Güisqui y Revolución
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hay cosas que deben contarse porque parecen inverosímiles. Por ejemplo, que yo estuviese en las montañas del departamento brasileño de Goias explicándole a un revolucionario joven de dónde vino el güisqui. Porque resulta que la revolución y el güisqui tienen una extraña simbiosis. Y si ustedes lo dudan pregúntenle a los ingleses, que conquistaron la India y otros extraños lugares con las cantimploras a rebosar de ese producto tan irlandés como inglés o fabricado en España o Dios, el único, sabe dónde. Es un cuento que relato en mi novela “Bye, Bye, Brasilia”, y lo recalco para que vean que no me estoy choteando de ustedes. “El adoctrinador marxista le estaba calentando la cabeza. Ni Lula hablaba ya así. Su única excusa es que el muchacho de la gorra roja era tan jovencito… Le invitó a que le acompañase al lugar donde había dejado el auto negro vestido de blanco por el polvo de los caminos. Abrió la parte trasera y donde siempre, un escondrijo que su casero le había fabricado con mimo, encontró una botella de Black and White y vasos de cristal largos cuidadosamente instalados para que en caso de incendio resistiesen sin el menor problema. Abrió la parte trasera y echó generosamente güisqui en los dos vasos. Alargó la mano y en otro armarito encontró la botella de Perrier, su indispensable acompañante y un artilugio fabricado por el jardinero donde el hielo se conservaba pasase lo que pasase. El camboyano rojo dio un respingo, como si la campesina sin tierra y sin ropa de la portada de Play Boy lo hubiese revolcado por el enorme maletero.

No bebo nunca. Lo tenemos prohibido. Hay que conservarse lúcido en todo momento y el alcohol es muy traicionero.

Luis relinchó de placer cuando el mejunje de güisqui, unas gotitas de Perrier y los dos hielos se le colaron en la boca. Su acompañante miraba con curiosidad la botella verde de Perrier que tanto costaba encontrar en Brasilia y que valía casi más que el güisqui.

Querido, Pedro, ¿te llamas así verdad, como tu líder? No sé si habrás oído hablar del expolio que los extranjeros cometen en Brasil – Luis hablaba su mejor brasileño, no portugués que los brasileños odian, hasta tal punto que un día en el ministerio de Relaciones Exteriores los periodistas de la prensa nacional habían reclamado un intérprete para que “tradujese” declaraciones del potentado de Portugal que les visitaba, Mario Soares.

Hace una infinidad de tiempos, cuando tu madre ni siquiera era un señuelo de sus padres, la región de Manaus era próspera a más no poder gracias al caucho. Tanto que construyeron una de las óperas más bellas del mundo, cuya cúpula de oro reluce cuando estás aterrizando. Es una maravilla. La única ópera que canta en plena selva amazónica. Si no fuera por los empleados municipales, las lianas ya la habrían devuelto a la madre naturaleza. La ópera, que vive todavía gracias al capricho de un gobernador alfabetizado, es una de las joyas arquitectónicas del mundo. Te lo digo en serio… Pedro, no le eches demasiado Perrier al güisqui porque te lo cargas… Los plantadores de caucho eran inmensamente ricos. Hasta que apareció un “investigador” británico que después de ganarse la confianza de los poderosos y de haber investigado en los entresijos de sus esposas regresó a Europa llevándose una planta de caucho. Poco después, este indispensable producto para ese parque automovilístico asesino que conocen todos los países desarrollados era cultivado en Asia. Los británicos afirmaban sus cualidades de ladrones-colonizadores y los plantadores de Manaus de hundían en la miseria.

Pedro escuchaba atentamente pero su rostro adusto y leninista había dado paso a la sonrisa feliz de los Bebedores de Güisqui S.A.

Ahora mismo, en Amazonía, esa inmensa selva de la humanidad donde existen las únicas capas subterráneas de agua potable con las que el mundo mundial tratará de quitarse la sed de los labios, se han instalado una pandilla de indeseables pseudos científicos de grandes laboratorios farmacéuticos multinacionales que no están esperando más que la planta mágica de la que un día saldrá el remedio para el SIDA. Mientras tanto, roban plantas que al cabo de unos meses vuelven a Brasil como medicamentos altamente y caramente recomendados para las enfermedades más variadas. Con el güisqui ocurrió algo parecido. Cuando en1500 los portugueses pisaron Brasil, traían entre sus conquistadores a Dom Felipe d’Alencar, un borrachín indeseable que con las estrellas de capitán había estado antes como simple mercenario en Escocia, un pueblucho grande de Inglaterra. Se había alistado como mercenario de una de las infinidades de clanes que se pasaban el día bebiendo cerveza y batallando. Dom Felipe se aburría y eligió domicilio en la casa de una oronda pelirroja joven que se enamoró locamente de él. Tanto que un día le condujo al altillo donde guardaba un viejo alambique. Dom Felipe había oído hablar de cierto brebaje muy antiguo que ya no se bebía y había sido reemplazado por la cerveza. Entre dos revolcones con la pelirroja fue descubriendo la fórmula de algo que fonéticamente entendió se llamaba guesca o algo parecido. Tras muchas más borracheras tuvo que marcharse de Escocia y regresar a Portugal donde, hartos de su mala conducta, sus superiores le embarcaron en uno de los primeros barcos que zarpaban para las Américas. Y un día desembarcó en lo que más tarde se llamaría Brasil.

Pedro, el camboyano rojo, estaba colgado de sus labios pero no dejaba de manipular la botella y no precisamente la de Perrier…

Volviendo los ojos hacia la planicie que se divisaba desde la montaña siguió hablando con su improvisado amigo.

Allí, en aquellas tierras desconocidas, el inglés, que por ahí llaman británico porque parece más propio o por lo menos más bonito, siguió dedicándose a su pasión favorita, la bebida, y siguió investigando hasta que un día, con otro viejo alambique, destiló un líquido altamente alcoholizado pero muy templado para el paladar. Le llamó güisqui porque ya no se acordaba del nombre original que le daban en Escocia. Muchos años después, cuando todos los nobles de la corte portuguesa bebían ese delicioso brebaje, dejando que los brasileños, negros y menos morenos consumieran el zumo de la caña de azúcar, esto que ahora conocéis con el nombre de cachaza, llegó un inglés que, una vez más, y como luego ocurriría con la mata del caucho, robó la fórmula mágica… Era un escocés y cuando volvió a su tierra se apresuró a fabricar esa bebida que tan buenos momentos le había hecho pasar en el trópico.

Pedro le miraba pegado a la botella:

— Pero todo lo que pone en la etiqueta de esta botella está escrito en algo que parece inglés…

— Qué esperabas, ¿que la bondad del escocés dejase rastros de su robo?…

— Escucha, Vladimir (se le había ocurrido ese nombre pensado en el Lenin que su compañero de borrachera hubiese querido ser, suponiendo que supiese quien era) te voy a contar una historia que he vivido no hace mucho y que te dará una idea más de la maldad humana”.

En ese libro que les recomiendo, “Beber de cine”, el famoso cineasta español José Luis Garci cuenta, creo que a su manera, cómo William Faulkner fue introductor de una variante de nuestra bebida preferida. Lo llama Whiskey Sour y explica tan pancho: “Voy a ser temerariamente sincero. Mi admiración por William Faulkner no tiene nada que ver con sus libros. Jamás he podido terminar ninguno de ellos, a excepción de “La paga de los soldados”. Mi deslumbramiento y respeto por este escritor sureño – sureño de nacimiento y de adopción –, premiado con el Nobel en 1949, no viene, pues, de su arte de novelar sino de su talento para el bourbon, en primer lugar, y de sus guiones para Howard Hawks, luego…”

Dicho de otro modo y más claramente, si Garci le dedica en su libro ocho páginas no es porque haya sido uno de los más grandes de la literatura norteamericana. La historia se escribe así y está plagada de pequeños-grandes hechos.

La receta que el cineasta da se la libro tal y como la describe, con el escrúpulo natural de quien cree que el güisqui no debe de escribirse con la uve doble de los anglosajones y menos menearlo con algo que no sea agua. Pero es cierto que él habla del bourbon, que es el güisqui estadounidense, lejos en gusto y objetivos del refinado caldo escocés.

“Para empezar, el Whiskey Sour no se hace con whisky sino con bourbon. Sirve cualquiera, desde el Jim Beam al Tour Roses, pasando por el Jack Daniel’s o el Seagram Seven. Apuntad: 2/3 de bourbon, 1/3 de zumo de limón, una cucharadita de azúcar – o dos o tres, depende del paladar de cada cual –; se introduce la mezcla en una coctelera mediada de hielo seco, se agita medio minuto con fuerza y, es imprescindible, tratando de reproducir en tus sentidos la temperatura de Kim (NDLR – Kim Novak, claro) y Holden (NDLR – William Holden, desde luego) antes de ponerse a bailar “Monglow” en “Picnic”; se sirve en copa de cóctel, que puedes adornar con una cáscara de limón. Hay barmans que incluyenm además, una guinda, o una cerveza; pero la cáscara de limón es suficiente para que aspires el aroma de todas las rosas amarillas de Tejas, para que paladees el verano y el humo, para que tu boca entera de llene de Nueva Orleáns – “Señorita, mirarla me traslada a Nueva Orleáns”, que decían en aquella película –, al tiempo que sentirás un tranvía llamado deseo recorrer – estación por estación; es decir, palpitación a palpitación – los railes de ámbar de tus arterias. Con el segundo trago llegará el aguacero a ritmo del mejor jazz que purificará el interior de tu cabeza, exactamente igual que si lo metieras bajo la cascada de un torrente de primavera. Y habrás llegado. Estás en Bourbon City. Ese lugar donde todo ocurre antes de que abras la boca y te expreses con palabras, donde lo realmente importante siempre acontece antes de que las ideas te protejan”.

El sol pegaba suficientemente fuerte para que los dos nos hubiésemos adormilado. Y cuando despertamos el cielo estaba vestido de negro y las mujeres preparaban la cena en aquel campamento de campesinos sin tierra de Brasil.