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Cuba, el desierto y el F-5

Manuel Juan Somoza | La Habana

Cruzamos la frontera de noche, en sigilo, y despertamos en una cueva compartiendo con varios ratoncillos blancos y juguetones que viven, como las moscas, el cualquier parte del desierto. Vivian acababa de ganar una importante batalla personal y diplomática, e íbamos a reportar cómo era una guerra de guerrillas en el desierto del Sahara Occidental y, por sobre todo, a comprobar si aquella confrontación entre el reino de Marruecos y la joven República Árabe Saharaui Democrática (RASD) era real o parte de esas ficciones que suelen ser vendidas con total seriedad en las conferencias de prensa.

Ya sé, ya sé que en Cuba sobran los problemas y las incertidumbres para escribir de algo al parecer lejano, y lo sé porque lo padezco, pero ocurre que aunque me encuentre encasquillado entre carencias y pandemia, cuando se ha convivido durante tres largos años con aquellas gentes del desierto y leo ahora que Trump ha respaldado la agonía de la colonización, uno encuentra el ánimo necesario para volver atrás y adentrarse en otro de esos dramas humanos, aunque la atención esté puesta en la covid-19 o en el costo de la vida que se disparará en la isla a partir de enero o en imaginar cómo quedará la correlación de fuerzas a nivel mundial y su impacto en el país en que vivo, al ser vencida la pandemia.

Terminaba la década de los 70 y desarmados llegamos hasta la costa atlántica, uno cuantos kilómetros al norte de Mauritania, tras movernos camuflados entre vendavales de arena – al desembarcar en Cuba, en la revisión médica una doctora me regañó así: “¡Cuando vaya a la playa lávese bien los oídos!”-; y lo logramos luego de registrar combates –tomábamos fotos y escribíamos en libretas de nota que aun guardo para reportar a PL si regresábamos a Argelia-. Vivimos así mil sustos, como el de quedar paralizados a pleno Sol, en medio del desierto, al ver una formación de helicópteros marroquíes desplazarse perezosos ante nuestra vista sin que, por suerte, fuéramos detectados; y todo lo anterior sin poder imaginar que al regresar de la costa sobreviviríamos al ataque de un F-5 de Rabat, luego de asistir a otro combate. Comprenderán ustedes que eso no se olvida y desde que el pasado 10 de diciembre supe que Trump decidió reconocer la ocupación por Marruecos del Sahara Occidental “como parte del acuerdo para el restablecimiento de los lazos entre Marruecos e Israel”, más que indignación sentí rabia y la necesidad de escribir.

 

Rabia porque conviviendo con ellos y reportando sus luchas, aprendimos otra lección de los titubeos de España al quitarse de encima de un plumazo su responsabilidad con ese territorio, donde los saharauis se armaron y pelearon por su independencia hasta que Rabat comprendió que por la vía de la guerra  no perpetuaría su dominio –“Las guerrillas ganan si no pierden y los ejércitos regulares pierden si no ganan”, escribió Henry Kissinger-,  y se acudió entonces a un referendo que auspiciaría la ONU sin que hasta ahora, más de 30 años después, se realizara por lo que los tiros parece que vuelven a sonar. No es una disgregación mal intencionada esta nota, no me aparto de los temas que suelo abordar solo por rabia, sino porque allá, en el Sahara Occidental ,  también hay médicos cubanos curando a esa gente que quiere vivir en libertad, mientras aquí estudian muchos de esos hijos del desierto para sumarse así a la larguísima marcha de un país , la RASD, que merece ser independiente. En Cuba, ya es sabido, sobran las penurias, pero ni la covid-19, ni las carencias, ni los malos augurios han impedido que la mano siga tendida a aquella gente digna, e igualmente sobre eso, consideró yo, hay que escribir.