Cuba y ese personaje llamado Leonardo Padura
image_pdfimage_print

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

LA HABANA

 

 

 

 

 

 

 

Reporto cada día para un medio mexicano y acudo además a la literatura, al cine, a las series de tv y al deporte desde casa para sentirme como en la profundidad de un bunker protector del intenso bombardeo de este año que no quiere perdonar. Por oficio, hablo con funcionarios, decisores y mortales de todos los calibres, sigo los telediarios que tengo al alcance de la mano, los periódico digitales y lo que corre por las redes, compartiendo esa rutina con las largas colas en busca de algo de los mucho que nos falta, sacando cuentas a fin de de subsistir en un mercado con precios disparados, tratando de imaginar cómo se transformará la vida cuando se aplique esa unificación monetaria que se anuncia y se anuncia sin que llegue, leyendo los puntos de vista más serios o insólitos sobre el show en marcha Biden-Trump por el impacto que tendría en mi vida y en la de los demás la asunción de uno o la continuidad del otro,  buscando mantener el equilibrio emocional, con la esperanza de continuar en esta especie de batalla interminable desde hace 60 años. Y entonces, a cada rato, me espabilo combinando sistemas de Tai Chi Chuan; repitiendo a falta de ofertas nuevas series made in usa –que me perdonen los ideólogos y sabedores pero las hay muy buenas- o zambulléndome en los cuentos y novelas que he logrado atesorar, con Leonardo Padura en punta.

Nos conocimos hace décadas, cuando en casa de una amiga común en tiempos de normalidad –normalidad así, a secas-  coincidíamos gentes de edades parecidas interesadas en el cine, la novela, la poesía, la pintura, el periodismo, la economía y la política. Aun no se había transformando Padura en el escritor cubano contemporáneo más buscado, entrevistado y leído, ni imaginaba que ganaría en 2012 el premio Nacional de Literatura entregado en una Casa de las Américas repleta de seguidores, casi sin publicidad previa, ni el Princesa de Asturias en 2015, entre otros galardones. Lo mejor estaba por venir en tiempos en que nos juntábamos a debatir y disfrutar sin agenda previa, pero ya había cuajado la amistad que se extendió hasta Lucía, quizá por unas cuantas afinidades : somos seguidores del equipo más ganador en las series nacionales de béisbol, que lleva demasiadas temporadas sin ganar ni un  chícharo –Industriales-, muchos de nuestros amigos y parientes viven dispersos por el mundo y para no aburrirlos con coincidencias nos gusta el tinto, la guaracha y Benny Moré, en tanto sostenemos una visión muy parecida de la historia , el presente y lo que podría venir para este país donde por separado decidimos quedar como semillas.

Con su última entrega, “Como polvo en el viento”, ocurre igual que con las anteriores, a falta del tiraje que merecen estas obras por alguna editorial nacional, tendré que esperar por los amigos que están del otro lado. Así ha ocurrido con toda su producción, salvo “El hombre que amaba a los perros” y las primeras andanzas de Mario Conde que guardo como se preserva lo que vale y que he vuelto a releer en tiempos de la maldita pandemia. Por lo general, las casas editoriales cubanas son renuentes a reproducir como Dios debería mandar las visiones de la cotidianidad cubana de este intelectual comprometido con su tiempo. No obstante, Padura y sus novelas se mantienen en mi bunker ayudando, pienso yo que como a muchos, a seguir pa´lante en el ascenso de esa montaña infinita que tenemos por delante. Espero que mi editor perdone, hoy he decidido que las penurias son demasiadas para escribir de ellas.