El amor en tiempos de cine

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Es la novia que todos hubiésemos querido para nuestros hijos. Y la que tampoco les hubiese importado tener a los padres de los hijos. Es una de las actrices, francesa ella, de las que se habla en Europa desde que yo descubrí el cine en este año de crisis económica y espiritual terrorífica. Acabo de descubrir que la amé, siempre descubro América cuatro siglos después, pero es la mancha genética de los cortitos que hubiera dicho el presidente Sarkozi cuando era presidente y daba mítines con bufidos y malos modos Ahora me es indiferente.

Con muy pocos años y mucho encanto, Sophie Marceau, ya es una señora, yo la conocí casi de niña, se convirtió en una estrella con un guateque de recuerdo y hoy, no sé cuántos años después, cuenten, por favor, no sean perezosos, que es un mal ejemplo para los niños, todavía su cara conserva el fulgor de una niña por vocación. Nos enamoró a todos y nos hizo sufrir porque finalmente se encaprichó, o algo así, que ya no me acuerdo, que el Alzehimer está al alcance de todos, en modestas cuotas mensuales, de un eslavo llamado Andrzej Zulawki aunque un francés, Maurice Pialat, que no era manco, tampoco le había permitido meterse en una trinchera.

Nunca he entendido a las actrices, aunque tampoco a ninguna mujer, ya fuese costurera o ingeniero de altos hornos. Brigitte, la Bardot de siempre, la que nos hizo sudar la gota fría en una playa del Mediterráneo francés, se enamoró de otro tipo cuya familia venía del Este, Roger Vadim, rompecorazones que luego captó para su secta amorosa personal a Catherine Deneuve y otras. Poseía una cara de argentino rioplatense especialidad embargos varios pero tuvo, hay que admitirlo, porque los enemigos también pueden ser talentosos, la vista de intuir que Brigitte, su Brigitte, se convertiría en la BB que luego de encandilar a todos los machos y hembras del mundo se aburriría luchando contra la matanza de los bebés focas, mucho después de que el general Charles de Gaulle, el sabio, el austero, la proclamase monumento nacional. ¿Estuvo el general enamorado de ella?. Ahora, veinte mil años infinitos después, que en el calendario gregoriano son como mil años después de Jesucristo, la maravillosa, espantosamente bella Sophie Marceau sigue dando bandazos. Yo me quedé en “Espías en la sombra”, en la que es la heroína de una historia de espías, por supuesto, y mangantes nazis en la Francia ocupada por los alemanes de Hitler.

En esta isla africana mía, en el fondo del Mediterráneo que une Europa con África, me acuerdo del guateque de Sophie Marceau (“La boum”) y la veo metida en el personaje de la Madame Bovary de todos los amantes de la vida. Hay gente, malditos, que no han conocido a esta justiciera del amor, porque son unos desgraciados incapaces de tener un orgasmo daliniano mirando el manuscrito que le dedicó el pobrecito de Gustave Flaubert, del que no se sabe realmente si la amó o se la inventó o sien realidad a quien quería era a su madre de difunto porvenir. Cuando la Bovary, aburrida de la vida, la misma que ahora llevamos millones de gentes sin miriñaque, empezó a tomarse el cianuro a manos llenas, chupándolo con ansia, como las mujeres de este siniestro siglo XXI paladean tantas cosas sin nombre, te surgen preguntas.

¿Madame Bovary amaba a los hombres? ¿Los odiaba? ¿Era lesbiana sin causa o lesbiana vergonzosa? Estoy confundido, apabullado de preguntas y carente de respuestas. Recuerdo una interpretación de esa amante eternamente insatisfecha a cargo de Isabelle Huppert, llena de pecas del pasado en mi memoria. Hubiera preferido a mi bella Sophie Marceau, a la que siempre imaginas limpia, púdica e incapaz de un mal pensamiento.

La universidad de Ruán, cosa seria francesa, nada que ver con la frivolidad del güisqui matutino o vespertino, que gustos hay para todos, aunque lo impongan las damas, como la Reina Cleopatra o la Milady de Dumas, te permite ahora meterte en el manuscrito de “Madame Bovary”, que es para la literatura lo que los papeles del Mar Muerto para la cristiandad. Es emocionante contemplar las páginas de una de las novelas más bellas jamás escritas, la más profunda sobre el amor y el desamor encarnados en una misma persona, la burguesa Emma que sacrifica a la vergüenza de la pasión una vida que podría haberse aprovechado para algo mejor. Desgraciadamente, Gustavo tenía letra de médico analfabeto que seguramente él mismo no entendía con lo que es difícil recrearse leyendo el manuscrito. Pero basta con mirarlo y lo imaginas sentado, con una pluma de ganso sin ordenador facilón, sacándose del magín la historia de amor más terrible, precursora y aleccionadora. Estoy casi seguro que le hubiese gustado que su Berta tuviese el palmito de la Marceau. A mí también. Pero, qué mas da, se tome por donde se tome, se tire por el malecón de mi isla o por el paseo marítimo sin encanto de Marbella, ellas, todas ellas, actrices, amas de casa, dependientas de comercio, ejecutivas siniestras y prostitutas generosas de las de antes, todas han sido, son o serán alguna vez Madame Bovary.