Venceremos
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Se acabó el Rock and roll, se terminó la coca Cola helada, fría para reventar de infarto de los saltos, las faldas blancas, negras, de cuadros o lisas, de cualquier color, que volaban por los aires como banderas de un portaaviones de la alegría, con los muslos de las muchachas al aire y las sedas o el vichy revoloteando alrededor del deseo, sin la menor noción de pecado, solo deseos de luchar por la felicidad.Se nos acabó el Rock and Roll y hasta el tango. Nos impusieron el ritmo de un maldito bicho llegado de una china donde no se baila el Rock, donde no se toma la Coca Cola abriéndola con los dientes y la orquesta rompe los muros de la Jericó de la moralidad. Ahora estamos enjaulados en una mascarilla que nos impide respirar, apenas si se mueven las faldas, es el toque de queda.Se acabaron por el momento aquellos años en que Sinatra soltaba una lágrima furtiva con una Coca en la mano llena de güisqui peleón, un uniforme gris veraniego porque estabas en uno de esos países asiáticos, de donde ahora nos llegó el virus mortal.Ella, la protagonista. Deborak Kerr, se revolcaba sobre un trozo de arena liberado por las olas cariñosas de una noche tropical. Burt Lancaster caía sobre ella como una serpiente bienhechora, que iba a arrancarle el bañador apenas menos decente que la indecencia de la guerra, mientras los censores de Hollywood que asistían a la escena detrás de las cámaras y en medio de la música de Glenn Miller cerraban los ojos, ellos que habían instituido el beso casto que no recogía una gota de saliva. Luego vinieron las guerras, Vietnam, Argelia, Corea, la que englobó al mundo entero con un General Eisenhower que adoraba a los niños berlineses que se morían de hambre en las ruinas que las aviaciones alemanas y probablemente alguna aliada habían convertido en ruinas.Tristeza hasta para luchar, porque nadie tenía edad para morir, pero los altos mandos decían que había que salvar la civilización, se lo decían a esos muchachos que no conocían más que el desenfreno del Rock cuando ahora en las playas del Mekong un capitán majareta hacía que la locura ensordecedora y bienhechora de Wagner aturrullara a los pájaros nocturnos y asustara a los más puestos.

Pero vino un cacho de alguna paz y volvieron los bailes. El rock, los solos de Glenn Miller y de todos los músicos rockeros que inventaron los Estados Unidos celebraban que había acabado por un rato una guerra, porque habría otras para llorar, pero ahora era tiempo de risas, de más Rock endiablado, de faldas subiendo al techo, de muslos calientes y ardientes que una vez la faena terminada se rendían en el asiento trasero del Buick de papá, y se envolvían en la camisa que le había arrancado a la pareja que antes bailaba con corbata y camisa de seda. Y los dos cuerpos de unían en el ansia de vivir, de olvidar los miles de muertos, el hermano, el primo, el amigo muertos. La guerra había acabado por el momento y había que aprovecharse para embarazarse en busca del placer de criar más soldados. Y ellas chillaban mientras la orquesta acallaba el llanto de la recién desvirgada y la fuerte risa de la que ya sabía.Y en la sala de al lado el Rock desencadenado, más fuerte que nunca, con las trompetas chorreando de lágrimas muertas, traídas de algún frente del que ya ni se acordaban, partían los pulmones para que nadie pudiera decir que la alegría no había vuelto. Aunque fueran lágrimas amargas que se fundían con una sonrisa que ella, la de los muslos rubios, le ofrecía a su caballero.Otra vez el toque de queda. Pero han pasado muchos años, más de cincuenta. Estamos en 2020 y ya nadie sabe bailar el Rock. Además, hay toque de queda, ni salidas ni entradas, y ni un beso que impide el trapo que te cubre la boca y la nariz para evitar el contagio. Nadie cree en nada pero hay miedo, y el miedo es más fuerte que la vida.

Pero un día, todos los saben, algunos casi lo presienten, volverá el Rock como himno salvador, como himno liberador. No habrá armas, ni derrotas ni victorias, ni siquiera víctimas. El bicho se habrá ido y nosotros cantaremos a la libertad. Quizá se imponga el Himno a la Alegría, aunque sea con voces tenues por la emoción, por las lágrimas o por la mijita de alcohol demás. Pero volveremos a ser felices, a querer vivir. Disminuirán los suicidios de la desesperación y la gente pensará de nuevo en el amor a caballo de todas las convenciones. Nacerán niños rubios, morenos y pardos que serán como banderas de la nueva época. Del nuevo Rock and Roll. Y Jesús, sí, mi amigo Jesús, y sus boys se habrán apoderado de la orquesta para tocar el himno rockero de la restauración moral de un mundo que habrá estado sometido a los diablos, con una formidable patada al coronavirus torturador.