel habría cazado con gusto, ofrecen durante todo el día de todas las horas del verano europeo la imagen de desarrapados vestidos con toscos shorts comprados en una de las muchas tiendas chinas que tenemos.

Lo más barato y lo más feo. Se nutren a mediodía de habichuelas que los españoles no le echan ni a los guarros y de becon que llega a la mesa llevado por el colesterol que chorrea de todas partes. Aquí los tienen. Dicen vía Empire que Ciudadano Kane (en 28 lugar de la lista) Lo que el viento se llevó (31) o Casablanca (18), son películas que merecen tenerse en cuenta pero que vamos, que son unas antiguallas que ya me contará usted encaramado en el tercer piso de la torre Eiffel desde donde se podría avistar con luz y vista el canal de la Mancha, ese riachuelo marítimo que desgraciadamente une Inglaterra con Francia.

Ingleses que en este principio de año y de coronavirus ya se han separado orgullosamente de Europa, a la que no obstante seguirán mendigando para sus necesidades esenciales, que llegan a mi isla con por lo menos una maleta vacía que antes de marchar de vuelta a sus corrales allá en Manchester o incluso en Londres llenan de botellas de güisqui, ginebra y cigarrillos, muy caros en sus lares y que venden allí a los pobres desgraciados de sus vecinos, tan feos y tan menesterosos del coco como ellos. Vivimos, sufrimos, perecemos, nos hundimos en un mundo que parece hecho de menta inglesa de Su Majestad, dicen en los corrillos de los cosos de toros de Jerez, Madrid y Salamanca, donde los toreros banderillean a animales con cuernos para que los ingleses puedan comer rabo de toro.

Nos quemamos a fuego lento en el universo de la mentira racionada por medios de comunicación ricos y beneficiosos. Y así es como el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, porque le hablo de otros tiempos, cuando Francia era gobernada a base de improperios salidos de la boquita presidencial, aparecía en una foto del semanario Paris-Match, el de aquellas fotos maravillosas de los años sesenta, cuando yo les vendía la instantánea de una reina de España, ya viejecita, escribiendo sobre la espalda de un vasallo y a una princesa llorosa porque en Bagdad acababan de colgar de una farola, seguramente leyenda, hay tanta leyenda, mon dieu, a su rey prometido para una boda tras la cual seguramente, no llores princesa mía, se habría divorciado con el tiempo como el Cha destituyó de su cama a Soraya, aquellos ojos verdes que marcaron mi infancia, mi adolescencia, mi madurez y mi vejez y todavía la quiero. El Cha era daltónico, me apunta misericordiosamente un lector que sabe cuánto sufro yo con estas cosas. Perdonen pero cuando la bilirrubina se me sube al cerebro, ya les advertí, qué carajo, pero seguramente es culpa de los inglesitos que me dan ardores de estómago. Decía que Sarkozy aparece junto al Papa desconocido exhibiendo tres piernas en lugar de dos. Bueno, qué más da me dice el camarero Pedro que anteanoche se escapó con Gilda, la mujer de mi otra vida. El muy bicho se la llevó, la desapareció como haría un mago de la feria de mi isla africana. Donde nos comemos fritos a los coronavirus chinos, ojalá fuera verdad, rodeado de ingleses.

Mire usted, caballero que de caballero tiene poco aunque se crea que nació de la entrepierna de Júpiter es un villano de baja escala, la otra noche ante el desespero de esas noticias de esa revista busqué optimismo y me puse a ver Juan Nadie. Yo no sabía que tantos años después, Frank Capra conseguiría saltarme las lágrimas sin rimel ni sombra de ojos fashion Londres. Cuántos Juanes sin tierra hay a nuestro alrededor. Pero es que esto no se acaba. Cuando ya me estaba reponiendo del susto de tener que considerar que Ciudadano Kane es tan mala como En busca del arca perdida, me entero de que la señora que ya no trincha en el cine español es Elsa Pataky, una suculenta actriz que aunque su nombre suene a canción de George Moustaki es la supervivencia de la sensualidad española de ultramarino servida en bandeja de papel de aluminio. Pero los productores son genete rara.

Y leo: “La música callada de Elsa palpita en la tela húmeda de un bikini y en la sopresa gozosa de sus pechos”. Lo cierto es que en la foto no lleva bikini sino algo que podría pasar por un pantalón muy encogido por el agua y que sus pechos, por gozosos que sean, no constituyen ninguna sorpresa porque la muchacha no los oculta. Y entonces voy y me caigo en el cajón de los recuerdos que tengo al lado del teléfono y me sale Eleanor Parker, con la sonrisa más distinguida y unos ojos hechos para llorar. Ella sí que era gozosa. Te la imaginas sentada en la esquina de una mesa de mala madera en la Brigada 21 de una ciudad perdida en la perdida América. Habla bajo y con los ojos anegados de lágrimas y la escucha dolido por las palabras Kirk Douglas. Y salta el blanco y negro hasta un callejón sin salida donde la Eleanor está en una silla de ruedas, dura como todo el egoísmo del mundo, y a su lado el hombre del brazo de oro, aquel flacucho Frank Sinatra. Y cierro el cajón de los recuerdos, bueno, mi cajita de cartón con rostros de las princesas de cuentos.