Cine con güisqui
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En tiempos mozos de aprendiz periodista conocí a un cronista hípico en Tánger, ciudad internacional entonces, marroquí hoy, el verdadero Casablanca del Humphrey Bogart, que solía llegar a la Redacción totalmente asesinado y vomitado por el alcohol. Lo sentábamos frente a su máquina de escribir y cuando tocaba las teclas la borrachera parecía marcharse y escribía una crónica de premio. Luego, mucho luego, descubrí a Raymond Chandler y la terna de la novela negra, en la que destacaban monstruos de la literatura como Chester Himes, flor de la picaresca ubuesca con sus siniestros inspectores Ataúd y Enterrador, David Goodis (“La calle de los perdidos”),Lionel White (“Atraco perfecto”) y una infinidad de talentos empezando o terminando por Carter Brown. Mayoría de libros convertidos en películas como el detective Philippe Marlowe de Chandler que encarnaron HumphreyBogart y Robert Mitchum. Todo era cine. En 1957, cuando yo me incorporé al periodismo naciente en mi cabeza de chorlito malcriado, todos soñábamos y creíamos que los sueños podían realizarse. Época en la que el alcohol acompañaba la escritura de muchos maestros de la pluma (más o menos como ahora), sin necesidad de recordar el opio embrutecedor y sometedor de poetas malditos como Beaudelaire o la droga de André Malraux, que en su vuelta al redil se convirtió en el mejor ministro de Cultura que nunca tuvo Francia, un hombre de cultura franciscana que nadie entendía porque el analfabetismo siempre ha sido glorificado en todo el mundo, En 2009 el romanticismo alcohólico-cinematográfico de Humphrey Bogart emborrachándose por la patria y por una amante de frigorífico que le abandona como un trapo sucio se ha acabado con la muerte de esa Casablanca de película que no existió más que en el magín lleno de serrín de patrioteros productores norteamericanos. Algunos escribidores usan a veces un güisqui con cine pero se han acabado los Bukowski lujuriosamente alcoholizados y aquel otro plasmado en “Leaving Las Vegas”. No nos quedan más que recuerdos de una época con alcohol como padre de todos los hijos en la cual hombres o mujeres, escritores o simples mortales, exhibían sus harapos de decadencia de la botella con la misma insolencia que las mujeres de bandera dejaban arrastrar sus visones o sus bragas maravillosamente tejidas con encaje de bolillo de Belém fraguado por brasileñas nordestinas que no tenían para comer y menos para comprar los hilos que les ofrecía probablemente una oficina de turismo.

En la novela negra que tuvo su gran época de lectura en los años sesenta aunque Raymond Chandler ya escribía allá por los cuarenta, cuando Europa era una inmensa llaga de guerra, hambre y despropósitos genéticos, el borracho con causa era rey. Philip Marlowe, el detective que nos odió a todos, no se bajaba de la botella, aunque estuviese conquistando el paraíso siempre inestable del amor. En “Adiós, muñeca”, lindo título que en inglés suena a “Farewell, my lovely”, habla así de la bella amante de un gangster gigantesco: “Ella trabajaba con las pestañas y me dio besos de mariposa en las mejillas. Cuando llegué a la boca, la tenía abierta a medias, quemaba, y su lengua era una serpiente veloz entre los dientes”. Chandler sabía perdonar el amor fugitivo como un Don Quijote cualquiera y resolver problemas policíacos en ese ambiente húmedo de ciudades norteamericanas sumidas en los vapores que llegaban desde el frente europeo de la II Guerra Mundial.

Pero podía convertirse también en un cuentista de las mil y una noches.Unos años después de que escribiera esa novela, allá por 1945, recién terminada la contienda, Billy Wilder daba la gran lección de alcoholismo en el cine. “Días sin huellas” (The Lost Weekend) tenía una acogida principesca en el Festival de Cannes, donde arrancaba la palma de oro. Francia se rebullía en una desdichada y humillante ocupación por los alemanes de sus mentes, de sus mujeres, de sus haciendas, de sus vidas que todavía les dura. El mal maldito suele perdurar durante siglos. Y tuvo fuerzas o flaqueza para sobreponerse a la última humillación, la de Cristo renegado, la de Jesucristo clavado en la cruz por la voluntad del padre todopoderoso. Es la película que no hay que perderse por nunca jamás.

Los días sin huellas son los que Ray Milland pasa agarrado a un mostrador donde va dejando lo que él llama pequeños círculos viciosos, los que imprime el culo del vaso panzudo recién besado. No bebe, traga con la angustia del escritor sin ideas y sin pasión del futuro. No es el Dean Martin en “Rio Bravo”, ni siquiera Nicolas Cage que en “Leaving Las Vegas” se ahoga metódicamente en el alcohol hasta la muerte. Y Ray Milland conoce los ratones del delirium tremens. Albert Finney era el borracho elegante de “Bajo el volcán”de John Huston y de “Casablanca” qué quieren que les cuente. Cada borracho de cine ha dejado su epitafio. Hay otros que se agarran a los mostradores de la realidad diaria.

Tengo un amigo cubano, sociólogo y hombre de mundo, de todos los mundos, que habría podido vender su lamento a cualquier guionista: “Una botella de ron me dura seis o siete mujeres”. No les voy a dar la clave de esta frase porque merece la reflexión de los abstemios y porque yo tampoco estoy seguro de tenerla. Los días sin horas deben de ser espantosos. Los veteranos del güisqui con cine tenemos tantas horas sin días que es una peregrinación sin fin hacia la ilusión de vivir. Y con todo esto nunca sabrás si los vientos te serán suficientemente misericordiosos como para llegar a Ítaca a tiempo para que Penélope no conciba un hijo con uno de los pretendientes a reemplazar a Ulises. Porque largos son los días de vino y rosas. Y más aún cuando el vino se ha acabado y las rosas se han marchitado.