¿Y si tu hijo quiere ser monje enterrador?
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

Miras las fotos de esos terribles álbumes de familia, donde se cuentan las faltas, donde faltan los que ya no están y te pasas horas preguntándote por qué. Por qué los hijos ya se fueron a montar sus propias vidas con un hombre o una mujer. A veces, faltan fotos por razones más duras, la ausencia de los cementerios.Y piensan sobre todo en esos hijos que casi todas las parejas quieren tener, convencidos de que el niño o la niña es una fortuna. Nunca se les ocurre imaginar que todo no es, ni mucho menos, como se proyecta, como se sueña el día del nacimiento, en el bautizo o en la fiesta familiar de presentación social del rey o de la reina de la casa.Crecen los niños y procuramos ayudarles a que tomen lo que nosotros creemos que es el buen camino para ellos, cuando en realidad casi siempre nos equivocamos. Cuando salen del cascarón de la adolescencia, y por los tiempos que corren es terriblemente rápido, saben o creen saber lo que quieren que sean sus vidas, y casi siempre no coincide con lo que deseaban el papá y la mamá. Porque viven otros tiempos, se creen, con razón tal vez, más listos, más al tanto de lo que les conviene o no.

El muchacho para los que los padres habían soñado una carrera de medicina prestigiosa le da por la Filosofía. Quiere escribir. Hasta que un día, no muy tarde, se da cuenta de que la facultad de contar historias es como mucho un regalo que los dioses le hacen a solo unos pocos. Y finalmente el que quiso ser escritor se encuentra de Ministro, eso sí de Sanidad, con lo cual los padres han marcado un tanto.Bromas aparte, cuando tenemos hijos, y es la razón de la mayoría de la gente que forma una pareja, mejor o peor avenida, creemos que llegarán probablemente donde nosotros nos quedamos en camino, que les vamos a dar los medios de realizar sus sueños, que ni siquiera conocemos. Los padres solemos equivocarnos más de lo que las estadísticas quieren reconocer. Pero siguen siendo nuestros hijos. Estoy seguro de que el Profesor Louis Pasteur, uno de los científicos más notables del mundo, o Al Capone, célebre gangster norteamericano, eran igualmente amados por sus padres.

Pero siempre repetimos equivocaciones con los hijos. A veces les fastidia que les queramos tanto como que les respetemos en lo que eligen, el trabajo, la novia o simplemente la marca de su coche. Pero la mayoría de los padres no sabemos hacerlo. Estamos convencidos de que lo que nosotros pensamos para ellos es lo mejor que podrían elegir. Pero casi nunca están de acuerdo. Y los padres sufrimos no solamente porque creemos que al elegir mal el trabajo que han elegido según nuestro criterio es porque son hijos sin ningún razonamiento sostenible. En realidad nos molesta que vivan como les de la gana porque cuando no lo hacen nos hieren en nuestro orgullo.

Conocí el caso de un muchacho que quería ser periodista. Él ya se veía publicando editoriales a troche y moche que podrían hacer caer torres y gobiernos. Pasé un par de horas tratando de convencerle de que no todo es maravilloso en el periodismo ni todos los periodistas escriben editoriales y forman la opinión. Confieso que nunca había visto a alguien tan convencido de lo que quería ser en la vida. Unos bastantes años después coincidí con sus padres –los mismos que me habían pedido que le quitase de la cabeza el periodismo–. Cuando les pregunté por él me dijeron que era muy feliz. Estaba casado, tenía dos niños.

-¿Y el periodismo?, pregunté.

-No sabemos qué le contó usted pero escogió otra carrera. Hoy es juez.

Pero también te dices que si los padres de los Beatles los hubiesen convencidos de que la música es un oficio de vagos y maleantes, hoy no hubiésemos conocido a unos músicos que cambiaron el mundo de la música.

Lo más terrible para nosotros, los que tenemos hijos, es que aunque creas estar en lo cierto casi siempre te equivocar cuando tratas de que tu hija o tu hijo entren en una vida profesional determinada.

Los hijos vienen al mundo para que tengamos ocasión de probar nuestra humildad, nuestra aceptación de las cosas aunque no las veamos como ellos. Pero como somos incapaces de tanta modestia, de tanta comprensión, terminamos amargados porque el niño quiso ser dentista y no cirujano y la niña prefirió una carrera, incierta y arriesgada, como bailarina que ser profesora en una escuela suiza para señoritas ricas.

Siendo yo un niño pasaba mis vacaciones en un pueblo de Andalucía, sur de España. Uno de los amigos de la familia era Federico, un tipo calvo pero con un formidable bigote de conquistador de las Américas que regentaba, aparentemente con éxito, una empresa de bicicletas, de las cuales me prestaba siempre una cuando yo estaba allí.

Muchos años después, yo ya era un hombre con profesión e hijos, me enteré de que Federico había abandonado el pueblo y se había hecho monje enterrador… Y me aseguraron que era el más feliz de los hombres. Entonces imaginé lo que hubiesen pensado sus padres cuando le llegó el momento de estudiar si él les hubiese contestado que quería ser monje enterrador, que consiste esencialmente en enterrar a los cadáveres que no tienen ni dónde caerse muertos.

¿Qué hago para convencer a mi hijo de que abandone la idea de ser cura, corredor de bolsa o misionero, que todo viene a ser lo mismo? Nada. Comprenda que ha perdido la partida.