Si yo supiese escribir
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

“Se tarda dos años en aprender a hablar y toda una vida en aprender a callar”, escribió alguna vez Ernest Hemingway, fanfarrón cuando se le antojaba y quien nunca se planteó la necesidad de ser feliz en una sociedad de infelices. Mi novela “Último vuelo para Manaus” provocó en su tiempo y ahora cuando alguien la lee una serie de mensajes de lectores que se resumen en este dilema: ¿cómo diablos se atreve usted a decir que es un desgraciado y que la vida es una soberana mierda? Me han crucificado porque, como apostilla otra lectora, he sido valiente al decir lo que pienso en una sociedad donde reinan las apariencias. Entretanto me he tropezado en una callejuela de mi isla africana, al límite con África, en el sursursur de España donde vivo actualmente, con un aforismo que resume muchas cosas. Está clavado en la puerta de una taberna inglesa: “Abrimos cuando llegamos, cerramos cuando nos vamos y si vienes y no estamos es que no coincidimos”. Ya habrán comprendido que he decidido ser felizmente correcto. He renunciado a mi automóvil amarillo Triumph Dolomit Sprint que, como algunos amigos, también había dejado de quererme y se negaba a arrancar. En su lugar ahora tengo un carrito de la compra. Un mono volumen descapotable azulado, sin airbag ni dirección asistida made in China, pero automático.

Desde entonces estoy cambiando. Las gaviotas del mar de Andalucía, con las que todas las mañanas tomaba mi descafeinado con leche en la playa arenosa y contaminada por ingleses a punto de fenecer (ya me he pasado al güisqui), me sonríen y me saludan con un cariñoso graznido de bienvenida. He dejado de tenerles miedo y hasta acarició sus plumas embadurnadas de Dios sabe qué y sus picos luminosos que antes me horripilaban.Ahora sonrío cuando en una cartelera me tropiezo con la carita de delincuente juvenil algo retrasado mental de Brad Pitt y su lujuriosa esposa o ex esposa Angelina Jolie ya no me parece una furcia de la rue Saint Denis de París. Este propósito de enmienda debidamente rubricado ante las autoridades religiosas incluye el perdón que espero obtener algún día de Woody Allen, al que en los últimos tiempos trate de viejo verde sin talento, las cuatro últimas palabras entrecomilladas. No pongo yo mismo las comillas porque mi ordenador se niega todavía a semejante bajada de pantalones. También he prometido amar a George Clooney, aunque con moderación, ya que mi médico personal, cubano de alta estirpe, es muy estricto y dice que una cosa es beber y otra estar borracho.

Lo malo de los viejos cristianos es que cuando hacemos acto de contrición y nos fustigamos siempre terminados con desprendimientos de la masa muscular (michelines, dicen los malvados) que pueden conducir directamente a enfisemas agudos del pulmón izquierdo según se entra por el lóbulo derecho. Prometo también no volver a escribir que la mujer de bandera es una especie extinguida desde la desaparición de Marilyn Monroe. Y tampoco que no ha nacido todavía un actor capaz de quitarle el sombrero a Gregory Peck en Vacaciones en Roma.

Nunca más escribiré, palabrita del niño Jesús, que Casablanca es el pasodoble del cine que todo el mundo puede bailar, con una orquesta de mala muerte. Vamos, que no es el vals del Emperrradooor En pleno arrepentimiento soy consciente de que mis lecturas han sido hasta ahora nocivas y probablemente inductoras de mis criminales escritos. Y si no, aquí tienen una prueba. El autor checo Milan Kundera decía con un despreciativo sarcasmo en su libro La ignorancia que “los escandinavos, los holandeses, los ingleses gozan del privilegio de no haber conocido ninguna fecha importante (para él, fíjense cuanta maldad, fechas importantes no son las de las guerras en Europa), lo cual les ha permitido vivir medio siglo deliciosamente nulo”. Este hombre es un atraco a la inteligencia de cualquier converso, por lo que también prometo quemar sus libros un día de mercadillo en mi isla africana. (Y lloraré como lloró, dicen, Boabdil cuando tuvo que abandonar Granada). ¿Y qué me cuentan ustedes de la influencia que sobre mis neuronas ha podido tener durante meses y meses el cinismo visceral del médico de la serie televisiva norteamericana Doctor Becker, el que yo creía maravilloso Ted Dansan quien en mi primera fase de rebeldía sarcástica me hacía reír en Cheers? Casi tiemblo con esta respuesta que Clint Eastwood ha dado al semanario francés Le Figaro Magazine: cuando le preguntaron qué esperaba del futuro: “Poder seguir comprando bananas verdes sin preocuparme de no verlas madurar”.

En esta confusión mental llego incluso a considerar que hoy a nadie le hubiese interesado una película con las tesis sostenidas por La dolce vita, Casablanca o la aparentemente infantil Lo que el viento se llevó. Nos gusta el happy end inventado por los cineastas norteamericanos porque así podemos ser egoístamente felices, aislarnos de todo lo que sucede a nuestro alrededor y disfrutar como chanchos. Por supuesto que los contenidos de lo que fue el neorrealismo italiano, algunos de ellos perfectamente aplicables a la situación que vive el mundo en el siglo XXI, horrorizarían a cualquier productor, que preferiría seguir impartiendo cátedra de filosofía de violencia rápida y callejera y el silencio de los corderos. Mi profundo arrepentimiento, mi integración voluntaria en lo felizmente correcto me lleva a pensar con pena en la desesperada bulimia amorosa de Henry Miller, en la tristeza sexual de Henri Bukowski y en la desesperación de Ernest Hemingway en París, incluso cuando decía que esa ciudad de todos los amores era una fiesta. Tres auténticos anoréxicos de la felicidad a los que el coronavirus no se tragará.