Victor Hugo y Cuba
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No sé más que lo que me cuentan los compañeros de faenas que todavía me quedan en Cuba. No tengo ninguna información mínimamente privilegiada. Sé que un grupo de personas, en general jóvenes con algunos más adultos y más listillos, tal vez cabecillas adoctrinados no sé ni me importa por quién, que si Estados Unidos, como siempre, que si un movimiento artístico…En los videos que vemos en Europa podemos contemplar una calle con una serie de personas que se mueven, vociferan contra el gobierno, pero no creo que esto le hubiese interesado a Victor Hugo para sus Miserables. Eran otros tiempos, me dirán ustedes. Ahora se ven a lo lejos los coches de policía que parecen cerrar la calle por un extremo. Y me cuentan que hay ambulancias preparadas. Que nadie quiere que ocurra nada, me precisan. Pero los “rebeldes” vociferan contra el poder establecido, quieren que saquen de la cárcel a un joven. No hubiésemos sabido nada si el gobierno no hubiera conseguido que en Cuba tengan teléfonos de estos modernos que sirven como cámaras y pueden transmitir a cualquier parte del mundo, o eso creo.

Hace unos años ni nos hubiésemos enterado, porque no existían esos artilugios ni tampoco ese extraño diario-semanario-o-lo-que-sea (Face Book, hecho en Estado Unidos y supongo que dirigido desde allí) que a veces publica, siempre a través del teléfono, los incidentes de ese barrio habanero de San Isidro. Y nos ponen al corriente de cosas que realmente no entendemos. Porque a un muchacho ya mayorcito que se ha dirigido alguna vez a la cámara no se le entendía lo que decía. Sin duda la emoción o la falta de práctica. No sé tampoco si es el líder del movimiento, Alcántara, conocido al parecer por su talento como fotógrafo. Parece que alguien les dirige entre bastidores, probablemente la gente de Washington que siempre ha tratado de joder a Cuba, dicen algunos observadores que saben cosas. No sé siquiera cuándo terminará esta desilusión de vivir. Porque hace falta ilusión, un poquito por lo menos, para seguir teniendo ganas de vivir. Me horripila verlos saltando de un sitio para otro, pegando voces sin la protección de una de esas mascarillas que nos aconsejan para tratar de impedir que nos coma el bicho chino, el maldito coronavirus. Quizá les importe un carajo o tal vez quieren salir más guapos en las cámaras.

Pero yo no veo más que ilusión, no sé si mucha o poca, diluida en una realidad de 2020 que no está para más líos, en un país, Cuba, que ya tiene bastante con salir adelante todos los días, sin alimentos suficientes (eso ya habría sido razón de más para una rebelión para una revolución de Victor Hugo o del mismísimo Fidel) y sin grandes esperanzas. ¿Habrán pensado esos hombres y mujeres, iba a escribir chiquillos, en que la razón siempre es la del más fuerte, en que vivimos de ilusiones, a veces muy falsas, y que nadie en el mundo, ni en Alaska, hace lo que le da la gana, lo que cree que hay que hacer?. Este miércoles de cumplen cuatro años de la muerte de Fidel Castro. Y estos muchachos, esas señoras más mayores, más experimentadas, no se dan cuenta de que Fidel erigió una nación nueva, hizo una Revolución, pero era Fidel. Y que sepamos en la historia no han abundado. Y el comandante se fue a la tumba y yo me pregunto desde mi rincón del fin de Europa, de mi isla africana, que habría dicho él, que le habría dicho a la gente de San Isidro. Fidel Castro fue la excepción en un mundo de convencionalismos, de chaqueteos políticos, donde reinan los embusteros, los medio bandidos, los que no tienen ninguna fe en ninguna patria porque lo que más les interesa es vivir ellos, y vivir como reyes de bastos. Y se agarran al poder hasta que las urnas, o lo que sea, una mayoría, un desacuerdo con un aliado, les devuelven a sus casas.

Estoy convencido de que Fidel sabía al morirse que dejaba detrás de él una utopía, que construyó con mucho sudor y sangre por parte de millones de cubanos. Pero las utopías duran un ratito, el tiempo de entrar con uniformes heroicos en la capital, de donde ha huido el presidente malo, como en las películas. Pero el metraje medio de un filme da solo para noventa minutos. Y a las utopías les pasa igual. Yo aconsejaría a estos revoltosos de San Isidro que en las largas noches que tienen por delante, hasta que dure, hasta que se cansen, relean pasajes de “Los miserables” o incluso de “El jorobado de Notre Dame”. Y quizá entiendan que la vida no es una eterna revolución, por mucho que poderosos con mucho dinero te lo susurren desde Miami o desde el infierno. Y que el tiempo acaba con todo, hasta con la vida, que es lo más bonito que tenemos. Ya no hay miserables que se dejen matar en trincheras improvisadas. Acuérdense del movimiento de Mayo del 68. Fue un fracaso. Porque al otro lado había un poder establecido, con sus reglas y sus tanques.

Y porque las utopías son eso, utopías que casi nunca llegan a buen término.