Malditos boleros
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ya no tarareo ningún bolero, ninguno de aquellos boleros que me acompañaron desde casi la primera vez que una mujer me ofreció sus senos (mi madre, claro) hasta ahora, que me toca a mí ofrecer mi vida.No, la verdad es que he perdido el gusto por los boleros aunque si me coge en La Habana y oigo uno hago el ridículo y puede incluso que eche alguna lágrima. Y no quiero más boleros porque me han engañado vilmente toda mi vida. Ya ni Roberto Carlos, me parece a mí, los canta, porque son un truco que mujeres pérfidas, que ya no existen hoy, por favor, erigieron como un falso altar al amor del que ellas eran capitalistas mayoritarias y absolutas. Ellas revisaban las letras, las músicas y hasta los gestos para cansarla. Niños, no leáis esto porque es falso. ¿Podéis imaginar en vuestra podredumbre de cabecitas de genios de Sillicon Valley que una mujer fuese capaz de cometer tamaña cosa?. ¡Anda ya! Pero la verdad es que con el tiempo, yo los he agotado todo y me encuentro en esa cifra que ya entra en el estúpido Guiness ese, me di cuenta de que los boleros eran como esos trucos que los japoneses, los chinos y todo asiático que se respetase, utilizaba para hacer hablar a los prisioneros, sobre todo si eran ingleses, ¡cómo odiaban a los ingleses… y cuánta razón tenían!, sobre todo si querían sabotear un puente de mierda sobre un río de mierda llamado Kwai, en castellano, para que aprendan en Wall Street!.

El bolero fue mi pérdida. Me enamoraba en cuanto el Trio los Panchos aparecía en el oído, con esos guitarrones que yo les hubiese partido en la cabeza. Pero confieso que no fueron los boleros. Luego hubo aquel músico catalán emigrado al cine de los Estados Unidos, Xavier Cugat. Que se inventó melodías, un chihahua asqueroso que siempre llevaba en los brazos, una orquesta de dos mil músicos, bueno, exagero un poco, pero no eran muchos menos, y la reina del mar, Esther Williams, aquella nadadora que cansada de Juegos Olímpicos y de la miseria que le pagaban por sus impecables saltos de trampolín pidió asilo político en Hollywood.

Eran tiempos en que era más fácil cantar que hablar porque por los estudios rondaba un malange de senador, un maldito MacCarthy, que se pasaba el día, la noche y la hora de dormir inventándose comunistas en cada actor que no le gustaba. Por lo tanto, los que tenían más talento, Elia Kazan lo pasó muy mal por no haber sabido silbar ni un vals, se dedicaron a cantar. Y les cito a Frank Sinatra, Bing Crosby y unos cuantos más. Pero, entre nosotros, Sinatra, el amor secreto de mi vida, era un mafioso de tomo y lomo y por eso MacCarthy le dejaba en paz. En cuanto a BIng Crosby, era tan meloso que mejor era no meterse.

Doris Day me enseñó a dormir con pijama abotonado hasta el cuello, lo que no impedía los partos, pero aparentaba muy decente y yo la adoraba.

Me doy cuenta de que me olvido del bolero.

Me casé alguna vez, me emparejé más de una, rompí también en medio de sollozos que ni Maria Felix, por el maldito bolero.

Afortunadamente llegó el Rock, no lo baile pero lo silbé y me consideré más protegido.

Los argentinos, que no son primos de nadie, se inventaron el tango, que también se las traía. Lo bueno es que como casi nadie era capaz de bailarlos los enamoramientos vía bandoneón eran menos frecuentes.

Lo más romántico que encontré después de la decepción del bolero, del vals, del chotis y del tango que siempre terminas con el pañuelo en la mano, fue el Rock and Roll.

Desde que me aficioné a esa música ya no sentí ninguno de aquellos amoríos que me invadían con el bolero.

Se acabó el bolero, se acabó la rabia.

Aunque, entre nosotros, un Trio los Panchos en plena forma, con sus barrigudas guitarras que parecen a punto de parir, merecen un enamoramiento, y hasta que vaya uno a la iglesia para casarse, como le sucedió a un servidor y a millones de angelitos. Pero estoy seguro de que mi amigo Jesús ya me habrá perdonado aquellas chaladuras mías.