48 años de amor
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

He pasado unos cincuenta años persiguiendo a las noticias, pero a las malas de preferencia porque a los Redactores Jefes les pone de malhumor cuando un incauto reportero llega con una noticia agradable. Y la gente, es cierto, prefiere, las catástrofes. Y cuantos más muertos puedas contar, mejor. Total, que mis ojitos han llorado lágrimas a chorreones. Luego ya te acostumbras…Pero fíjense como sería la cosa de los llantos ante las desgracias ajenas que cuando me jubilé el oftalmólogo me hizo un profundo reconocimiento y me dijo como un Charles Bronson frente a un macarra cualquiera: “Tiene usted los ojos secos”. Por supuesto que no le conté el por qué. Luego he tenido una reeducación lacrimal inventada por un servidor y ya puedo llorar, aunque no mucho ni muy a menudo. Esta mañana con sol de invierno, me he parado delante de una perfumería que yo frecuenté en tiempo porque tenía las dependientas más bonitas de mi isla africana y me he encontrado la puerta cerrada y un primoroso cartel que parece casi bordado a mano más que escrito en el que se explica que debido a la crisis del coronavirus –ruina de todos los comerciantes—han tenido que echar el cerrojo después de cuarenta y ocho años de existencia. ¿Imaginan? Toda una vida sirviendo esos perfumes que la mayoría de las veces las mujeres, y algunos hombres, usan para el acto más sagrado de la pareja. 48 años provocando encuentros entre un hombre y una mujer, como en una película de Claude Lelouch. Y estoy seguro de que las personitas que esas parejas fabricaban llevadas por la embriaguez de aquellos perfumes milagrosos también fueron consumidoras. Y es que cuando uno compraba un perfume y una de las beldades del mostrador te lo envolvía en papel que parecido salido de las Mil y una noches, ya estabas dispuesto a todo. Pero ellas nunca se rendían a una cita surgida de una venta. Creo que alguna era incluso virginalmente cauta por la manera de envolver el frasco. No te daba una sonrisa a menos de un Chanel 5 grande. Y con todo y con eso… Aunque una vez le pregunté con mi mejor sonrisa “¿Puedo?”, pidiéndole probar el perfume y entonces dejó al cliente que estaba sirviendo y con una sonrisa que alumbró la plaza me contesto: “¡¡Síii!!”… En ese momento entró mi esposa en la tienda.

Tuve ganas de llorar pero cuando la lluvia iba a desencadenarse, la vista de una chiquita que abría la boca de estupor ante el cartel, me paró. Porque no podía despegar mis ojos de sus dientes maravillosos que jugueteaban con una lengua perversa. Y yo que amaba tanto a los chinos por sus películas. Los odio desde que nos mandaron el bicho ese que ha arruinado al mundo entero y no les digo en esta islita mía, a orillas del Mediterráneo, en el extremo sur de Europa. Vas por calles que antes estaban concurridas como en una verbena y no ves más que comercios cerrados. Maniquíes desnudas porque ya se han empaquetado los bellos trajes que hasta hace poco atraía a las ricachonas del lugar.

Los bares dan pena. Los consumidores aprovechan el café para quitarse un ratito esas mascarillas indispensables para vivir junto al coronavirus y que nos hacen parecernos a grabados de la edad media cuando representaban espantosas pandemias, peste negra, carros llenos de cadáveres amontonados uno sobre el otro. Esta mañana he tenido que realizar una diligencia en un centro oficial, donde un policía te filtra en la puerta porque estamos en estado de sitio.  A partir de las diez y pico de la noche todos los comercios están cerrados y poco después los bares, en un país donde siempre se ha vivido de noche, donde el día no era más que un destello fugaz para llegar a la magia nocturna, a los abrazos a los besos a los achuchones en la oscuridad de la intimidad. Desde hace casi un año, desde la catástrofe maldita china las mascarillas que parecen inventadas por una secta odiosa frena el maravilloso pecado.

Pues imaginen que ya están llegando las normas para estas Navidades, que son las fiestas más entrañables en Europa. Se limita el número de personas que podrán acudir a una celebración, diez en lugar de los treinta o cuarenta que se reunían hasta ahora. Y ni siquiera podremos acudir a mi perfumería de la iglesia porque, ya les he contado, está cerrada después de 48 navidades. Aunque estos gobiernos europeos que no saben por dónde cercenar al bicho chino se pasan el día y a veces la noche dando instrucciones estúpidas y publicando estadísticas que son casi siempre y más bien siempre más que medias verdades, cuando no mentiras groseras inauditas, nadie ha tenido todavía la curiosidad de contar el número de suicidios que ha provocado el coronavirus.

Porque ni siquiera los científicos menos imbéciles son capaces de decirnos por cuánto tiempo nos hemos casado con el bicho ese. ¿Un año más? Y luego están las vacunas, que harán multimultimillonarios a unos cuantos laboratorios farmacéuticos sin que nadie sea capaz de jurar que cuando nos la hayamos puesta estaremos salvados. Las películas y los libros más sabias dicen desde el comienzo del cine que no había que fiarse de los chinos. Mi recuerdo más feroz es aquel personaje repugnante que con el nombre de Fu Manchú arrasaba en las taquillas. Ahora está el rostro del gran jefe se Pekín que parece cachondearse del mundo entero. Una simple impresión, desde luego. Y un fugaz recuerdo a la matanza de estudiantes en la plaza Tiananmenn en Pekín.