Cuba, Fidel y San Isidro
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Manuel Juan Somoza | Sergio Berrocal Jr.

La Habana

 

El gremio estaba atento desde que el primer ministro canadiense Justin Trudeau nos dijo en conferencia de prensa que Fidel no pudo recibirlo, pese a que pocos días antes había saludado al presidente de Vietnam, Tran Dai Quang. Y las alarmas terminaron por dispararse la noche del 25 de noviembre de 2016, cuando Raúl dejó de asistir a un acto en el que su presencia era obligatoria. Poco después, a las 22:45 horas, se desató uno de los acontecimientos más estremecedores que haya vivido desde enero de 1959, había muerto el líder que cambió mi vida y las de muchos más, y comenzaba una inolvidable jornada que se extendió casi sin descanso hasta el 4 de diciembre, entre el dolor visiblemente espontáneo de cientos de miles de personas, el respeto silencioso de quienes se le opusieron y las burlas de los que siempre denigran desde los extremos. “Las cenizas de Fidel Castro fueron inhumadas hoy en ceremonia privada en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba (este), con lo cual finalizaron nueve días de duelo nacional y comenzó una nueva e impredecible etapa en la vida de más de 11 millones de personas en la mayor isla del Caribe”, escribí en la última de las decenas de crónicas con las que reporté el deceso y la despedida de aquel personaje “capaz de ir al futuro y regresar para contárnoslo”, como lo caracterizó otro estadista. Había vivido con conciencia plena un hecho trascendente, como a los 14 años de edad me tocó asistir a otro acontecimiento que guardó para siempre la historia nacional, aunque entonces sin tener ni idea de lo que estaba por venir. Han pasado cuatro años, los medios nacionales dedican hoy todos sus principales espacios a exaltar la personalidad de Fidel, a la noche se realizará un acto de tributo a los pies de la escalinata de la Universidad de La Habana y yo había decidido no escribir, simplemente recrear aquellas jornadas largas desde mis reflexiones ermitañas cuando el editor me sacó de las misantropías, o al menos así lo entendí, al pedirme que recordara “si en el pasado ha habido ya «disturbios» como los de San Isidro y cuánto duraron y cómo terminaron”.

Entiendo la pregunta; me la han hecho desde diversos lugares del planeta porque el encierro de unos 15 jóvenes que se dicen “artistas”, “periodistas independientes” y hasta “científicos” –aunque nadie los conozca aquí- , el encierro en la barriada habanera de San Isidro, con presunta “huelga de hambre” incluida para forzar la excarcelación de uno de sus compañeros preso con anterioridad por “desacato a las autoridades” –según recrea un video transmitido por los propios protestantes-, repito, el encierro que hasta ahora no ha pasado de ser eso,  ha recibido en las redes sociales más publicidad que los enfrentamientos de los chilenos con los carabineros a palo limpio en las calles de Santiago; o las manifestaciones populares en Guatemala con la quema de la sede del Congreso; o la bullanguera protesta de hoy de los taxistas de Madrid. El mundo está patas arriba por el nuevo coronavirus; la crisis económica derivada de ello ahoga en todas partes y el país en donde vivo no es una excepción, porque además tiene que andar con la soga del bloqueo estadounidense al cuello. Comprendo por tanto el interés de conocer la esencia de lo que ocurre en una calle de San Isidro y como también me ha tocado reportar en los últimos 20 años –no que me cuenten de lejos- desde las caminatas de las llamadas “Damas de Blanco” contra la revolución, en busca del apoyo popular que nunca generaron o las “huelgas de hambre” reiteradas de Guillermo Fariñas, siempre bajo buen cuidado del hospital público mejor dotado de la ciudad de Santa Clara (centro), pienso que el encierro en San Isidro se desvanecerá cuando sus promotores se sientan complacidos por la publicidad que buscan. No veo nada más que eso. A lo mejor hasta Trump le dedique uno de sus Twitts de despedida.