La espantosa matanza de los inocentes
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En este pueblo de mi isla africana, las noticias son cada día peores. El enemigo, conocido como coronavirus y llegado de China, nos asedia cada vez más, con más bestialidad. Las cifras que los portavoces oficiales dan regularmente, monótonamente, son terribles. Aumentan los contagiados por ese virus desconocido, se disparan como cohetes los muertos a los que ya nadie podrá contagiar.Estamos cercados no se sabe cómo, porque todo es invisible, impalpable, sin olor, sin color. Ni una sombra. Solo un concepto, un nombre y la muerte.Para consolarse, eso es lo único que queda, los más letrados miran como ejemplo de resistencia, de lucha heroica hacia la Comuna de París, que del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871 ofreció una resistencia sin parangón a los feroces prusianos. Fue un rato de heroicidad terrible, conjugada con el sacrificio feroz, después de la derrota de Napoleón III. Y, finalmente, las masacres de la Comuna duraron poco tiempo, el enemigo estaba visible. En la guerra que hoy libra el mundo contra lo desconocido no hay razón de esperar una tregua, un final. Puede ser eterna. Es la matanza de los inocentes, una barbarie sin objetivos y sin razón.Lo de París fue un cerco de muerte que duraría cuatro meses de sangre corriendo por las calles hasta que los prusianos lograron entrar en París y masacrar hasta contar 20.000 muertos. Los vivos fueron deportados para borrar toda traza de heroicidad.Pero en la Europa de 2020 no puede haber heroicidad porque no se visualiza al enemigo, que es invisible y feroz, que mata despiadadamente sin saber por qué. Es lo que se llama una pandemia. La que más se recuerda es la llamada gripe española que de 1918 a 1920 dejó un saldo pavoroso de veinte millones de muertos. Nuestra actual pandemia ya ha matado a más de un millón de personas en ni siquiera un año. Nunca se supo de dónde vino exactamente la gripe española. La primera guerra Mundial (1914-1918) acababa de terminar.Y mientras los hombres de Estado ladran encendidos discursos, miles de promesas que jamás se cumplirán, invocan soluciones totalmente ineficaces contra este coronavirus chino, la muerte sigue asolando las tierras del mundo entero. La gente desaparece del mundo de los vivos sin saber por qué. No ha habido comuneros revoltosos. Nadie ha plantado cara a nadie. Es una guerra absurda en la que nada más que mueren inocentes que nunca sabrán por qué.

No cabe refugio, no hay refugio, no hay comuneros salvajes que salgan en defensa de sus intereses, la vida, porque no hay enemigo visible.Ya va siendo hora de decir adiós. A los comuneros de París por lo menos los acuchillaron, sablearon y finalmente muchos fueron deportados. Pero era una lucha frente a frente.En esta guerra de 2020 nadie sabe dónde está el enemigo, y por lo tanto ignoramos cómo combatirlo, como implorarle, como rendirle pleitesía, rendirse para conservar la vida. No hay más que muertos silenciosos e inocentes y un enemigo tan implacable como invisible que como las hormigas gigantescas del Brasil capaces de comerse las estructuras de una casa en unas cuantas horas, devoran carne humana en horribles sufrimientos, según cuentan algunos supervivientes, los menos. Ya va siendo hora de decir adiós a los sueños y La Habana era uno de ellos, donde esos bichos también destruyen, pero quizá con menor ferocidad porque hasta es posible que tengan buen gusto y sepan que esa ciudad, ese país, es un monumento de rebeldía, que conoció la última Revolución cuantificada y anotada en los libros de la heroicidad. Y posiblemente París, adiós, adiós, corra esa misma suerte y esos feroces enemigos teleguiados la libren de la desolación total, como hizo un general alemán al terminar la Segunda Guerra Mundial, y no destruyan sus monumentos.

Adiós, adiós, con el corazón. Adiós a una civilización que aunque coja, ciega y de una sinrazón perniciosa era única.Quizá haya suerte y, como les ocurrió a los comuneros de París, las fuerzas del mal reciban órdenes de clemencia y cuando estén hastiadas de tanta muerte inútil se retiren a sus cuarteles, chorreantes de sangre y hasta tal vez arrepentidas de tamaña barbarie. Pero entonces ya no estaremos para verlo. O quedarán muy pocos testigos, cuatro pájaros y doce perros que nunca serán citados para un juicio y un castigo ejemplares por ningún tribunal de Nuremberg.Casualidad, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha aprovechado la ocasión de esta ejecución de inocentes para hacer saber al mundo y a los demás que todos los años cerca de ochocientas mil personas se suicidan en nuestro planeta y MUCHAS MAS más tratan de hacerlo sin conseguirlo.

Esta información me ha llegado cuando el mundo no sabe si sobrevivirá a estos ataques ciegos y absurdos, una amenaza nunca combatida. Y cuando la gente cae en la depresión, en la desesperación y en el fin del mundo. Y a veces prefiere saltar por la ventana, como los financieros que acababan de perder sus bancos y sus ilusiones en la terrible crisis financiera de 1928 y abrían de par en par los regios ventanales de sus despachos suntuosos y se arrojaban al vacío.