Ojazos de cine
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Un viejo amigo de Sergio Leone solía meterse con él afirmando que si el gran cineasta italiano había inventado aquellos primerísimos planos que han dejado marca en el cine mundial y que cambiaron la faz de la fotografía cinematográfica fue porque adoraba filmar los culos de los caballos.La leyenda no dice si se atrevió a precisar que prefería las yeguas. Claudia Cardinale, que tenía unos ojos poco cinematográficos y unos labios demasiado finos para ser realmente llamativos consiguió que en Érase una vez en el Oeste apareciera como una señora de armas tomar, que no solamente era capaz de cargar un rifle con una mano y emplear la otra para darle un puñetazo al primer pelmazo que se le pusiese a tiro sino de seducir a Charles Bronson y a quien se le plantara al otro lado de la cámara.Grandes operadores, el primero de ellos fue sin lugar a dudas el español Nestor Almendros, quien logró afianzarse en Estados Unidos como el hombre que mejor dominaba la luz y, por lo tanto los rostros, han conseguido mejorar los rostros de los actores que se les ponían enfrente de su cámara. En los primeros tiempos del cine, la cámara era un simple instrumento con película de cierta sensibilidad que servía para filmar lo que estaba ocurriendo al otro lado pero sin excesivos miramientos por los encuadres o por lo que veía el objetivo y lo que quería captar el director.Con el tiempo, y aunque las cámaras eran mastodontes que necesitaban casi una tripulación de un tren pequeño para manejarlas, sin contar el operador, el que se ocupaba de los enfoques, con sus variantes de ser capaz de convertir el día en tarde y tocar el rostro de los actores sin arañarlos, eliminando lo que no se quería ver y poniendo de relieve el lado preferido, se consiguió el ángulo que el director quería resaltar.

Hubo actrices y actores que lo tuvieron fácil desde el momento en que el cámara se dio cuenta de que la cámara les amaba. Ha habido sobre todo actrices que han hecho carrera por su formidable complicidad con la óptica de las cámaras, lo que en cierto modo se traducía por una formidable fotogenia.Cuando la óptica dio a los autores todos los recursos que necesitaban, las cosas fueron sobre ruedas. Nacieron los auténticos primeros planos y más tarde aquel primerísimo plano inacabable de Leone, donde la óptica parecía a punto de estallar, que permitía a los realizadores dar un “talento” mágico y fotogénico que unos tenían y otros había que trabajar.

El perfeccionismo conseguido con el tiempo y los estudios permitió algo más difícil y sin embargo indispensable en la conquista del espectador, hacer que los ojos de las estrellas tuvieran vida propia, que hablaran con el espectador, bajito, como una confesión, cuando el cámara conseguía que sus lentes parpadeasen.En el cine mudo había que expresar los estados anímicos con gestos, el amor, con cara de felicidad, un beso, el odio, con una expresión terrorífica, y así hasta donde se quisiera llegar. Con los objetivos que se comían a los actores, y en particular a las actrices, vaya usted a saber por qué, se logró expresar todas las emociones de la forma más natural. El odio de una Marlène Dietrich enfurecida, la gracia natural de una Jean Seberg en sus primeras películas, incluso en la fracasada “Juana de Arco”, la mímica que con los ojos era capaz de transmitir Joan Crawford –su mirada era inimitable—la particular sensualidad de Jeanne Moreau que combinaba con su voz que podía dar repelos…

El cine está plagado de actrices que triunfaron esencialmente por el juego de sus ojos. Maureen O’Hara perseguida por un furibundo John Wayne, ella, hija rebelde de una Irlanda que odiaba a los ingleses, y a los norteamericanos como el Wayne a veces más.Shirley MacLaine amaba a las cámaras pero lo mejor es que los objetivos que se emplearon en todas sus películas la amaban a ella, especialmente a sus ojos, a su cara que a veces parecía que acababa de salir del maquillador y que se le había olvidado algo.

Si la recuerdan en El apartamento, con Jack Lemon, otro amor de las cámaras, comprenderán que estaba bendecida por el dios de todas las ópticas. Aparecía bella sin realmente serlo, sexy sin que pudiese decirse que lo era.Pero en el fondo, si hemos podido gozar durante tantos años de todas ellas ha sido porque cuando comprendieron que las cámaras las querían y las acariciaban en cada toma, es porque el talento de todos estos actores era natural.Marilyn Monroe es para mí el ejemplo más exacto. Saquen cualquier película suya y verán a una mujer joven y arrebatadora que lo expresaba todo con la mirada.Váyanse a las actualidades y vuelvan a visualizar el momento en que va a la Casa Blanca, sin película ni guión, para desearle feliz cumpleaños a su amante, el Presidente John Kennedy, y comprobaran que salvo el exceso de guisqui, probable, y la mijita de alguna substancia prohibida, posible, era la misma mujer que en cualquiera de esas grandes películas como “Con faldas y a lo loco” y “La tentación vive arriba”.

Puedo mencionar excepcionalmente a un actor, Jack Lemon, ya en la plenitud que conduce a la vejez. Le encontré en La Habana durante un Festival de Cine Latinoamericano.Y una noche, en el vasto escenario del Teatro Carlos Marx, le sorprendí en el número que nadie le había visto: un actor que, emocionado por tanto aplauso en un país tan denostado en los medios oficiales de Estados Unidos, le ví llorar.Era el mismo Jack Lemon de El apartamento, veinte o treinta años después. La realidad no había cambiado al actor. El actor había seguido rodando.