Adiós, boludos
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Escribir una novela que refleje lo que uno ha vivido es un peligroso ejercicio de circo porque siempre queda alguien que te ha conocido. Pero es bastante peor cuando hablas de veinte o treinta o más años atrás, cuando en París eras un periodista casado, con hijos y un montón de responsabilidades. Todo el mundo sabe que mi casa es la Agencia France Presse. Estando de corresponsal de esta escuela de periodismo universal en Brasil se me presentó la ocasión de saltar a Hollyoood, sí, ese de las películas. Arrastraba desde un año atrás un libro mío titulado “Ojos verdes” en el que contaba una parte de mi vida formidable, difícil y amarga. Mi ayudante se lo envió a un director de cine mexicano que vivía en Los Angeles. La mandamos casi riendo y pocos días después, por fax, ése era entonces el gran medio de comunicación. la secretaria de ese señor se puso en contacto con la mía para decirle que tomaban una opción sobre la novela, aunque, por supuesto, no era todavía definitiva, vamos sin ninguna garantía. Dicho de otro modo, la novela le había gustado a aquel realizador que era uno de los primeros mexicanos sino el primero al que los norteamericanos trataban de igual a igual. Luego, mucho más tarde, muchísimo después, Alfonso Cuarón y sobre todo Guillermo del Toro con su maravillosa “La forma del agua”, dejaron señales patentes y probablemente definitivas del talento latino en la Meca del Cine.

Para no darles más la lata, mi novela no se convirtió en guión hollywoodense porque el director tuvo que aceptar in extremis un compromiso en el que los actores andaban por las nubes y no sé qué más. Mi novela era mucho mejor, sin bromas, pero en Hollywood nadie rechazaba un proyecto que te permitía vivir por un desconocido que…

Mi hijo, Tony, que entonces estudiaba Periodismo en la Universidad Nacional de Brasilia había fundado un periódico digital que todavía funciona hoy, Newsonmagazzine que por lo que nos dicen las estadísticas se lee hasta en los Apalaches, que no sé dónde es. Él ya había escogido hasta la protagonista de la película que harían con “Ojos verdes”, Meg Ryan. La pobre se lo perdió.

Ahora hemos reeditado a cuatro manos “Ojos verdes” que se titula en la nueva versión “La muerte de una hija”, título que yo no me encontraba con fuerzas para escribir la primera vez.Lo bueno de estos libros, de estas memorias, porque cada cual cuenta su vida, que es lo que mejor conoce y, como decía Hemingway, habla de lo que sabes y, no de la guerra de Corea por donde ni pasaste para ir a visitar el monte del tigre.Lo maravillosos de estos libros –he escrito muchos, 14, creo, pero ninguno como éste–, es que cuento cosas que no sabía que un día terminarían delante de los ojos de un lector. Esta mañana, primeros días del 2021, es decir semanas después del 2020, el año espantoso, aterrador del virus chino que nos mandaron al mundo entero desde una ciudad de China, con lo cual nos quedamos casi sin madera para fabricar ataúdes o vulgares cajas de muertos, que es como mejor se entiende.

Esta mañana, estaba revisando unas notas en mi sofá de mi isla africana con una copa de vino blanco en la mano cuando se me sentó al lado una de las protagonistas de esa novela, “La muerte de la niña”. Era Vicky, que fue productora de postín de la televisión holandesa y amiga mía de la infancia, de la que estuve muy enamorado aunque es cierto que tenía unos años más que yo, era una mujer con dinero y yo un balbuciente reportero en Tánger, hoy Marruecos pero hasta los años cincuenta y pico Ciudad Internacional, uno de los lugares más fantasiosos del mundo, donde probablemente estuvo alguno de los guionistas para escribir “Casablanca”, esa película con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman que se hizo célebre por una sola y banal frase: “Siempre nos quedará París”. Yo, que he vivido en París toda mi vida, sé que ahora ya es mentira. Si Humphrey Bogart no se hubiese muerto de tanto cigarrillo lo habría tenido muy difícil para refugiarse en la capital francesa, porque ya no existe.

Pero cuando Vicky acudió allí desde Amsterdam para ofrecer quedarse con mis hijos, cuatro nada menos, hasta que yo pudiese revolverme después de la muerte de mi primera esposa, Mari, comprendí que mi enamorada number one sentía algo por mí aunque nunca quiso casarse conmigo, ella sabría por qué. “La muerte de una hija” es el pedazo largo más amargo de la vida de un hombre, que podría haber sido usted que está dudando en comprarla. Las desgracias no tienen ni fecha ni nombre. Aquella hija mía, Corinne, (¿cuántas veces habré escrito su nombre?) se fue de fin de semana con el taradito de su novio y se quedó muerta en la carretera, delante de un muro que no sé qué hacía allí.

Y entonces supe que es preferible morirse a perder a lo que cualquier fandango llamaría la niña de mis ojos. Después la vida pasó, con la rapidez que se le impone a un periodista. Tanto que al entierro de mi niña no fueron todos los compañeros de France Presse París. Seguramente estaban muy ocupados pensando cómo me iban a desbancar, porque junto a Vargas LLorsa y Julio Ramón Ribeyro, el primero premio Nobel y hoy novio de una señora de la alta sociedad española y el segundo también cuajado de premios pero enterrado, Sergio Berrocal tenía el prestigio envidioso que uno se gana a pulso, trabajando y no intrigando, arma muy frecuentemente utilizada en periodismo.

Pasaron muchos, muchos años y después de estar de director en Brasilia, Brasil, decidí escaparme de la trampa que una pandilla de mangantes y de miserables poca cosa, me habían tenido para impedirme dirigir el Servicio Latinoamericano desde París. Ellos se habían afincado en Montevideo, tan incomprensible como el muro que mató a mi niña.

Y entonces renuncié y me establecí en mi isla africana, con mi nueva esposa, Tina y Tony mi fiel acompañante y toda la pena que supone la pérdida de una hija. A Tina, la esposa que me enterrará, le dedico bastantes páginas en el libro. Se las merece porque aceptó casarse conmigo y cargar con cuatro niños. También fue una linda historia. Pero todo tiene un fin. El recién pasado año 2020 con su pandemia galopante nos ha demostrado que de jugar a Superman nada.

Sea como fuere, creo que en mi vida he sido yo quien ha fallado y no las mujeres que se cruzaron en mi camino. En la que hoy llamo mi isla africana fue donde se editó por primera vez “Ojos Verdes”, bastante deficiente de imprenta pero suficiente para leerla. Y Vicky, la mujer extraordinaria que siempre me quiso como amigo pero no como esposo, me localizó al cabo de tantísimos años, más de veinte, precisamente por una reseña de la novela que publicó un diario local, que aquel día andaba mal de cosas que contar. Y volvimos a ser los mejores amigos del mundo. Y un día, sin llamarme como solía hacer todas las noches, se murió.

No fui al cementerio, porque allí no me la devolverán. Y ustedes se dirán que a qué viene el título de “Adiós, boludo”. Bueno, el caso es que en France Presse París, cuando la dictadura argentina, nos invadieron periodistas argentinos, unos lo eran y otros lo representaban. Pero junto a auténticos profesionales algunos eran mediocres. Y lo de boludo viene por ahí, como ya habrán imaginado. Uno de los pocos argentinos con quien yo me entendía muy bien solía decirme, cuando me pillaba en un momento de apagón divino: “No les hagás caso, Berro, son unos hijos… de boludos”.