El fracaso
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Empezamos y terminamos nuestras vidas tropezando constantemente con mil dificultades. Nada más que los muy ricos o los imbéciles diplomados piensan que la vida es un manojo de rosas y vino del Rin. Pasamos nuestra existencia como un potro en una carrera de obstáculos, evitando las caídas y cuando las hay tratando de volver a ponernos de pie y seguir. Porque no hay paro milagroso.Desde niños a adultos nuestro recorrido estará cuajado de dificultades que nunca podemos evitar pero con las que creemos poder arreglarnos para que la carrera no se pare ahí.Desde que nuestros padres nos sueltan por el mundo las caídas se suceden como en un Gólgota cualquiera. Pero el cuerpo, el hombre, y finalmente sus ansias por seguir adelante, seguir viviendo, resultan más fuerte que la humillación que sentimos cuando de pequeños tropezamos y caemos y nos hacemos un rasguño que escuece. Más tarde empezaremos a sentir dolores menos agradables. Ya somos hombres, tenemos o no tenemos un oficio, un empleo, algo que hacer, y las bofetadas de los más poderosos que nosotros nos llueven literalmente. El juego es así y nadie ha conseguido cambiar las reglas. ¿Quién le hubiese dicho a Jesús el Nazareno, investido de la calidad de profeta y de hombre bueno y milagroso que un día, escrito y rubricado en su destino por muy hijo de dios que algunos le creyeran cuando era simplemente uno de los descendientes de un carpintero y de una mujer que paría como otra cualquiera, sin ninguna intervención divina, que al final caería vencido para siempre? Pero el misterio de que gustamos rodearnos, es decir las mentiras que nos gusta contar o que cuenten sobre nosotros para alzarnos al menos momentáneamente en una sociedad implacable, es más fuerte que todo. Caemos, nos levantamos, caemos nos levantamos, caemos nos levantamos, y entonces pensamos que ya se ha acabado darse porrazos en la vida que ahora llega lo bueno. Una novia, una esposa, un hijo, dos hijos, una casa que nunca acabas de pagar, quizá un auto porque la sociedad necesita sus fastos, ropa decente, pretensiones de carrera que nunca se corresponden con la verdad. Aprendemos a vivir de engaño para evitarnos más tropezones y cuando vuelven los disimulamos con un resbalón.

Pero la vida está compuesta de tropezones de los que unos se levantan menos doloridos que otros. Es porque implacablemente y a partir de la edad adulta el recorrido está sembrado de caídas inevitables. Incluso los no creyentes, los que basan sus convicciones en la charlatanería de las películas o de cierto tipo de literatura, novela vulgar y corriente hecha para agradar y para que nos creamos mejores, terminan por aprender que su camino va a estar repleto de caídas. Pero como ya hemos aprendido a levantarnos creemos que no tiene mayor importancia. Pasan los años de calvario en calvario y entonces echamos mano a la charlatanería de los psicólogos que se hacer ricos y hasta célebres escribiendo lo que hay que ser para ser feliz o por lo menos no del todo desgraciado. ¿Se han percatado de que no hay estadísticas de psicólogos o psiquiatras que se hayan suicidado?

El paso definitivo es cuando las pastillas tranquilizantes, para dormir, para despertar, para tomar una decisión, para evitar tomarla, forman parte de nuestras vidas. Es la frontera que se atraviesa una vez pero sin vuelta de hoja. Conocemos todos los nombres que a través de médicos o de amigos, o de médicos que las consumen para poder seguir el calvario del consejo sin salida. Aumentamos las dosis, cambiamos de fármaco, pero ya estamos encadenados a vivir dependientes de ellos. O para los que tienen otro concepto más lúdico de la vida, el alcohol como remedio para todas las indecisiones, todos los miedos.

En un bar de un pueblo perdido en las montañas de Asturias, allí donde los riachuelos arrastran aguas heladas que atontan a las truchas más hermosas y se dejan coger más fácilmente, teníamos por costumbre antes de acercarnos al agua tomarnos un aguardiente tan espantosamente fuerte que poco después fue prohibido. En todo caso te daba fuerzas, o eso creías tú, y afrontabas a las pobres truchas medio anestesiadas. Y cuando bajabas de la montaña con unas cuantas presas te creías el rey de los mares.En el momento de volver al coche ya los efectos del alcohol se habían disipado y te dabas cuenta, aunque no se lo dijeras ni al Papa que te confesara, que aquello era una soberana imbecilidad porque habías matado a unos animalitos que tenían tanto derecho a vivir como tú y cuando llegabas a casa tu esposa, tu amiga o tu madre ponían cara de asco: “¿Otra vez truchas?”.

Ya hemos dado tantos tropezones que ni los contamos en la edad adulta. Hemos conseguido llegar al momento de retirarnos, de “vivir la vida”, como dicen los imbéciles que no se dan cuenta de que ahí empieza la muerte.Y pasan los días sin obligaciones ni ganas de tenerlas pero a sabiendas de que tú no querías aquel fin de cuento malo para ti. Porque como eres agente de seguros o empleado bancario no puedes, no sabes, hacer otra cosa que lo que hacías cuando eras activo. El fin de tu trabajo, la jubilación, se convierten en un martirio. Te transforman en imbécil inútil.Y entonces tienes tiempo para pensar y hacer cuentas. Tu esposa está aburrida de verte todos los días a horas indebidas, la molestas, sino es que se ha ido con otro antes. Tus hijos, si los has tenido, no disponen de tiempo que consagrarte porque ya tienen bastante con salir adelante para lo cual todas las horas del día no le bastan.

Ellos ya empiezan a conocer los tropezones, de los que te levantas aturdidos. Los pequeños fracasos, que si tienen suerte podrían enderezar porque les quedan fuerzas y tal vez hasta talento.Tú, que tantas veces te levantaste después de haber caído una y mil veces, llegas a una conclusión. La única posible. Tu vida no fue lo que tú habías previsto cuidadosamente.Y una tarde sin sol y sin nadie que te diga cualquier tontería, te miras y comprendes. Eres un fracasado. Pero sin marcha atrás. Porque ya no te caes y vuelves a levantarte. Ahora estás sentado en tu fracaso. Y punto final. Como Jesucristo, clavado para siempre sin posibilidad de quitarse los clavos mohosos. Claro que siempre te puedes pegar un tiro o tomarte los tarritos de pastillas tan simpáticas de cuando eras más joven. Pero has fracasado. Punto final.

Conclusión, mi conclusión. Para evitar el fracaso definitivo habría que ser inmortal, con lo cual tendrías tiempo para entrenarte en las caídas, en los pequeños fracasos, hasta el fin de la eternidad.