Cuba y el costo de vivir donde queremos
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

 

 

 

 

Como no vivo ni en Estados Unidos ni en Finlandia o Mali, yo las observo, las calibro y las padezco desde aquí. Si residiera en Hialeah, localidad del condado de Miami-Dade que guarda los restos de mis padres y mi hermana, asumiría las elecciones presidenciales en la Unión como el vendaval que es, sin mantenerme indiferente a un bando u otro. Desde el Mar del Norte, en Helsinki, o en Bamako, costa occidental de África, me importaría un carajo que ganara Biden o se mantuviera Trump.  Ahí radica la importancia de estar más cerca o bien lejos de aquel país en el que desembarqué por primera vez tras la debacle de las Torres Gemelas, pasé la frontera como Pedro por su casa y no paré hasta sorprenderme en un casino de Las Vegas guiado por mis tíos. Es así, nos sazona la cultura en que crecemos para después retribuirla, la vida por la que apostamos, y a partir de ahí nos interesa más esto o aquello. He estado pendiente de la campaña electoral vecina, de los comicios y de las consecuencias que han seguido al mejor estilo de ese serial televisivo de múltiples extremos y factura estadounidense denominado Scandal; he estado al tanto más que por oficio, por intentar imaginar lo que incidirá en esta isla uno u otro gobernante. Supondrán que mi obsesión no es con la finalidad de aplaudir –eso es cosa de los norteños-, sino porque del rejuego político de ese lado depende parte de la suerte del país en el que vivo. Si viviera en otras plazas, otras serían mis inquietudes. Pero nada, me sembraron y eché raíces en este pedacito del Caribe y supe desde niño que cuando los antepasados quisieron alcanzar la independencia de la conocida Madre Patria, los estadounidenses que están ahí como al alcance de una mano desembarcaron para “ayudar”, se quedaron manejando todo lo que importaba durante 58 años y cuando la mayoría en la que me incluyo optó por vivir de manera diferente comenzaron a apretarle el gaznate a la Nación, una vez más para “ayudar”. Me dirá usted si es importante o no el país donde se vive, sea uno viejo o joven, católico o santero, político o desentendido, cuando hay cambio de mando en la primera potencia mundial que está al alcance de la vista. Casi tres días después de terminar las elecciones Biden dice que ganó y Trump que le “robaron” la victoria.

Aquí los problemas sobran, estresan y desaniman aunque nos quieran convencer de lo contario y los que mandan estén de corre-corre con la soga al cuello para modernizar la inoperante economía nacional, pero eso es parte de la vida en todos los lugares, quizá la principal diferencia radique en que en los últimos 60 años, los del otro lado –muy “democráticos” siempre- le han negado al lugar en que nací hasta el derecho a equivocarse. Si viviera en la frialdad permanente de Finlandia estuviera haciendo planes de vacaciones en el Trópico –donde la covid-19 sea menos incisiva-; si fuera hijo de Mali y sus sequías, me importarían más las vacas que podría tener y alimentar que la mujer que tengo; y si estuviera en Hialeah podría estar de festejo o de luto, con ese escenario nacional que describió con tanta precisión el The New York Time el 4 de noviembre bajo el título: “En las elecciones hubo un perdedor: Estados Unidos”. Pero señores, no vivo en otra parte, vivo en Cuba sin pretensión de mudarme, creo en el oficio que practico, tengo que buscarme los frijoles cada día con mayor dificultad y, como si eso no le bastara a cualquier simple mortal para subsistir entretenido, estoy pendiente de lo que pasa allá, por lo que me pueda joder aquí.