Dos viejitos para una vieja Casa Blanca
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ay, pobres Estados Unidos. El país que nos dice como peinarnos y con qué limpiarnos en el baño, ha jugado al golpe de estado bananero con dos viejísimos candidatos a presidentes. Uno, el gordo, quería conservar el bastón de mando a toda costa, y el otro, el flaco, que pegaba saltos de ballena amaestrada para conseguirlo. ¡Qué pena, me das, EEUU, a mí que he adorado a John Wayne, a Frank Sinatra y a su hija Nancy!. Tienes los mejores músicos, los mejores de casi todos. Pero tus políticos son para llorar y tirar los pañuelos.Este es el cuento de dos viejitos que aunque ya lo habían tenido todo, dinero, mujeres, querían al final de sus vidas ser Presidentes. Lo malo es que la bruja de las urnas había decretado desde tiempos inmemoriales que en Estados Unidos, el país de la justicia para los ricos, el país donde los poderosos pedían por miedo bendiciones para las fuerzas armadas, solo podía haber un solo Presidente.Cada vez que se armaban las urnas en aquella nación todopoderosa, desde donde se dirigía el mundo, desde donde se hacía más mal que bien, donde los pobres no tenían tarjetas verdes y los malos infundían respeto, el país se revolucionaba.

Porque no crean ustedes. Los Estados Unidos de América era un país como poco por su riqueza pero también por su injusticia y había pobres que querían que el candidato a la elección presidencial llegase al poder para ayudarles. Eran los electores tan insensatamente crédulos que pensaban en días de vino y rosas. Como en las películas que producía Hollywood, el país del cine, que también era de ellos.El viejito más activo se llamaba Donald Trump, era millonario de tradición familiar pero a pesar de tener una bonita mujer y una hija muy bella, quería más y más, pese a los achaques, al pelo pelirrojo que le hacía estar siempre malhumorado y compensando con litros de coca Cola light. Toda su vida había sido un hombre de negocios pero quería demostrarle al padre que le había legado parte de su fortuna, o eso se decía, que él solo podía ser el Americano número Uno. El Presiente. Y que tendría un avión más grande que los de papá y una mujer más bella que su mamá.Trump era dado al enfado múltiple y sin control pero sin haberse subido nunca a un escenario político, pero con una enorme práctica de la televisión donde llegó a ser alguien, quería la Casa Blanca, y como no estaba en venta, que podría haberla comprado, se dispuso a luchar por ella. Y el republicano Trump se enfrentó entonces con una senadora demócrata, lo que venía a ser una prima suya política, porque los dos partidos son más o menos tan malos uno como el otro.Sin experiencia, feo, y sin siquiera ser negro como Barak Obama que arrancó la presidencia precisamente porque a la gente le recordaba la película “Lo que el viento se llevó” y hasta le dieron un Nobel de la Paz por una paz que nunca había conseguido. Trump observó al sonriente Obama y se dijo que si aquel embustero que había prometido cerrar la terrible prisión de Guantánamo, en territorio cubano para más cachondeo, donde metían a los terroristas o simplemente a los que ellos decían que podían serlo, había llegado a Presidente cuando nunca la Casa Blanca había tenido un amito negro, él, que además era blanco y pelirrojo, lo haría dos veces mejor.

Así fue como Trump, usando todas las artimañas posibles, y gesticulando y gritando a todas horas, consiguió que la feroz Hilary Clinton, sí, la esposa de aquel otro presidente, Bill Clinton, que arruinó su carrera política por sus amoríos, se achantara y perdiera las elecciones.En 2020, en plena pandemia que según cuenta le envió como regalo su amigo el presidente chino, Trump, ya con 74 años quiso ser elegido de nuevo.Su adversario, que él creía poder comerse con patatas fritas que tanto le gustaban con aquellos monstruosos filetones que se metía entre pecho, espalda y Coca Cola light, resultó ser un tipo que había sido vicepresidente de 2009 a 2017. Pero ya se sabe que un vicepresidente en Estados Unidos manda menos que un guardia de la porra, a menos que tenga la suerte de que se le muera el presidente, y si lo matan mejor.Pero a este viejecito, que con sus 77 años de edad quiere ser por fin presidente, le había tocado en mala suerte como presidente el duro de pelar de Barak Obama. Un hombre imposible de echar de la presidencia porque había pasado toda su vida soñando con ella y su mujer le empujaba con todas sus fuerzas.

Así que Biden tuvo que resignarse a ser un segundón que no mandaba en su casa.Hizo otras intentonas más tarde para que su partido, el demócrata, le eligiese como candidato a la presidencia, en 2009 y en 2017. No se sabe muy bien por qué pero los que tenían que darle paso para ese primer escalón le hicieron una zancadilla. Es cierto que entonces ya corrían rumores de que le gustaban mucho las muchachitas demasiado joven. Y todas las muchachas son demasiado jóvenes cuando uno ha alcanzado esas edades.Tuvo que conformarse con ser senador hasta que después de la derrota sufrida por su colega demócrata Hillary Clinton contra Trump, alguien tuvo la ocurrencia de empujarle como candidato a la primera magistratura del Estado.Y ya llevaba días el pobre viejo sin poder entrar en la Casa Blanca aunque finalmente este sábado se ha anunciado que le ha ganado a Trump.

Lo que nadie se explica es este gusto por la gerontocracia. Cuando se han alcanzado 74 y 77 años de edad, que se ha vivido toda la vida como un pachá, sin saber lo que es trabajar como cualquier hijo de vecina, ¿no sería mejor dedicarse a escribir cuento para mayores o a jugar a los dados?Los Estados Unidos acaban de dar al mundo una rara lección de lo que es la ambición política. Los dos viejos, que podrían disfrutar de eternas vacaciones, porque medios no les faltan, se habrán ensalzado hasta el final del recuento de la última papeleta en una lucha de ambiciosos sin causas. Los Estados Unidos que nos mandan callar y obedecer al resto de los países, donde manda quien manda, donde no se ha acabado con la pobreza ni las desigualdades sociales (la asistencia sanitaria tan mediocre y peligrosa) habían querido dar otra lección al mundo y les ha salido el tiro por la culata. Han hecho el mayor ridículo propio de un país bananeros donde sus tropas mandaron alguna vez y más de una en América Latina. Y el cuento termina con la victoria de Biden.